miércoles, 28 de febrero de 2007

Un segundo de felicidad


Aquella noche negra regresé pronto de la oficina. Encontré a Sally fornicando con un desconocido en nuestra habitación. Me quedé paralizado en el umbral del cuarto y mi respiración cesó. Ellos ni se dieron cuenta de mi presencia. No escuché nada, solo un agudo pitido en mis oídos. Un amargo pitido que crecía constantemente. Giré sobre mis talones. El zumbido era insoportable. Un rugido de calor recorría mis arterias para ir a estallar en el cerebro. Antes, mis amigos, me llamaban Carl. Nací hace cuarenta y tres años, en un pequeño pueblo deprimido al norte de algún perdido lugar del Sur. Llevé una vida responsable; amé a mi esposa y trabajé duro para ser un buen padre de familia. No sé ni si quiera si hoy es mi aniversario. De repente, mi memoria, se ha bloqueado.


Ahora estoy bajando por la calle principal. La acera está mojada, pero sé que no ha llovido. Los equipos de limpieza se afanan por barrer metros y metros cuadrados de escoria. Recuerdo que quise ir a ver el descenso de la corriente de un río, pero me quedé con las ganas: en mi ciudad no hay ninguno. Recuerdo que corrí todo lo que pude, dejando atrás mi alma, superando neones tentadores que surgían de estancias en las que colgaban cortinas rojas. Recuerdo que antes de salir de la casa que hasta hace un momento compartía, me cambié de zapatos y me puse un calzado más cómodo.


Hay poco ruido en las calles. La noche es fría y cerrada. Yo solo soy un lobo apaleado. Busco un bar. Todos están cerrados. Sus entradas son sordas y son mudas. Soy un inválido que se siente desplazado. El zumbido ha vuelto a taponar mi ser y con él, el calor ha regresado.


Me arrastro hacia la estación de trenes. Los lugares de tránsito son sitios concurridos a cualquier hora. Puedo encontrar a alguien a quién contar toda esta historia. Es curioso como siempre sufrimos. Aunque intentemos no hacerlo, siempre terminamos sufriendo.


Entré en la aséptica cafetería de la estación. El techo era muy alto. La luz, más propia de un supermercado, no dejaba ningún hueco para la intimidad y la confidencia. Ningún lugar donde el amor brotaría acurrucado debajo de alguna mesa. Me senté lejos de la barra y, lejos de la entrada, dándole la espalda.


Tomé café para empezar a acomodar el estómago. Luego el whisky recorrió mis entrañas, encendiéndolas. Mi cabeza daba vueltas al unísono del zumbido. Observé mi piel y sentí el peso de los años sobre mis hombros; asistí como espectador a un lúgubre desfile de espectros del fracaso y oportunidades frustradas.


En la barra de la cafetería hay una mujer que parece bebida. Tiene un físico bonito. Su pelo se enrosca en su nuca. Está pasada de rosca. Su cuerpo vibra bajo su ceñido vestido negro. Su bolso está en una mesa, solo, esperando su cita con algún ladronzuelo. Aquello me divierte. Sonrío por primera vez desde hace horas. Relajo la planta de mis pies y extiendo completamente sobre la mesa mis manos. El alcohol está haciendo su efecto. Está drenando mi cuerpo, elevándolo.


La mujer se contonea de un lado a otro de la barra. Tiene carreras en las medias, un pronunciado mentón y el rimel desperdigado por las mejillas. Su expresión y su mirada están pérdidas, lejos, en otro siglo. Decidí no pensar nunca más en Sally y así lo hice. La vida era muy corta para tener que cargar con los traumas. He envejecido a toda velocidad, como un tren. He descarrilado y nadie ha venido ha ayudarme. La vida no es ningún espectáculo. Esperamos, en una estación donde no pasan trenes, si no las estaciones de los años. Nos sentamos en el andén a esperar y mientras, pensamos que llegarán tiempos mejores.


Cuando fui joven imaginé mi futuro plagado de felicidad, pero siempre temí descarrilar. Esta noche ha sucedido. La megafonía anuncia la llegada de un tren con destino a algún lejano punto del Oriente. Un trayecto de una semana. Suena bien. Entonces, la mujer se derrumba sobre la barra, su tónica se vierte sobre su vestido y el camarero avisa por teléfono a seguridad. Pensé que esa chica iba a tener problemas por nada. Sé que el obrero siempre parte el brazo al obrero y, si puede, le arranca un trozo de pantorrilla. Fauces de tiburón en cuerpos de lobos: eso es lo que somos. Tomé otra decisión: no permitir el abuso ni la estupidez una vez más.


Me levanté de la silla y, tambaleándome, me dirigí hacia la barra. Crucé una mirada con el camarero. Sentí su reproche. Así es como se paga en nuestros tiempos la ayuda al prójimo. Los de seguridad llegarían en cualquier momento con sus preguntas y sus esposas y sus porras en alto y... la chica estaba como inconsciente. Tal vez el camarero pensó que tenía intenciones de abusar de ella. Pensó que sería un necio venido a menos, alcohólico y con ganas de juerga. Era la primera vez que bebía en años. Todavía no sabía que también sería la última. Por megafonía, anunciaron que el tren hacia Oriente acababa de hacer su entrada triunfal en la estación. El camarero se asomó por encima de la barra. Parecía un demiurgo tan inútil como todos los demás. Era solo un hombre feo que intentaba no asfixiarse en medio de una mutilada multitud con los bolsillos repletos de billetes y monedas. Un pobre zombi que nunca conoció en esencia la ilusión.


Tomé a la mujer, apoyando su peso sobre mi, intentando mantenerla erguida. Fui difícil hacerla caminar. Lentamente, llegamos hasta las taquillas desiertas. Encontré una abierta. Una jovencita delgada y de ojos tristes me atendió. Todos sufrimos, volví a pensar. De reojo vi como un grupo de seguridad entraba en la cafetería, desenfundando su arrogancia, portando aires de invencibilidad. Me alegré de llevar a la mujer conmigo. Pesaba como un auténtico demonio, pero no la podía dejar en manos de aquella jauría de lobos. A la chica de la taquilla aquella situación no le pareció tan normal. Logré convencerla de que era mi mujer. Me inventé sobre la marcha una estúpida historia: fuimos a la fiesta de unos amigos y ella se sintió indispuesta. Le enseñé mi anillo de matrimonio y accedió a venderme los billetes. Por megafonía anunciaron que mi tren partía en cinco minutos. Su salida era inminente. Me despedí de la taquillera y le dejé el resto del dinero que tenía. A la llegada a mi destino ya de nada serviría: otro idioma, otras gentes, otro dinero y, por encima de todo, otra luz. En mis oídos, cesó el zumbido que me había acompañado durante horas y comenzó el dulce y brusco tañer de las campanas.


Llegué con la mujer a cuestas a nuestro anden. Un fornido tipo de seguridad nos dio el alto. Yo le escupí a la cara los billetes de embarque. Aquello no le debió gustar. Hecho mano de su porra. Fue lento y, antes de alcanzarla, le di un fuerte golpe en la mandíbula. Trastabilló y se desplomó. Entonces me di cuenta de que mi anónima amiga también se había caído al suelo durante el forcejeo. Recogí los billetes y me arrodillé junto a ella para volver a levantarla. La jauría de lobos salía de la cafetería y se dirigía corriendo hacia mi. No se puede permitir a los demás que sean felices. La felicidad no es práctica. Se debe pisotear y de hecho, es pisoteada a sueldo. No tenemos hermanos ni hermanas. Olvidamos con facilidad el rostro de nuestros padres y sabemos que nuestros hijos no pensarán nunca en nosotros cuando nos marchemos.


Logré enderezar a la mujer. Estaba reaccionando. Balbuceaba algo incomprensible. Me vomitó encima. No sentí nauseas. Que volviera en sí era una bendición. Llegaron los de seguridad. Eran cinco y me apuntaban con sus armas reglamentarias. Nunca había estado en el objetivo de una mirilla, pero estaba acostumbrado a vivir en el campo de tiro en el que se ha convertido nuestra sociedad. Me di la vuelta. Al otro lado, a una distancia prudencial, lo mismo: cuatro gorilas apuntándome y gritándome palabras inconexas, sin sentido. Yo solo escuchaba las campanas que intentaban, sin lograrlo, tejer una melodía. Pensé que había olvidado el bolso de la chica. Poco importaba ya. Me di la vuelta de nuevo y comencé a andar lentamente hacia la entrada del vagón más cercano. Escuché, a lo lejos, disparos. Pude notar como las balas desgarraban mi piel y se clavaban, para siempre, en el interior de mis huesos. Las escalas de Bach y las de Rachmaninoff estallaron unidas en mi cabeza. Suites, Fugas y Conciertos. No pude alcanzar la escalera del vagón y caí al suelo.


Me vi rodeado de sangre. No sentí ningún dolor. La mujer de la barra estaba tirada a mi lado, despatarrada. El pelo se había escapado de la nuca y atravesaba la blanquecina piel de sus mejillas, surcadas por ríos negruzcos. Me miró a los ojos y pude apreciar su brillo entre su oscura melena. Me sonrío. En ese momento supe que había estado a punto de alcanzar la felicidad, que el esfuerzo, por una vez en la vida había merecido la pena. “Sé que hubiéramos sido felices de haberlo conseguido, pero también sé ahora que no nos dejarán envejecer juntos”, intenté decirla. Pero las palabras ya no anidaban en mi garganta. Entonces, le devolví la sonrisa y de mi ojo izquierdo brotó una lágrima furtiva. Una sensación de plenitud desconocida inundó mi cuerpo. Fui feliz durante un segundo. Cuarenta y tres años y un solo segundo de felicidad. Suficiente. La orquestación musical cesó en la cabeza. Cerramos los ojos a la par.


Ahora, solo veo y toco el silencio atravesado por un finísimo hilillo de plata. Es tan extraña esta vida. Todos sufrimos. Incluso los que intentamos no hacerlo, sufrimos. Estamos solos, siempre solos. Y, tal vez por eso, sufrimos.


1 comentario:

Hunter Z Top dijo...

Querido Victor, hay dos cosas que tenemos garantizadas al nacer; que hemos de sufrir y que nos tenemos que morir. Particularmente no tengo ninguna prisa, jej. Victorrrrrrrrrrrrr :)