miércoles, 29 de noviembre de 2006

Vivir (y morir) en Ratislava

En algún recóndito lugar del corazón, a menos de cien kilómetros de Viena, está Ratislava, nuestra patria. De allí venimos y de allí partiremos cuando estemos preparados para ello. Por que, como ya se ha dicho por estos parajes, aquí no pierde el que quiere si no el que puede.

Ser Rata no es ser tacaño, ni mucho menos. Entendedme, lo que aparece en los diccionarios son otras acepciones (falsas) del término.

Ser Rata es ser un miserable, un tipo cuyo modo de vida solo se puede describir con exactitud si bajas a las alcantarillas y buscas en las esquinas lúgubres del alma donde nadie quiere vivir pero donde tú te sientes más cómodo que Dios.

Es como vivir al margen, por que ser Rata siempre trae consigo los círculos concéntricos de la marginalidad. Es aceptar como eres más allá de toda convención y obligación.

Ser Rata te permite conjugar la vida con más libertad, librarte (un poco) de tanta alienación. A cambio, se quema tu alma en la hoguera y pierdes, en sus fuegos fatuos, todo el prestigio y honor que puedas haber llegado a acumular. Sacrificas en el altar tu yo público en función de tu yo interior. Sin embargo, seremos ejército. No lo olvidéis.

A veces, puedes tener la sensación de que te gustaría estar en la piel de otro para dejar atrás la miseria vital y moral que implica tu situación. Pero la elección se tomó por sí sola hace tiempo. “Los hombres, se sienten orgullosos de ser hombres; Yo, soy Rata por que elegí primero”, dicen.

De hecho, sabemos que los hombres, aunque utilicen colonias y desodorantes caros son arenas movedizas; siempre hacia abajo. Dicen que hay quién se pone gafas de sol para tener más carisma y sintomático misterio. Bah!

Si después de leer esto todavía os quedan ganas de visitarnos os esperamos, con docenas de abrazos preparados, cerca, ya sabéis, en Ratislava, a menos de cien kilómetros de Viena, en algún recóndito lugar del corazón.

lunes, 27 de noviembre de 2006

Superdetective en Almadieros

Va el Edgar y dice:

- Si El Pancho hoy no sale, habrá que joderle.

Entonces va y saca un condón. Va con su partenaire así que ya ha perdido un clavel.

- Almadieros, 10.

Eso le dice Álvaro al taxista y allí acabamos. El Panchimóvil, en la puerta. Qué suerte tiene siempre el cabrón, cuando nos movemos de marcha, de bar en bar, siempre dice eso de "¿y aparcar? En la puerta". Siempre medio en broma, medio en serio, pero siempre atina el cabrón. Nunca le falta el sitio en la puerta, como si le estuvieran esperando.

Edgar me da el condón y me tiro al suelo. Lo estiro y lo calzo en el tubo de escape. Con los dedos lo estiro a lo largo del cilindro de metal y me doy cuenta de lo parecido que es a una polla. ¿Qué escalofrío me recorrió de arriba abajo! Solo la visión de mí poniendo un condón en otro rabo que no fuera el mío me destrozó, claro que toda la Ambar que habíamos trasegado contribuía a la paranoia.

- Esto es control y lo demás tonterías.

Así lo dije y así lo grabó Edgar para la posteridad. Ni mencionar dos veces la marca del condón.

No teníamos lápiz así que la partenaire de Edgar me alcanzó su lápiz de labios. Mi intención no era travestirme, sino informarle a El Panchi de que ya tiene 14 nombres. Se lo escribí en un trozo de papel y se lo puse en el limpiaparabrisas, como si fuera una multa. Después, por si se olvidaba de él, se lo escribimos en el buzón de su casa.

Los catorce nombres son: Panchi, Panici, Rata, Saxon, Duende, Gran Poderío, Dartagnan, Pochi, Farmacias, Papatxi, Panini, La Novia, Rata Suprema, Pachuli.

Cada uno es como una muesca en la pistola, una herida de guerra que no se olvida fácilmente.

Vivir para contarlo

"Esto es un volver a empezar,
sacar un revólver con canciones
en forma de balas de la nada y hacerlo sonar".

Así empieza el nuevo disco de los Violadores del Verso, no sé porqué pero me siento muy identificado con él. Quizá sea por sus letras, están llenas de frases como: "que le jodan al espejo, me sobra con la imagen que tengo de mí", "hasta las ratas tienen más corazón", "mi estilo es como el tacto de un dedo contento, pregúntale a las chicas del convento", "voy a beberme hasta las copas de los árboles, voy a tomar de todo menos decisiones", "un nuevo verso brota bajo el sol y es la culminación de mi crisis..."

Todos esos pedazos de verdad me parecen más reales que los charcos que pisas en las calles.

Quizá sea porque después de poner el mundo patas arriba y estar perdido un mes en las montañas, lejos de la civilización y la realidad hace que vuelvas convertido en una piltrafa. Nunca olvidemos que, ante todo, el fracaso. Es la esencia del Gonzo, del hunterismo y de todo que, con distintos nombres, en realidad son lo mismo.

En realidad todo esto del cine es apostar y no tener miedo de perder. De hecho, lo de perder tiene su encanto, sobre todo cuanto el resultado es tan bueno que nadie puede saberlo. Menos mal que todo está quedando de puta madre, sino ya sería suficiente para plantearse el suicidio. Para eso se hacen saltar las cuentas corrientes, los ánimos de la gente y todo lo demás.

Y que nadie se engañe, aún está todo por hacer.

La verdad es que le pedí a Víctor que empezáramos con esto para escribir y, ahora que estoy frente a la página en blanco, no es que no se me ocurra nada, es que no tengo ni putas ganas de hacerlo. En fin, hay días mejores que otros y el tiempo lo cura todo. Mientras tanto, con Bombay y Borsao puedes apartar los cuchillos de los enemigos. Lo demás es tontería.

En la próxima entrada me luciré, lo prometo. O no.

Esto sí es periodismo Gonzo.