domingo, 18 de febrero de 2007

El exilio interior


Cuando el pecho y el estómago señalan su lugar en tu cuerpo.

La presión, aumenta. El estado de ánimo, se resiente.

Ansiedad.


Dulce caminar, aquel que no vemos, aquel que es imaginado.

Los viejos del lugar no pueden recordar nada igual.

Desnudos, detrás de la pared, mis huesos abandonados.


La sonoridad de mi habitación,

mientras el veneno trota por mis venas.

Secretos al borde del estallido de la primavera.


Se anuncia la llegada de un lejano cáliz,

de rosas y éter.

Pero el camino está vacío.

Nadie pisa su desgastado empedrado.


Tomar tierra para volver a despegar.

Y el crepúsculo me susurra emociones conocidas,

que se desbordan cuando escuchan la llamada de la luna.


En el humo del cigarro que me consume,

veo formas anilladas entremezcladas con rostros y miradas.

El dolor en cada uno de tus poros.

Te hace fuerte. Te da esperanza.


Solo hay una forma de atravesar el desierto:

Solo y sin prejuicios en la búsqueda de la verdad.


Dulce el porvenir aquel que nace de las entrañas de la belleza.

Dulce, el amargo escozor de la insatisfacción de mi alma.


Somnolientos, nos balanceamos sin poder parar,

al son del crepitar del fuego, propio de este ajeno despertar.


1 comentario:

Anónimo dijo...

Tan poético como el mar.