domingo, 31 de diciembre de 2006

Atropello en el Ropero

Dejadme que os cuente una pequeña historia real que me sucedió el pasado viernes, al filo del amanecer, en la discoteca LOW, sita en la mítica Plaza de los Mostenses, en pleno corazón de Madrid. Mi estado, a esas alturas de la noche, no era otro que el de una PUTA RATA, así que si me dejo algo por el camino, espero que sepáis comprenderme.

Para empezar, nada mejor que una pregunta: ¿Habéis intentado alguna vez poner una Reclamación en una discoteca? He re reconocer que entre los vicios más inconfesables, tengo el de exigir la Hoja de Reclamaciones, esté donde esté, cuando siento mis derechos como consumidor apisonados por otros trabajadores...

Los hechos que sucedieron fueron los siguientes:
Como la Sala LOW estaba llena hasta la bandera, me vi coartado por mi amigo Alberto a dejar con él el abrigo en el ropero. Entre tanto, con la confusión y el calor de la noche extravié la entrada de 10€ del local y con ello mi derecho a una consumición. Mal asunto para mi (sumergida) economía.

Después, un poco de juerga por aquí y algún baile maquinal con cotorreo incluido, por allá. Es decir, lo de siempre: la vida que pende de un hilo y todo al borde del colapso. Una noche oscura a todos los niveles en la que lo único que podía hacer era caer dentro de un abismo sin fondo. Primero fue la Decadencia. Luego, aunque todavía no lo sabía, llegaría la Humillación. Poco después supe que sobre esa misma hora Sadam Hussein, el amigo de los niños, fue asesinado en la horca, mientras la candidata al Elíseo, Ségolène Royal, practicaba una felación a uno de sus bien dotados amantes argelinos.

Con objeto de evitar mi ruina total, fui al ropero en busca de mi abrigo para buscar allí mi ticket de entrada. Cuando llegué, las dos poco simpáticas encargadas del sitio me dijeron que era del todo imposible que me dieran el abrigo sin que tuviera que volver a pagar 1,5€ por volver a dejarlo. Le explique mi situación. Les dio igual puesto que como respuesta solo obtuve miradas de desprecio. Pensé que ellas pensarían que sus paletudos amantes serían mejores que yo. ¡Qué se le va a hacer, todo el mundo se equivoca!

Me di cuenta que conversar con aquellas dos chicas, futuro proyecto de mujeres maltratadas, no iba a adelantar mucho la situación. Aquellas comebolsas solo se referían una y otra vez a dos folios de Word, que yacían pegados con celo en la pared. Una escuálida tipografía de Times New Roman indicaba en ellos las tiránicas normas del ropero.

—Esas son las normas... Si quieres el abrigo: o te lo quedas o vuelves a pagar.

­—A mi, esas normas, me dan igual.

—¡Son las normas del local! — Gritaron al unísono escandalizadas, revelando su perfecto entrenamiento.

—Insisto, me da igual lo que ponga en estos folios. Me dan igual las normas de local. Yo exijo mis derechos y estos están por encima de cualquier norma de cualquier local, así que quiero, AHORA, la Hoja de Reclamaciones.

Esto último no las enrrolló nada. Supongo que yo debía ser un tipo bastante impopular para ellas. Más me hubiera valido invitarlas a tomar un par de rayas en la desvencijada tapa de un inodoro anónimo.

—Nosotras no las tenemos. Se las tienes que pedir a uno de los porteros.

—Vale, gracias por nada, monadas.

Fui a la salida del local. Tengo que reconocer que todo aquello me parecía una trampa. Tener que acudir a uno de los puertas para pedir la Hoja me parecía un filtro para expulsar a cualquiera que tuviera intención de quejarse. Llegué y me acerqué al más corpulento de todos. Le expuse la situación y en seguida me di cuenta de que mi juicio había sido equivocado. El portero contactó por walkie con el encargado y me invitó a que esperar con él al lado del ropero. En todo momento me trató con una exquisita educación y espero conmigo hasta que llegó el supuesto encargado, al que le expuse de nuevo el problema. Acto seguido éste me entrego por fin la maldita Hoja de Reclamaciones y me busqué un apoyo para poder rellenarla. Cuando comencé a rellenar mis datos personales, sentía como sus ojos escrutaban mi escrito desde encima de mi hombro.

—No tengas ansias, amigo. Cuando la termine tendrás tu propia copia y la podrás leer cuantas veces te plazca.

—Es solo para ver cuántas tonterías te inventas.

Continué escribiendo, ajeno a sus infantiles intromisiones. De nuevo, me interrumpió con la clásica oferta, llegados a este punto, de olvidar todo lo que había sucedido y darnos una mutua palmadita en la espalda.

—Mira, esto es un engorro. Voy a pedir tu abrigo y así no tienes que escribir todo esto y asunto arreglado.

Accedo a su oferta con el único propósito de terminar con tan kafkiana situación. El encargado se dirigió a las chicas del ropero y les pidió mi abrigo. Ellas me lo entregaron y pude comprobar rápidamente como mi ticket de entrada no estaba en ninguno de los bolsillos. El encargado se apresuró a guardar la Hoja. Había perdido el ticket y ahora, si no andaba con cuidado iba camino de perder mi dignidad. De hecho, el encargado me comunicó al instante:

—Bueno, pues ya lo has comprobado. Ahora voy a dar orden de que no vuelvas a pasar a esta sala.

A mi las órdenes que dan los Don Nadie nunca me han importado lo más mínimo.

—¿Por qué? ¿Por hacer uso de mi derecho a poner una Reclamación?

—Bueno, aquí tenemos derecho de admisión.

—Tengo una empresa y no te preocupes, que sé como funciona el derecho de admisión.

—¿Una empresa? ¿De qué?

—De producción audiovisual.

­—Entonces... ¿Es eso, no? ¿Estás sin trabajo?

Aquello fue demasiado, decidí no intentar entablar ninguna conversación más con aquel mentecato de extraño talante. Por un lado, apariencia de “tipo enrollado”, por el otro, un coyote desalmado.

—¡Ahora sí que quiero rellenar la Hoja de Reclamación! ¿Puedes ir otra vez a por ella, por favor?

—Yo es que salgo para divertirme, no para amargarme.

Le expliqué que pensaba que él, a pesar de sus mechas tendenciosas, no tenía el monopolio de la diversión. Y que salir a divertirse no equivalía para mi a una desintegración de mis derechos. “Cuando me divierto”, le dije, “sigo siendo un consumidor”. Accedió a regañadientes a traerme de nuevo la Hoja. Aquella vuelta al principio de la historia no pareció gustarle nada. Si hubiera mantenido su bocaza de coyote cerrada, ya habría terminado toda esta situación. Se metió en la trastienda del ropero y al rato volvió a entregarme la controvertida Hoja. También me dio un bolígrafo. Aquellas fueron las únicas facilidades que tuve durante todo el proceso.

Debo reconocer que el título que le di a aquella Reclamación no era muy inspirado, pero es complejo recibir inspiración alguna después de haberte fundido 30€ en alcohol. “Atropello en el ropero”, se tituló. En ella expliqué los pormenores de la situación y estampé luego mi aerodinámica firma. Mientras yo me esforzaba en estructurar oraciones y en cuidar mi ortografía, recibí toda clase de insultos e impertinencias por parte de aquel chico, que decía ser el encargado y del personal femenino del ropero. Hubo un par de momentos de tensión violenta, cuando el encargado se negó a identificarse. Por suerte para los dos, aquellos conatos de golpearnos, quedaron en nada.

Le entregué la Hoja y comenzó a leerla, haciendo gala de una ironía pobre y estúpida, como surgida de algún programa de Televisión. Como siempre he tenido problemas al tratar con analfabetos funcionales, pensé que lo mejor sería despedirme de tan poco divertido grupo.

—¿Estoy obligado a quedarme a escuchar como te burlas de mi?

Un primer silencio fue su respuesta. Después,

—Mira, para que veas que no te guardo rencor, bájate conmigo y te invito a una copa.

De nuevo el coyote se escondió tras la personalidad de “tipo enrollado”. La sola idea de compartir bebida con aquel individuo me dio nauseas. Entendedme, no es que no quisiera beber. Si no, que aunque tuviera el bolsillo lleno de telarañas, como de hecho era, nunca aceptaría una invitación de un ASESINO de pelo rubio como él.

—No, gracias. No quiero, ahora, tus copas. Si he perdido mi copa es por que soy gilipollas. No, por nada más.

Me di la vuelta y no volví a encontrarme con él durante toda la velada. Mientras bajaba las escaleras del local para iniciar la búsqueda de mis amigos (esta aventura requeriría un post aparte), pensé, con amargura que tal vez, en el barrio lisboeta de Cais du Sodre, un angoleño estuviera siendo acuchillado por dos compatriotas suyos, lejos de su patria...

sábado, 30 de diciembre de 2006

Fructis por la ventana

Todo se jodió con las croquetas. No sé porqué, pero pensé que Víctor se daría cuenta, mientras se las echaba en el litro de calimocho. No lo hizo. Se bebió más de medio vaso con las croquetas flotando. Yo hasta me olvidé del asunto, pero llegó un momento en que me di cuenta y se lo dije.

Gran error.

Se lo tiró por encima.

Toda la camiseta pringada. Se la tuvo que quitar y vinieron las típicas broncas para mi. Que si esto, lo otro y lo de más allá. La verdad es que yo estaba demasiado volado como para que me importaran, así que cogí la camiseta de Víctor y me encerré en el baño.

Eché el cerrojo.

Allí no iba a entrar ni dios. Si hacía falta, levantaría una jodida barricada.

- ¡Abre de una puta vez! -.

Esa era Laura al otro lado de la puerta.

Yo, con la camiseta en una mano, el secador en la otra y la cabeza en otra dimensión, había tomado la, tal vez, sabia decisión de que no pensaba salir de ese baño hasta que la camiseta no estuviera completamente seca. La verdad es que me daba igual que fueran las cuatro de las mañana.

Laura aporreaba la puerta, pero a mi me daba igual.

El secador se cayó. La verdad es que uno de sus golpes me asustó.

- ¡Apaga el puto secador! -.

- ¡Ya está! -.

El secador se cayó al suelo y rompió una baldosa. El secador también se jodió.

Abrí la puerta y Laura me dio una buena paliza.

- ¡Gilipollas! -.

Laura se largó, yo me encogí de hombros y decidí quedarme por el baño. Me encontraba a gusto en ese ambiente. Había estado en muchos pisos de estudiante y la verdad es que todos los baños daban asco. Aprendes mucho de una casa por su baño. Que todo sean tías en la casa no quiere decir nada, pueden ser unas marranas. Y los tíos también, o totalmente lo contrario. La verdad es que con varios litros de ron encima, poco importa. Pero en ese baño, en esa pequeña porción del universo, se respiraba paz, al margen de que al otro lado de la puerta estuviera ocurriendo un auténtico infierno de alcohol, drogas y locura.
Mientras meaba, me asomé a la ventana. Allí, en el patio interior, al otro lado del edificio, había un pavo estudiando. El tío no había reparado en mi, pero yo sí en él. Allí, bajo la pequeña luz de su flexo, parecía estar seguro de que nada en el mundo podía amenazarle. Seguramente había elegido las cuatro de la mañana para estudiar, porque sus compañeros de piso estaban fuera, de juerga, y nadie lo molestaba a esas horas. Nadie. Hasta que vio un chorretón de Fructis pasar delante de su ventana.

La ventana estaba junto a la ducha y en la ducha había como un millón de botes de gel y champú. Es cierto, como un millón. Cogí el primero que tenía a mano, un Fructis de yo qué sé qué y apunté. La verdad es que no sé porqué se me ocurrió eso. Entonces parecía lo más lógico, ¿por qué no? Pero hoy día, mirándolo friamente…

¿A quién coño se le ocurre?

- ¿Qué haces, tío? -.

La pregunta de Víctor fue automática al entrar. Él seguía sin camiseta y estábamos en pleno invierno. Le daba bastante igual, no hubiera notado el frío ni aunque lo hubiese intentado. Además el ambiente en la casa, entre la gente, el alcohol, los porros, la violencia y la demencia se había desmadrado hasta alcanzar un límite infrahumano.

- Quiero joder a ese cabrón -.

Víctor echó un ojo y sólo pudo partirse el pecho de risa, cuando vio al tío mirándonos fijamente, como si fuéramos espectros, alucinaciones o mucho peor, como si fuéramos unos auténticos dementes, un seres ultraterrenos, demoníacos y hechizados por algún Mal Desolador, dispuesto a lo que sea con tal de apresarle y masticar un ratito su glándula pineal.

- Venga, coño. A ver quién llega hasta la ventana -.

Aún no había terminado de hablar y Víctor lo había entendido perfectamente. Agarró otro bote de champú y comenzamos la competición. Era igual que cuando tienes 7 años y te la juegas con tus amigos a ver quién la tiene más larga, a ver quién mea más lejos o a ver quién escupe el japo más grande. Esas típicas cosas de la masculinidad que no acabarán, por muy metrosexuales que aparezcan por generación espontánea.

Decidimos que el episodio del baño había llegado a su fin y que mejor sería salir y hacer un poco de vida social. Además, llevaba ahí dentro algo así como hora y media y el nivel de alcohol en la sangre empezaba a escasear. A todo esto, había que añadir que el tipo del fructis había desaparecido y por más champú que echaba a su ventana, el cabrón no daba señales de vida. Seguramente, estaría escondido en posición fetal bajo las sábanas de su cama, escuchando los golpes del fructis en su ventana, rebotando como escupitajos, como una corrida de película porno en sus cristales y eso era algo a lo que no podía hacer frente. El tío sería un enfermo, un degenerado, y estaría convencido de que esa era mi táctica para llevármelo a la cama, para incitarle al sexo promiscuo y descuidado, sin ninguna compasión, afecto o cariño. Algo sucio y descarnado y sin ápice de bondad. Seguramente, pero no sería ni esa noche ni con él.

viernes, 29 de diciembre de 2006

Ni fe tienen las ratas

La Logia de las Ratas de Honor, no logrando reunirse en asamblea ha decidido ni por uninanimidad ni por conformidad de todos sus miembros que:

En el pasado se ha dicho: Aquí no es rata ni el que quiere ni el que puede, sino el que se lo merece.


Eso es cierto, pero más cierto es que No es rata ni el que quiere ni el que puede, sino el que no se merece otra cosa.


Después de eso, en la Logia no pudo decidirse nada más.

domingo, 24 de diciembre de 2006

Filetes de 1000 pelas

El verano del 2001 fue una locura absoluta. Álvaro y yo decidimos que era una buena ésa de irnos a Jaca – un pueblo de Huesca que es un absoluto desmadre – para hacer un curso de guión con David Trueba. Álvaro tenía una casa allí y a mi me parecía una grandísima opción el pasar una semana entre las montañas bebiendo ron, comiendo como cerdos, yendo de vez en cuado a clase y, por las tardes, mientras se ponía el sol, leer tranquilamente París era una fiesta y no pensar en nada.

Así que, lo hicimos.

El viaje en autobús de Zaragoza a Jaca, cuesta más que el de Zaragoza a Madrid, pero merece la pena. Una semana allí da para mucho, sobre todo si estás dispuesto a lo que sea y no te importan las inhibiciones.

- ¿Os gusta así? -.

- Sí, ¿por qué no? -.

El Señor Carnicero nos había enseñado un buen par de filetes jugosos.

- ¡Joder, de kilo cada uno! -.

Hostia. Cada filete nos salió por mil pelas y los hijos de puta no cabían en el plato. Aún recuerdo la cara mofletuda de Álvaro, masticando con deleite a esa pobre vaca. Lo regamos con un Faustino VII y lo rematamos con unos buenos tragos de ron. Dios, qué días más locos.

No recuerdo toda la pasta que nos dejamos esos días, pero fue mucha. Nos pusimos como auténticos cerdos y, la verdad, no nos importó.

Por aquellos días solíamos visitar El Corral, un local de piedra y madera en el que nos ponían buen rock & roll. Nos juntábamos con los colegas de Álvaro y con el resto de personas del curso hasta las tantas y, por la mañana, íbamos a clase como nuestros pies, pulmones, sangre, corazón y alma nos permitían.

Una noche, como a las siete de la mañana, con la cabeza llena de alcohol y el corazón de alegría, hicimos buenos amigos de una sola noche. Gente maja con la que hablas cuando vas muy puesto y que sabes que, a pesar de que en ese momento te parece que son las mejores personas a las que conocerás, también sabes que nunca más las volverás a ver y tampoco harás nada por verlas.

Estábamos en una esquina del casco histórico de Jaca, con los vasos en la mano y la cabeza más allá de las nubes, cantando todos los grandes éxitos de los 60 y los 70. Desde los Beatles a yo qué sé quién, cuando apareció la Guardia Civil.

En casos como este, sabes que tienes dos opciones: una joderte y apechugar; dos, para que el conoce la vida en un pueblo – sobre todo si no eres de allí – lo mejor es echarte a correr y dios dirá.

El coche estaba ya encima, así que sólo pudimos tragar fuerte y esperar a ver qué pasaba.

- ¿Qué hacíais, chavales? -.

- Nada -.

- Estabais cantado, ¿no? -.

Mierda. Ya estaba, la habíamos jodido.

- No, no qué va. ¿Tan tarde?, nosotros no -.

- Venga, chavales… que no somos gilipollas -.

Álvaro dio un paso al frente y, como siempre todo educación, sacó sus palabras más diplomáticas.

- Lo sentimos si hemos armado escándalo, no era nuestra intención -.

El pikoleto se asomó por la ventanilla y nos dirigió una mirada de complicidad, mientras su voz se llenó de… calor humano.

- Eso era Satisfaction… de los Rolling, ¿no? -.

¡Hostia! Ésa sí que no nos la esperábamos. Qué jodido salir de ahí, la verdad es que cualquier cosa que le dijéramos podía significar nuestra muerte y lo sabíamos. Ninguno de nosotros tenía ganas de pasarse las próximas 24 horas encerrado en un sucio y mugriento calabozo.

- I can get no…-.

Eso fue lo que el pikoleto dijo. Todos nos miramos como si fuéramos gilipollas. Entonces, Álvaro, que estaba un paso por delante de nosotros, continuó, acojonado.

- Satisfaction… -.

Y antes de lo que pudiésemos darnos cuenta, hicimos un repertorio de los Rolling con aquellos dos Guardia Civiles, amantes del rock & roll. Duramos en escena algo así como veinte minutos. Después nos dijeron si habíamos visto a algún tipo raro. Que les había avisado de un tío que andaba robando por lo zona. Les dijimos que no, pero que si lo veíamos no dudaríamos en llamarles. Seguro.

Se largaron y continuamos la juerga. Cuando no pudimos más, nos retiramos. De vuelta a casa de Álvaro, solíamos comprar barras de pan que devorábamos de camino, para echarnos a la cama algo más serenos. Como eso era siempre a las siete de la mañana, las barras estaban recién hechas y calientes y como la panadería no estaba abierta aún, teníamos que acercarnos por la puerta de atrás, donde tenían los hornos.

Para mí, que pasé buena parte de mi infancia en la panadería de mis abuelos, ese olor era como estar en casa, y para el que nunca haya comido pan de pueblo… bueno, no sabe lo que se pierde. Que ese no es el que dan en las gasolineras ni en los supermercados.

Normalmente, comprábamos las barras. Pero otras veces les pedíamos un par y nos llevábamos de extranjis otras cinco o seis. A mí me sabía malo, pero qué le íbamos a hacer, estábamos borrachos perdidos.

jueves, 21 de diciembre de 2006

Fe de ratas


Las ratas verdaderas, reunidas en la Logia de las Ratas de Honor, desean certificar los siguientes errores, así como completar la información del anterior post.


Para ser rata por méritos propios hay que realizar una serie de acciones que, si bien, no tienen porqué ser exactamente las que a continuación se detallan, si pueden ayudar a hacerse una idea de la calaña de actos que se pueden perpretar.


  1. Saltar la mediana. Una manera de convertirse automáticamente en rata (si bien no significa que por eso sólo se conserve ese título) es tomarse las indicaciones de conducción, los semáforos o las medianas como una mera sugerencia. Naturalmente, es algo poco recomendable y del que las ratas no hacemos alarde ni valoración alguna. Claro que, hasta arriba de alcohol y con la policía al lado te convierten en una PUTA RATA como la copa de un pino.

  2. Robar acero. Ésta expresión designa sobre todo dos cosas: a) cabezonería, b) no tener ni un puto duro. Robar acero es una expresión que se puede aplicar a todo aquél que, borracho y empecinado en algo en lo que, pueda o no tener razón, en esos momentos no resulta razonable para nadie más del grupo que para él mismo. Por eso precisamente, decide dejar el grupo como un miserable y volver a casa andando. Sí, andando, sin importar lo lejos que esté, los polígonos industriales que tenga que atravesar, las industrias siderúrgicas en las que tenga que colarse para atajar o cualquier otro impedimento (caminos sin asfaltar, acequias, barro...) que pueda haber.

  3. Desbaratar el mobiliario urbano. Siempre con un sentido cívico, claro. Pero el mobiliario urbano forma parte de la vida de las ratas, ya sea convertido en señales de tráfico, cubos de basura o conos de señalización. Cualquier cosa es válida, siempre y cuando no se haga un chandrío sin conocimiento, claro.

  4. Desbaratar el interior de un coche. Puede ser tirar los cd's por la ventana, o arrancar de cuajo el espejo retrovisor, o lanzar botellas de agua a coches contiguos. Cualquiera de estas cosas, y todas las imaginables, se pueden realizar sin ningún miramiento.

  5. Romper la vajilla de los bares. Pueden ser jarras o cualquier otra variante, pero es necesario y hasta fundamental romperlas sin ningún miramiento, ya sea a propósito o sin querer. Este punto tiene un plus si de paso se le hace sangrar a la camarera de turno.

  6. Tirar cubos de agua desde las ventanas. Cuando eres tan miserable que en vez de beber, te quedas en casa, una buena opción es esperar que el resto de ratas venga a tu puerta y capuzarles un buen cubo de agua por encima sin ninguna misericordia.

  7. Irte a cualquier sitio sin dormir y pasarte así dos días, bebiendo y saliendo, para volver a tu lugar de origen. ¿Hace falta alguna otra explicación?

  8. Ir a un puti a beber tan solo. Esto te convierte en rata, en miserable, en deleznable y en pringuis. Tan sólo por eso te mereces ser una rata de alcurnia.

  9. Conseguir que te quieran comprar droga o intentar vender droga que no tienes. Si te quieren comprar, tiene que ser porque eres una PUTA RATA, es decir, porque estás dando el espectáculo de una manera miserable en algún antro. Si quiere hacer que la vendes, tienes que parecer recién salido de la alcantarilla y hacerlo a niñas pijas o gilipollas auténticos que se vayan a ofenderles porque pretenderlas venderlas heroína pura.

  10. Follar/beber. Siempre se tiende a dejar todo por beber, pero se pueden sintetizar ambas cosas (siempre que el cuerpo aguante). Por ejemplo, se puede dejar a un chica colgada por salir con las ratas. También se puede hacer beber a un chica hasta que ya no pueda follar. O se puede ir a follar y largarte nada más terminar, sin ningún miramiento, y a su "¿ya te vas?", responder algo como: "No te preocupes, me haré una paja pensando en ti".

A todo aquél que quiera ser rata, ya sabe lo que le espera, porque esto, vuelvo a recordarlo, no son más que meros ejemplos. Puede haber muchos otros modos y sistemas, pero el fin es el mismo: fracasar estrepitosamente.


Un último apunte:

En nuestra lista de ratas, no estabana incluidos algunos miembros importantes que nos representan en el extranjero:

(en Bélgica) Michel (Rata de Salou)

(en Francia) Antoine (Rata gabacha)


Nada más.



domingo, 17 de diciembre de 2006

La Conexión Francesa (1)

Infierno de cobardes


Mi hotel estaba en La Bocca.

La Bocca es el barrio de Cannes donde vas cuando ya no puedes hacer frente a lo que supone La Croisette: Familias playeras de clase media durante el día, pescadores con neveras repletas de vino por las noches. Mucha gente había llegado el fin de semana, gente honrada, buenas personas, pero que no tenían nada que ver con el Festival. Seguramente, el mismo tipo de personas que piensa que el guión de una película lo inventan los actores mientras ruedan. Veraneantes de fin de semana. Tipos majos.

Recorrí a pata los cuatro kilómetros que separan La Bocca de La Croisette. No te gastabas pasta y era un paseo agradable de alrededor de una hora, por lo que lo hice todas las mañanas. Veía a las parejas jugar en la playa y a los matrimonios lidiar con los críos. Las olas rompían su espuma azul y blanca en la arena cobriza y dejaba volar mis malos pensamientos en el calor apagado del mediodía francés.

Hay películas buenas, películas maravillosas, obras maestras, y luego, están las películas de Sam Peckinpah. Estaba aún en el hotel. Sentado en la mesa de la terraza, mirando la programación, intentando aclararme las neuronas mientras devoraba barritas de muesly, que es lo único que tenía a mano para comer. Vi que proyectaban Duelo en la alta sierra y salí a toda hostia para allí. Llegué justo a tiempo. Pero le cabrón del acomodador casi no me deja entrar, como no, porque era un puto francés fascista y cabrón.

- Cést ici le film? -.
- Pardon, monsieur? – el muy cabrón no me entendía, es decir, no quería hacer el esfuerzo entenderme, como todos los gabachos -.
- Parlez anglais? -.
Su mirada lo decía bien claro: Te voy a joder.
- Pourquoi no français? -.
- Mon français cést un peu… ? -.
- Passez, monsieur -.

Encontré refugio en los brazos de San Peckinpah (habéis leído bien, que es santo por lo menos) y vi Duelo en la alta sierra, presentado por varios colegas suyos de borracheras. Sus cuerpos decrépitos me deprimieron un poco, pero todo eso se diluyó en cuanto llegó el clímax y, con ese tiroteo, volví a recordar porque amo tanto el cine.

Hay algo en las películas de Sam Peckinpah que no hay en ninguna otra. Es un sentimiento. Yo le llamo intemporalidad. Es la atmósfera, la sensación que te transmite. Maravillas como Grupo Salvaje, La Huida o Pat Garret & Billy the Kid o también Quiero la cabeza de Alfredo García, Los Aristócratas del crimen o Convoy, y, por supuesto, La balada de Cable Hogue son obras maestras por derecho propio. Contienen un lenguaje único que muchos cabrones se han hartado de desvirtuar.

El viejo Peckinpah, alcohólico y cocainómano hasta la médula. Hacedor de un universo propio irrepetible. Algunos colegas suyos, como Arthur Penn, Martin Ritt o Robert Mulligan también llegaron a alcanzar ese sentimiento de lo intemporal.

Recuerdo la primera vez que vi La jauría humana. Creo haberla visto de crío, pero años después volví a verla y cambió mi visión del cine. Garci ha cagado muchas cosas, pero hay que reconocer, que a todos los descarriados de mi generación nos abrió un camino al conocimiento que, de no ser por él, es posible que no hubiéramos encontrado. Porque su programa en La 2 sirvió para que cinéfilos empedernidos como nosotros disfrutaran como enanos y aprendieran como profesionales.

Un día de finales de junio, vi La Jauría humana en mi piso de Madrid. La ciudad apestaba y hacía un calor de mil demonios, ni aún con todas las ventanas abiertas podías conciliar el sueño. Yo tenía la cabeza para reventar de tanto examen y tanta mierda y todo eso contribuyó a crear la atmósfera adecuada. En La Jauría humana ves realmente ese sentimiento de Fiebre del Sábado Noche, ese rollo destructivo socialmente aceptable de pueblos alcohólicos y perturbadores, sumidos en el sexo, la violencia y la perdición. Si alguna vez se vuelven a hacer películas como esas o como las de George Roy Hill, que alguien me despierte, hasta entonces prefiero seguir en mi estupor estupefaciente.

sábado, 16 de diciembre de 2006

Real Academia de Las Ratas


Como en los últimos días todo cristo quiere ser o rata o, como muchos otros, no lo son ni se lo merecen, aunque ellos crean lo contrario, vamos a hacer na pequeña aclaración de la definición de rata.

EPara empezar, diremos que el término rata, tal y como lo conocemos, nació durante el rodaje de "Perceval" en Loarre y, como ratas primigenias y originales nos encontramos El Panchi, Edgar, Víctor, Sergio, Eus, Óscar, Álvaro y yo mismo. El resto de ratas ha ido incorporándose después y, todo hay que decirlo, muchas tienen que demostrar que lo valen.

1. Definición de RATA: Outsider, persona al margen de todo y de todos que no teme caer bajo, es más, se esfuerza en caer lo más bajo posible. No entra fácilmente dentro de un grupo de gente, se mueve como un escualo resbaladizo entre los grupúsculos de personas que revolotean a su alrededor sin confiar demasiado en ellas.

2. Definición de PUTA RATA: Rata bañada en alcohol.

3. Cómo llegar a ser RATA: uno no se hace rata, se nace. Pero esto es como una enfermedad venérea, puedes llevarlo dentro sin saberlo. En ese caso se puede llegar a ser rata por méritos propios, pero tiene que quedar constancia y realmente merecerlo. Existen las siguientes pautas, si bien no siguen un orden concreto, toda rata debe cumplirlas en mayor o menor grado.


  1. No temer al sueño. Da igual la hora a la que tengas que levantarte al día siguiente, nunca es tarde mientras dure la noche.

  2. No temer al deber. Da lo mismo si vas como una PUTA RATA (ver punto 2), hay que ser capaz de cumplir con el deber por mucho alcohol, falta de sueño, cansancio o lo que sea.

  3. No temer al alcohol. El resto de drogas ya queda sujeto al gusto y consumo de cada uno, pero lo que no se puede excluir es el alcohol. No importa que sea cerveza, vino, vodka, whisky, ron, ginebra... todo vale. Lo importante es no ver el límite nunca.

  4. Santificarás al Southern Comfort. Si Janis Joplin se pimplaba una botella para desayunar, las ratas no pueden ser menos. A base de chupitos, el Comfort es a la liturgia de las ratas como el vino para los cristianos.

  5. Las formas nunca importan. Una rata no se preocupa por quedar bien, sino por ser ruin. Un cretino sin corazón.

  6. El aspecto tampoco importa demasiado. Cuando vas hasta arriba, te da igual la pinta que lleves. Pues eso.

  7. Una retirada a tiempo siempre es mejor que una derrota devastadora. En todo, especialmente en temas sexuales, siempre es mejor tirar la piedra y esconder la mano que intentar meter la mano donde sabes que no vas a meterla.

  8. Ser miserable. O lo que es lo mismo, ser una rata rastrera.

  9. No encajar con los grupos. Nunca hacer lo posible por entrar en un determinado círculo de gente. A excepción de las ratas, claro está. Aunque a ellos es difícil considerarlos personas.

  10. Y la regla fundamental: No importa los bajo que caigas, sino lo bajo que estás dispuesto a llegar.

Este decálogo resume en pocas palabras la base fundacional, filosófica y espiritual de las ratas. El que quiera ser una rata, ya sabe lo que tiene que hacer, el que no que se joda. Aquí solo es una rata el que se atreve a perder y ya se sabe, como decimos las ratas, Aquí no pierde ni quien quiere ni quien puede, sino quien se lo merece.

O lo que es lo mismo, quien es un canalla.

A continuación un listado de las ratas oficiales, con su consiguiente definición:

El Panchi (Rata Suprema)

Edgar (Rata de Alcantarilla)

Víctor (Super Ratón)

Sergio (Rata Urbana)

Óscar (Ratón Mayor)

Eus (Rata Malvada)

Álvaro (Rata Miserable)

Aragüés (Ratón de campo)

Y una rata que, aunque no estuvo en el rodaje, lo es por derecho propio:

Alberto (Rata de cloaca)

Y así queda dicho.

jueves, 14 de diciembre de 2006

Andréi e Irina


Bajamos la cuesta imbuidos por el olor a centeno,

mientras, veloces, nuestros cabellos revolotean al aire.


Los secretos enredados bajo capas de hormigón

en el final del paseo, donde terminan los cedros.


Después, la catenaria del tranvía yace en el suelo,

colgante y muerta.


El sonido del hielo resquebrajándose,

al compás que marca la primavera.


Monotonía de lluvia tras los cristales,

iluminados con pobres estufas de gas.

lunes, 11 de diciembre de 2006

V

Hace ya 8 años que conocí a Vigalondo. Sí, Nacho Vigalondo, el mejor guionista-actor-director que parirá este país, el nominado al Oscar, el que fue capaz de dejarte boquiabierto con una Bat-bola, pero por encima de todo, el que tumbó a Orson Welles, porque ni siquiera Él fue capaz de hacer lo que Nacho hizo en "Código 7": un flashback al mismo plano. Eso sólo lo ha logrado Nacho.

Fue en Zaragoza, durante el Festival de cine. Ya el año anterior habíamos interambiado unas palabras, pero fue ese frío diciembre cuando nos conocimos realmente. Estábamos Álvaro, Dani, mi hermano y yo. Nos habíamos propuesto asaltarle y mostrarle nuestra admiración absoluta, aunque tampoco sabíamos cómo.

Le estuvimos esperando, pero no aparecía y, cuando habíamos perdido toda esperanza, dije:

- Voy afuera, a ver si es que ha salido.

Justo cuando crucé la puerta, me di de bruces con él. ¡Coño! No podía ser. Nos quedamos un momento ahí, frente a frente, yo intentando buscar las palabras necesarias y él intentando apartarme para entrar. Abrí la boca.

- ¡Tú eres Nacho Vigalondo!

- Sí, ¿por qué?

- ¡¡¡Eres mi Mentor!!!

Y caí de rodillas frente a él. Los demás aparecieron y Nacho quedó horrorizado con nuestro espectáculo. Pero la cosa salió bien, esa noche nos fuimos de juerga con Nacho.

CORTA A:

Un año después yo estaba con mi ex-novia, cuando Nacho llamó.

-¡Estoy en Zaragoza!

La dejé colgada y me fui con Nacho.

Y así todos los años. Claro está que en Madrid ampliamos nuestra relación, como aquella vez que nos lo encontramos en el Metro y empezamos a cascarnos en plan coña y los seguratas vinieron a por nosotros, porque pensaban que iba en serio. O aquella vez que nos llamó para enseñarnos un corto que habían hecho Tejería y él, el día anterior. Ni más ni menos que "Código 7", cuyo estreno en Zaragoza pusimos por todo lo alto, con unos carteles que mi hermano y yo hicimos donde ponía cosas como: "Vigalondo te ve, Vigalondo te vigila; Vigalondo vive" "Código 7 or bust", "V de Vigalondo", "Únete a los Testigos de Vigalondo"... Álvaro, Dani y yo nos vestimos de panolis y gritamos cosas como: "Si le gustó En costrucción y Desafío Total, no se pierda Código 7". Lo cual dió lugar a una sarta de locuras inimaginable que llenó nuestras cabezas durante un tiempo.

Luego vino a alguno de mis cortos e, incluso, protagonizó "Huida a toca teja". Sin él, la verdad es que es posible que "Noches Rojas" siguiera pareciendo una masa indescriptible de imágenes una detrás de otra y hay que decir que cuando ha visto "Perceval", ha sabido ponerme en mi sitio.

Por eso, a pesar de todo, de la distancia, de que muchas veces es difícil la comunicación y de que las más de las veces no se sabe cómo dar las gracias ni cómo pedir perdón, quizá por todo eso, escribo estas pocas líneas.

sábado, 9 de diciembre de 2006

La Cita

Vaya. No me lo puedo creer. Menudo lugar fuimos a escoger para una cita a ciegas. Es domingo y el centro comercial está lleno hasta la bandera. Aquí estoy yo también. Esperando. Impaciente. ¿Quién será ella? Ni una sola foto pero sí una pista, llevaría puesto un brazalete dorado con dos serpientes enroscadas entre sí. Sé que no es mucho, pero por lo menos tenía algo: unas serpientes que se engullían la una a la otra, como los combatientes de una contienda civil. Supongo que debería tratarse de algún antiguo símbolo de una civilización a punto de ser consumida por el olvido.

Habíamos concertado el encuentro en la planta superior; entre los multicines y los diversos establecimientos de hostelería y comida rápida. Intermitentemente, las puertas de las salas del cine permitían salir a borbotones las mareas humanas de diversa índole. Adolescentes y niños, jóvenes, menos jóvenes y ancianos, salían apresuradamente en un auténtico torrente de humanidad. Al observarles con detenimiento, no puedo evitar preguntarme si ella se encontraba refugiada en alguna de aquellas salas, así que me dedico a escrutar a todas las personas que pasan a mi alrededor. Miro, observo y espero, pero sigo sin encontrar nada mientras el paso de tiempo va cercenando el amplio abanico de mis esperanzas.

Llevo ya esperando más de cuarenta minutos. Me canso de estar de pié y me acomodo en una barra cercana para tomar algo oscuro. En mi cabeza comienza a cobrar protagonismo la triste idea de que ella no se va a presentar a la cita. Tal vez todo haya sido una mentira, un juego a la vez inocente y macabro de alguna aburrida ama de casa. Parece que mi corazón volverá compungido y solo de vuelta a casa... ¡Sí por lo menos pudiera llamarlo hogar! Pero no puedo. Un hogar presupone calidez y bienestar. Todo lo contrario a lo que yo poseía, un pequeño, impersonal y frío apartamento que, al igual que yo, había visto épocas mejores.

Mi atención deambula entonces a través de los pasillos y los diferentes niveles del centro comercial. Solo veo parejas disfrutando. Aquí y allá. Paseando, cogidos de la mano, amarrados fuertemente a la cintura. O haciendo paradas intermitentes culminadas por largos besos que yo no puedo esperar para mi. Tengo que distraerme. Miro el reloj... más de una hora y cuarto de retraso. Es hora de empezar a pensar en la retirada, así que le pido una segunda ración del mismo brebaje al joven camarero.

Mientras doy cuenta de la bebida pienso en lo estúpido que he podido llegar a ser, ¡ni si quiera tengo un número de teléfono al que llamar! Una idea explota en mi interior y no me deja pensar en otra cosa: ¿y si me está esperando ella en otro lugar? Me apresuro a pagar al mozo que me ha atendido y me preocupo de dejarle una sustanciosa propina.

Y vago por el centro comercial, que poco a poco va quedándose cada vez más vacío, cada vez más solo. En eso nos parecemos. Por mi vida han pasado muchas personas, pero ninguna se ha quedado. Mi cara debe estar desencajada por la decepción así que, como los vampiros, evito mi reflejo en los abundantes espejos que adornan las interminables galerías comerciales. Contemplo con curiosidad como una a una todas las tiendas echan los cierres con el consiguiente estruendo de metal. En ese momento, unos suaves y rítmicos tintineos llaman mi atención mientras mi corazón se lanza desbocado a galopar. Y veo, de reojo, un reflejo dorado a través del cristal de un escaparate.

Aun faltaban más de veinte metros para que diera la vuelta a la esquina, pero desde esa distancia podía darme cuenta de cómo su esencia antecedía a su presencia. Cuando dobló la esquina fue un regalo estimulante para mis sentidos. No sabía si ella era ella. Supongo que ella tampoco sabía si yo era yo. Y yo desconocía la razón por la que había tenido que esperar tanto tiempo. Pero ya todo daba igual puesto que la espera, la angustiosa espera, llegaba a su fin. Y nos fundimos en un cálido abrazo de desconocidos, como las películas funden a negro después del esperado beso nupcial.

miércoles, 6 de diciembre de 2006

Encrucijada Mecánica (Selección)

1
La noche no había sido buena, pero el día fue aun peor.
Las macilentas mañanas del otoño tocan definitivamente a su fin.
Siento los ríos ásperos con montañas en el horizonte.


6
La presión de la brisa sobre mi mejilla.
El eco de la guerra siempre.
La metralla, que se alimenta de los mortales.


12
El estruendo del metal deja paso.
El quicio de la puerta continúa mudo, sin embargo.
Mientras, el niño se resquebraja. En la esquina de su habitación.

domingo, 3 de diciembre de 2006

Nadando entre las cenizas de los puentes que he quemado

Ese es el título de una canción que, en los años 80, escribió Robert Altman. Sí, Altman, el mismo tipo hijo de puta y desagradable que hizo maravillas como MASH o El juego de Hollywood. El mismo tipo que volvía la cara a los que productores que emergían en los 70 cuando subían en el ascensor y luego tuvo que ser él quien aguantaran que no le miraran esos mismos tipos, poderosos diez años después, cuando bajaban en el mismo ascensor. Altman mandó a la mierda a todos los que triunfaron y él mismo terminó hecho una piltrafa. Hubo una época en la que su ayudante de dirección le buscaba a casa, lo sacaba de la cama y lo llevaba, totalmente borracho, al rodaje. Allí, Altman se dormía a cada toma y su ayudante le daba un codazo para que dijera “¡corten!”. Entonces, Robert preguntaba:

- ¿Cómo ha ido? -.

A lo que el ayudante respondía:

- Que la repitan -.

Y Robert Altman mandaba repetir.

Seguramente, le hubiera gustado repetir muchas cosas de su vida o quizá solo cambiarlas. Ahora ya es tarde, porque hace nada que está muerto. Robert Altman era un cabrón y por eso sus películas hablaban del lado oscuro de las personas. Robert Altman no era cínico, era retorcido. Robert Altman no era comprensivo ni amistoso, era arisco, prepotente y bocazas. Pero que alguien me niegue que el cabrón que hizo MASH no es un hijo de puta con talento. Que me diga cualquier admirador de un Paul Thomas Anderson cualquiera que se salta el corazón del pecho cuando llega el final de El juego de Hollywood, que estallas de locura con el último minuto de Vidas cruzadas, que no llegas al éxtasis en cada minuto de MASH.

¿Qué quiere decir todo esto? Que puedes hacer cosas buenas, pero que no por eso tienes porqué ser una buena persona.

Pero vivimos en sociedad y existen otras personas. Los que jugamos con la ficción las veinticuatro horas del día, no nos damos cuenta de que la realidad y la ficción no se parecen ni de lejos y de que es muy bonito eso de cortar escenas, pero que en el mundo real los cortes de los llevas en la cara.

Cuando la cagas, te das cuenta de cómo es la realidad y de que hay que afrontarla y, del mismo modo que puedes hacer cosas buenas, puedes hacerlas cagándola. Por lo que, para hacer algo cojonudo puedes dilapidar fortunas, perder amigos, quedarte sólo y que todo dios pase de ti. Ser una puta rata, al fin y al cabo. Cuando llegas a ese extremo sabes que sólo queda una salida: la redención.

Si buscas la redención es porque estás flotando en un fango asqueroso del que no puedes escapar. Eso se llama culpa.

Sin duda, quien mejor ha hablado de La Culpa ha sido Martin Scorsese, y ya era la hostia cuando se juntaba con el amigo Paul Schrader y hacían cosas como Toro Salvaje. Joder, eso es la polla. ¡Quitarte la culpa de encima a hostias! Robert De Niro, o Jake La Motta, sabía que era un ser despreciable una auténtica mierda pinchada en un palo. Había jodido a su hermano, a su mujer y, claro está, a sí mismo. No había otra salida que librarse de toda esa culpa y la única manera era convertirse en un mártir.

Jake La Motta es una mezcla de Scorsese, Schrader y las fechorías que el propio La Motta hizo en vida. La vida de Scorsese tampoco está nada mal, entre divorcios, drogas y fracasos se guardó un lugar de honor en la vitrina de los miserables. Después de New York, New York, estuvo a punto de palmarla. Le salvó Toro Salvaje, no porque fuera un éxito – ya que fue un fracaso estrepitoso – sino porque le enseñó la luz al final del camino: Redimirse.

El propio Scorsese dice de Teniente corrupto, la película de Abel Ferrara, que es una de las mejores películas que se han hecho sobre la redención. Hasta dónde está dispuesto a descender uno para encontrarla. Y es que no se sabe cómo de bajo puedes caer, sobre todo si estás dispuesto a hacerlo, para redimirte de tus pecados.

Puede que a muchos todo esto les parezca una tontería, pajas mentales, puta mierda. A mí también me lo parecía hace un tiempo. Ya no. Todo lo escrito es verdad, lo sé por propia experiencia.

Y es que aquí no pierde ni el que quiere ni el que puede, sino el que se lo merece.

Y ni siquiera he hablado de Friedkin...