lunes, 24 de diciembre de 2007

Rock my Xmas...

Bueno, sobran las palabras.


¡Feliz Navidad a todo el mundo! ¡Que el 2008 sea la hostia y no las hostias que ha sido este año que se va! Sé que lo he contado en alguna otra ocasión, pero para mí el mejor Christma es el que Tinieblas González nos firmó a mi amigo Álvaro Arrúe y a mi hace unos años... Nos puso: "Ojalá pete la Navidad".


Solo ha sido superado por el garabato de la entonces ministra de cultura (en qué estarían pensando) Esperanza Aguirre. Las mismas Ratas, en el transcurso del Festival de San Sebastián, cuando estrenaban la Lolita de Adrian Lyne, todos iban a por Jeremy Irons. Nosotros, no. Fuimos a por Espe. Ella se alegró tanto que no se pudo negar a dedicarnos un autógrafo en la postal free que le habíamos dado. Todo había sido premeditado unos días antes, durante esa proyección del documental del Ché Guevara... Naturalmente, cuando Espe vio que firmaba sobre la cara del Ché, nos miró como seguro que mira a Gallardón cada vez que tienen que dedicarse palabras de amor. Bueno, ya sé que no es una anécdota navideña, pero ¿qué más da?


Pasadlo bien, que no es poco!

sábado, 22 de diciembre de 2007

En las minas del rey…

Salomón es el último corto del amigo Nacho Lasierra. Ayer se estrenó. Yo estoy un poco de vuelta de esta clase de saraos, porque siempre hay tensiones y compañías que no quisieras frecuentar, sin embargo, no se le deja plantado a un compañero y, además, la cosa estuvo realmente bien.

Nacho y yo no compartimos nada en lo cinematográfico, somos diametralmente opuestos en concepción, lenguaje, estética e ideas. Ya no sólo al realizar algo, también al ver cine (¡¡no le gusta La jauría humana, virgen santísima!!), pero aunque sean distintos nuestros sentidos cinematográficos, amamos el cine. Eso se nota cuando hablas con Nacho. Aunque no coincidas, notas cuando a alguien le gusta el cine de verdad. Nacho no es uno de esos pelagatos que “les gusta el cine” para presumir – no sé de qué – ni los que se las dan de “trabajo en el cine” para presumir – no sé de qué –. Además de todo eso, le quiero como a un primo que ves de cuando en cuando o algo así, ya que su madre, Aurora, es también como de mi familia.

Y por eso, como pasa siempre con estas cosas, la parcialidad se cierne como una espada de Damocles sobre las opiniones. Ya se sabe, donde hay confianza, da asco. Por eso tenía algo de miedo antes de ver el corto, ya que el tráiler me había dejado insatisfecho y no tenía ninguna gana de decirle a Nacho que el corto no me había gustado. Sin embargo, el corto es auténticamente bueno. Por eso me alegré enormemente – sí, sé que a veces no lo demuestro como debería – cuando acabó la proyección y el corto me había emocionado. Lo mejor de Salomón, es que es una vuelta de tuerca al cine social. Ya quisieran los León de Aranoa del mundo pensar en esos términos. Lo que yo temía por el tráiler es que fuera una muestra más del cine rancio de este país de abuelos racistas insultando a negros. Estoy harto de eso, sinceramente. Pero Salomón es todo lo contrario. Se adentra en un terreno peliagudo y lo salva con creces. ¿Cómo? Pues con un guión sólido.

Empezar un corto con un premio que te da pasta para realizarlo es un buen empujón. Ese premio fue al mejor guión. Totalmente bien entregado. Nacho deja claro en Salomón que ha aprendido mucho sobre el sacrificado oficio del guionista, sobre cómo dar la vuelta a los convencionalismos y tratar un tema, que parecía más trillado que el destape, de una manera que ya querrían muchos cortometrajistas y también largometrajistas. Por otra parte, me acordé mucho de aquellos días de agosto en Albarracín, cuando me contaba lo mal que lo había pasado y cómo había tenido que renunciar a tanto. Quizá, en la realización es donde más se resienta eso, pero el guión de Nacho, construido como los raíles de una locomotora, te lleva hasta el final como un tiro. Además, Txema Blasco y Emilio Bualé se comen la pantalla. Hay mucho oficio en la dirección de actores, hay unos objetivos claros y una puesta en escena firme impuesta con tino por su director. No sé si tenía en mente El padrino para la escena de las fiestas del pueblo, pero ciertos pasajes de la boda en la película de Coppola, me vinieron a la mente irremediablemente en Salomón. Nacho ha aprendido un montón desde Rastro y, para quien haya visto Salomón, mis palabras sobran.

Además, la proyección fue en HD, lo cual fue una auténtica suerte y delicia, aunque mi única objeción vaya para la fotografía, la cual no entendí, aunque seguramente es que no era mi día (y tenga que verla de nuevo), ya que Fran Fernández siempre ha destacado por hacer cosas fabulosas. A todo esto, sumémosle que entre la gente a la que Nacho advirtió con lágrimas en los ojos, aunque no se lo crea y no me viera, estaba yo. Reteniéndolas, pues esa línea de Txema Blasco “si lo ves, dáselas”, funciona a la perfección.
Lo que más me gusta de Salomón es que triunfa donde otros acercamientos al mundo rural, xenófobo, hermético y endogámico, fracasan. Muchas otras visiones de ese tipo son absolutamente reaccionarias y la de Nacho es totalmente innovadora y esperanzadora. Espero que así lo sepan ver los jurados, tan anclados en la ranciedad.

Enhorabuena a todo el clan Lasierra porque sé que sufristeis como demonios haciendo este proyecto que, muchos de los que presumen de hacer cortos, querrían haber hecho. Es una suerte que podamos verlo.

lunes, 17 de diciembre de 2007

Mi mayor enemigo (vol. 2)

Hay un momento en que echas la vista atrás y te acuerdas cómo era todo hace años. Lo malo de recordar lo que ya ha pasado es que ves las cosas pretéritas con el edulcorante del recuerdo. Pero, a veces, ese edulcorante es más real que psicológico.

Cuando tenía 18 años tenía las cosas clarísimas. Apabullante. Tan claras que no había lugar a dudas. Sabía qué es lo que quería hacer, qué quería estudiar, cuáles eran mis objetivos, mis metas y también sabía que no iba a haber nada en el mundo que se interpusiera entre yo y ellas. Unos años después, toda esa claridad está diluida como el azúcar en un vaso de té.

Realmente el mayor enemigo que tenemos está en nuestro interior. No existe mayor lucha que la lucha con uno mismo. No voy a repetir lo que ya escribí en agosto, ni voy a volver a hablar de El Samurai (que podéis ver aquí), pero lo que yo intentaba decir por aquél entonces es perfectamente aplicable a ahora.

No es cuestión de estos días, hace ya un tiempo que le voy dando vueltas. Precisamente desde que terminé Perceval. No digo el rodaje (que parece que las películas se terminan cuando se ruedan), ni tampoco durante la postproducción. Fue después. Tampoco podría decir un día exacto. Pero me recuerdo en Cannes, solo, mirando La Croisette desde la terraza de mi estudio en la rue Lacour y pensando en cuánto habían cambiado las cosas y qué pocas ganas de volver a hacer cine tenía.

No es que deje de amar el cine. Cuando a Hitchcock le preguntaban que si no se sentía culpable por hacer películas de vouyers, él decía que su amor por el cine es tan grande que no podría sentirse moralmente mal por nada que incluyese en sus filmes. Mi amor por el cine es enorme. Desborda los límites. Nunca he sabido – ni sé – qué me gusta más si verlo o hacerlo. Pero sí que desde que terminé esa losa que ha sido Perceval, tengo claro que prefiero, al menos durante un largo tiempo, verlo. El dolor ha sido muy grande y no se trata de aprender a vivir con él, se trata de VIVIR con el dolor.

Todos los días tengo ideas para películas. Eus me pasa música y mi cabeza empieza a trabajar, me sentaría a escribir escenas para esas canciones sólo porque desatan mi imaginación. A veces camino sólo por las calles y el sonido de mis propios pasos vacíos en las calles vacías de las noches vacías me traen una idea, un flash, algo con lo que empezar. Muchas de esas cosas ni las escribo, porque sé que si las escribiera entraría en un callejón sin salida. Porque sentiría que no puedo hacerlas, que las estoy escribiendo para nada.

No quiero hacer más cortos. Lo he dicho muy claro. En Fuentes mucha gente no me entendió bien, pero es que no quiero volver a hacer cortos. No pienso hacer ni uno más. Claro que nos juntaremos Víctor y yo y haremos Hunters y todas las tonterías que haga falta, pero no voy a meterme en otro rodaje en serio. Perceval se ha llevado tanto (tantísimo) de mí que no puedo volver a sentir esa necesidad de levantar un proyecto personal contra viento y marea. No puedo. Muchos pensarán que el estreno de Noches Rojas fue para mí un placer y hasta un acto de vanidad. Nada más lejos. Desde que supe que se iba a estrenar me sentí como si me machacaran en la plaza mayor, delante de todo el mundo. El día del estreno yo estuve muy tranquilo, pero desde luego no fue ningún placer. La cena, las horas de hablar y compartir sí que lo fueron, pero nada más de ese día. Fue un orgullo inaugurar El Festival, pero desde luego no fue un placer. Sentía la necesidad de dejarla acabada, de dar carpetazo a esa “película”, de cerrar esa etapa. Pero no era el placer que te da enseñar algo que has hecho. Desde luego que no.

Y ahora, después de Perceval y de Noches Rojas no siento la necesidad de rodar nada mío. No quiero hacerlo. No puedo sentarme a escribir otro corto y pensar en pedir subvenciones, en conseguir al equipo, en machacarme, en volverme loco y que luego me acuchillen cuando todo esté acabado. No puedo ni física ni mentalmente.

Soy feliz haciendo publicidad porque me siento como una prostituta de la imagen. Me siento responsable de lo que hago, pero no me siento como si me acribillaran. Quiero hacer videoclips, porque esa simbiosis música-imágenes es lo que más me gusta, porque es más abstracto, porque al fin y al cabo estás trabajando para otros y porque es más digerible. Es posible que empiece a rodar una serie en Madrid, la ficción es lo que me repele ahora mismo, pero dentro de lo que cabe es un proyecto que no es mío, del que no me siento el pilar central y por el que la gente no tiene que ir contra mí. Tengo entre manos un documental que va a ser totalmente innovador. No me estoy tirando flores. No habéis visto nada igual. No es ni siquiera un documental, aunque claro que lo es. Si todo sale bien, lo haremos. El proyecto es mío. Llevo mucho tiempo detrás de él y me siento responsable, pero no es ficción. No es un corto. No va a trabajar la gente gratis ni va a estar lleno de amateurs. Va a ser otra cosa y eso es lo que me gusta.

No quiero volver a hacer cortos, no porque sea así de chulo y piense que he aprendido todo lo que puedo aprender. No sé con cuántos años moriré, pero hasta ese día seguiré aprendiendo, eso lo tengo claro. No quiero hacer cortos porque necesito sentirme un profesional, necesito hacer cosas de verdad, necesito esperanza, no reducirme a Zaragoza, a su ambiente cinematográfico, no puedo quedarme en los cortos y en nuevas subvenciones y en nuevas historietas. No puedo. Es entrar en un círculo vicioso del que hay que salir, porque no hay futuro en los cortos.

Por eso me cuesta tanto sentarme y reescribir Green Warriors. El 10 de enero me iré a Madrid y después del rodaje de la serie – si todo va bien, claro – me sentaré otras tantas horas en mi guarida de mi ático madrileño, oyendo a los turistas de la plaza Santa Ana, robándoles sus palabras en otras lenguas y apretando las teclas de mi portátil como balas que dispara una ametralladora. Porque aunque no tengo ganas de escribir cine, sé que es lo que quiero hacer. Porque no es algo tan inmediato como un corto, ni tan claro, ni tan a mano. Es algo más etéreo, algo para lo que tengo que buscar ayuda profesional para moverlo y porque existe gente en Madrid, en Londres y en Berlín que ya han mostrado su interés. Pero espero que tarde tiempo en concretarse, porque no tengo ni ánimo ni energía de rodar ficción. ¿Por qué? Porque me resulta a día de hoy muy difícil levantar un proyecto totalmente mío, ir todos los días a un rodaje del que yo soy el motor.

Por el contrario, me acerco todo lo que puedo a escribir – lo siento por los que odiáis que lo haga – corregir lo ya escrito, intentar hacer algo de literatura, algo más solitario, más íntimo, algo que tampoco es mi vocación final y última, como lo es el cine. Lo mismo me pasa con el teatro. Ya he hablado con algunos amigos actores, porque no me parece ninguna mala idea dirigir algo de teatro. Nada de locura. Nada de giras por pueblos o cosas así. Una única función o unas pocas un fin de semana en algún sitio muy humilde. No es mi lenguaje y no lo entiendo del todo. Pero necesito hacer estas cosas, salir del cine, porque no me siento tan responsable ni tan maleable ni tan vulnerable. No es lo mío, no son cosas a las que quiera dedicarme, no son mis objetivos, puedo tomármelos con mucha más calma. Sin sufrir, sin herirme tanto, sin quedarme hecho mierda durante un año.

Espero también poder hacer algo de música. Es muy posible que empiece esta misma semana. Son todo distracciones, cosas que necesito para olvidarme de mí mismo. Porque a veces la única manera de matar tus fantasmas es ser otro sin dejar de ser uno mismo. Mirar el mundo con nuevos ojos es algo que me han enseñado hacer en las últimas semanas, hay gente que no sólo es maravillosa e inteligente, es brillante. Por eso, ahora tengo que mirar dentro de mí mismo y expiar mis pecados, mis abismos y mis lagunas.

Una maniobra de distracción para el diablo es la única manera de despistarle.

Para luego volver con el ánimo adecuado y volver a soñar sin sentir que no deberías.

Maldiciones

A menudo pienso que daría lo que fuera por ser como mucha otra gente. No tener ambiciones, ni objetivos, ni sueños. Es demasiado doloroso dedicarte a algo que amas y en lo que expones tu alma y tus tripas delante de todos. Como decía Coppola, te sacas los intestinos, los pones encima de la mesa – a la vista de todos – y los machacas con un cuchillo de carnicero.

El cine es una mierda de mundo porque haces eso y además lo haces delante de una competencia tremenda. Mi amigo Víctor Berlin siempre dice que odia los saraos cinematográficos porque parece que siempre tienes que demostrar algo, estoy totalmente de acuerdo. Mamoneo lo llamo yo por dejarlo claro, sencillo y sin lugar a dudas.

Ojalá hubiera sido banquero o funcionario o cualquier otra cosa como un opositor cualquiera que sólo busca un sueldo fijo para siempre, una casa, una hipoteca, un coche y poco más. Nada de pensar en madrugar a las 4 de la mañana para irte con 100 locos 3 meses a las montañas y tratar de poner en celuloide tus sueños. O el tema de escribir. Sé que lo que menos acepta la gente de mí es que escriba. Llevo escribiendo desde que tendría 7 u 8 años, es algo natural para mí. Prácticamente sale solo. Es algo necesario. Le pedí a Víctor que creara este blog para poder escribir y no volverme loco. Poner en tinta y letras todas mis desgracias y alegrías es la única forma que tengo de mantenerme cuerdo. Pero ¿a dónde lleva todo esto?

Realmente admiro a la gente vacía, sin ambiciones. Gente que se mete a policía o a administrativo de basura para tener un sueldo fijo, un puesto estable y ninguna preocupación adicional. Nada de meterte en follones ni locuras. Simplemente vivir una vida insulsa en la que no se disfrute mucho, pero por añadidura, tampoco de sufra demasiado. Porque cuando creas, cuando te arriesgas, cuando luchas por cumplir tus sueños es cuando te haces daño y te quedas tirado por los suelos, como si no fueras nada. Eso es una maldición, es algo que toda la gente con sueldo fijo y trabajo seguro nunca entenderán y nunca tendrán.

Yo prefiero vivir como un miserable y no saber dónde voy a caer mañana. Quiero vivir pendiente de un hilo y no saber si voy a tener tiempo, ánimo, energía y vida para contarlo. Pero, a veces, me gustaría que no fuera así, cambiarme de arriba abajo y ser un mediocre, una pieza más en el engranaje. No tener grandes sueños, ni ganas de luchar por ellos. Y luego pienso que, si fuera así, no sería yo.

Seguiré prendiéndome fuego y pensando en llegar hasta el otro lado de la habitación. Sin preocuparme de si llego entero hasta el final, pero sabiendo que, el rato que dure, el espectáculo será único.

A veces me gustaría ser nada, ¡pero cuantísimo me aburriría!

Encajar los golpes de la vida no es ni más ni menos que VIVIR.

Aunque sea duro.

sábado, 15 de diciembre de 2007

Cementerio de sueños

Es fantástico vivir en
este cementerio de sueños, ciudad


En la ciudad nunca duerme, Violadores del Verso dicen eso. Hablan de Zaragoza, claro. Que la llamen “cementerio de sueños” creo que es la mejor definición que alguien ha podido dar a esta ciudad maravillosa. Yo amo a Zaragoza. La amo sin fronteras. Como amo a mi familia, como amo al cine. Es mi tierra y cada vez que vengo de Madrid y empiezo a llegar a la Magdalena se me encoge el corazón. Siempre que vengo. Siempre.

Por eso al Festival de Jóvenes Realizadores nunca lo llamo así, siempre digo: El Festival. Así, con mayúsculas. Porque es el festival de mi ciudad y punto. Y me siento orgulloso de él y de que luchen por seguir adelante a cada año, contra viento y marea y contra todas las hostias que les dan. Me siento orgulloso de contar los mismos años de carrera cinematográfica que El Festival. Me siento orgulloso cada vez que participo en él. Me siento orgulloso de haber estado en el backstage de todo, de haber colaborado y echado una mano cuando ha hecho falta. Y lo volveré a hacer cuando haga falta…

Este año ha sido un placer asistir lo poquito que he podido. Fue un auténtico honor inaugurar con Noches Rojas y más aún que Violadores del Verso vinieran a ver Perceval. Joder, ¿cuántos pueden decir eso? Además, la proyección fue una maravilla. Normalmente, los festivales la cagan con las proyecciones. Un asco fue la de Huesca, por quedarnos en la tierra, sin embargo la de El Festival fue increíble. Cuando una proyección es buena, sabes que todo el trabajo y el sufrimiento ha merecido la pena. Porque si la proyección es mala, el trabajo, el sudor y las ilusiones de todos los que han estado ahí, se van a la mierda. Por eso agradezco enormemente al Gallinero por organizar las proyecciones en el Palafox y que se cuidaran tanto. Ver Limocello en 35 y pantalla grande fue una maravilla y también Las horas muertas. Aunque en el que más me llegó fue El talento de las moscas. Aquellas rodillas subiendo y bajando con el espejo al fondo…

Estoy muy orgulloso de que Laura Sipán haya ganado. Su corto es posiblemente el corto más honesto que se ha hecho este año en este país. Es absolutamente revolucionario, directo y apabullante. El triunfo de Laura Sipán es el triunfo de todos los que hacemos cine. Cuando Hitchcock le dice a Truffaut que Psicosis pertenece a todos los cineastas del mundo, siento que pasa lo mismo con El talento de las moscas. Es universal, es Cine en Estado Puro. Respira honestidad, sensibilidad, trabajo e ilusión en cada fotograma. Trasciende el cine. Laura se lo merece y que lo comparta con el resto de directores es un verdadero honor.

Seguro que muchos estabais esperando que hiciera un “Fuentes 2”. Os pensáis que no me entero de lo que decís a mis espaldas, pero amigos, recordad siempre que ninguna mala acción queda impune y que esta ciudad es muy pequeña… Sin embargo, no tengo ganas de decir nada malo. No tengo ganas de rebajarme como muchos hacen. Que cada uno responda de lo que tiene que responder. Estoy contento de que le hayan premiado a Laura, de que le hayan reconocido a Elena Cid el pedazo de curro que hace delante del ordenador, de que premien también a Ciro. No entiendo porqué no se le premia a Carlos Val y no entiendo porqué se premia a Hendaya, pero que cada uno saque sus propias conclusiones y que rinda cuentas a quien tenga que hacerlo. Yo por mi parte no tengo mucho más que decir, salvo una pequeña cosa a todos mis enemigos, a todos los que me ponen a parir en los bares, a los que hablan mal de mí a mis amigos (¿en qué estáis pensando?), a todos mis detractores que convertís el que no os guste mi trabajo en insultos. A todos vosotros solo puedo deciros que el tiempo os pondrá en vuestro sitio. Yo no pienso callarme y os seguiré dando razones para que sigáis perdiendo la elegancia. A los que se den por aludidos, ELLOS SABRÁN.

Dejad de ser mediocres y de rapiñear. Dejad de miraros el ombligo y de creeros algo. Porque yo haga cortos grandes que parecen “algo”, no significa que yo me crea vete a saber qué. Todos los que me insultáis no os habéis molestado en conocerme, en saber que me sobra bastante más humildad de la que jamás tendréis vosotros. Porque os creéis cineastas y no sois más que amateurs de segunda. Pero seguid así, no reconozcáis el trabajo de los demás, no seáis compañeros. Seguid así y seguid haciendo de esta ciudad maravillosa un cementerio de sueños.

A los que se den por aludidos, a los que se retuercen ahora mismo en la silla, aplicaos el cuento: Digo lo que pienso y cargaré con la culpa, pensad lo que digo y quedaos con la disculpa.

jueves, 13 de diciembre de 2007

Una historia por entregas

La siguiente historia se presenta fragmentada en dos entregas.

Aquí, abajo, encontraréis la primera.

Por supuesto os invito a completar vuestra propia versión de la historia en Comentarios.

La segunda y última entrega, en siete días.


Entrega Primera

El primer recuerdo que conservo con claridad de aquella incursión en terreno desconocido es la sensación de la barandilla helada al contacto con mi mano desnuda. Esperaba, convenientemente abrigado, la llegada del tren de las 18.27, con el cuello de mi gabardina subido hasta la extenuación. Consulté una vez más la esfera de mi reloj: de tan maltratada que estaba me costaba distinguir la posición de las manecillas. El miedo a llegar tarde había hecho que me adelantara al encuentro más de lo necesario. Escuché al poco, de fondo, el siseo rítmico del tren, suave como la seda y, a la vez, pesado como el plomo. La noche comenzaba a extender sus dominios y la temperatura disminuía bruscamente como prolegómeno de su llegada.

Aquel siseo no tardó en crecer de intensidad; pronto, su presencia fue soberana en los andenes de la estación. Se trataba de un convoy moderno de formas redondeadas de color blanco. Me llamó la atención la elegancia de su deslizamiento constante, su inteligente iluminación. El tren detuvo su marcha y con ello casi desapareció el sisear eléctrico de sus motores. Las puertas se abrieron de manera automática y un torrente de humanidad invadió el andén, hasta entonces baldío. En aquella estación periférica parecía que podías encontrar a personas de todas las razas, colores y confesión. Así, al mismo tiempo que percibí el tufo del sudor reseco en la espalda del obrero, percibí el perfume desgastado que emanaba del cuello de jóvenes mecanógrafas. Y vi como hombres trajeados con maletín en mano, elevados profesionales de la ejecución y las finanzas, fintaban a los distraídos escolares. Me repugnaba aquel ritual de masas que acontecía día tras día. Inexorable como duro es el acero; punzante como el aguijón de la alimaña recién afilado. Todo aquel carnaval se desplazaba con la rapidez propia de aquellos caminos que han sido cien mil veces recorridos. De hecho, sus elecciones, por numerosas que fueran, no merecían tal nombre.

El andén comenzó a despejarse del gentío y el tren reanudó su marcha y su siseo nocturno. Un cartel luminoso colgado del techo anunció, con letras rojas:


PROXIMO TREN LIGERO
Destino Colonia Lee
13 MIN.


A ella la vi, por fin, tras una pareja de adolescentes que remoloneaba en el extremo izquierdo del andén. Portaba un largo abrigo negro, de un tejido que aun hoy, después de tanto tiempo, no sabría identificar. Su bonita figura, homenaje a la curva-contracurva femenina, era coronada por una larga melena negra que en su caída se enroscaba traviesa en docenas de direcciones. En mi imaginación era unos centímetros más alta… aunque tal vez me equivocaba de persona. Aquella mujer, no parecía buscar a su alrededor en busca de nadie; su mirada se clavaba en el horizonte, teñido de un azul cada vez más oscuro. Esperé, impaciente, a que pasará por mi lado, al fin y al cabo las escaleras donde me apoyaba eran el único punto de salida-entrada de la estación.

Pronto, aquella mujer dejó atrás a los adolescentes y tomó la escalera, en cuyo descansillo yo la esperaba. Cuando me vio al fin, noté el impacto de mi presencia en las facciones de su rostro. Tal vez pensara que yo no acudiría finalmente a la cita; tal vez se hubiera olvidado de ella; tal vez se hubiera arrepentido… Bajó con lentitud por el lado interior de la escalera, deslizando su mano izquierda, enfundada en cuero, por la barandilla. Esperé cualquier señal que certificara de manera definitiva su identidad. Y, mientras la escrutaba sin miramientos, temí haberme equivocado de persona. El temor se disipó en dos segundos: cuando ella pasó a mi lado, su sonrisa lateral no dejó lugar en mí para duda alguna. Noté el intenso olor de su perfume. Recuerdo sus suaves notas de fragancia de manzana como el primer día. Aunque me desconcertó que no me hubiera dirigido una sola mirada tras reconocerme, su sonrisa lateral había sido tan discreta como cristalina en sus intenciones.

Cuando ella alcanzó el piso inferior, a nivel de calle, yo, comencé a seguirla.

VB


lunes, 10 de diciembre de 2007

La chica de la maleta

Ella vivía solo con su maleta y el viento. Toda su vida cabía en su cuerpo y esa maleta. Todos sus sueños en su corazón nocturno. En la palma de sus manos dibujaba ilusiones y desbordaba alegría. Caminaba por las ciudades con sus pies ligeros, arrastrando su maleta entre el tráfico y la gente indiferente. Recorría el mundo mecida por el viento, dejándose arrastrar donde los aliseos le destinaran. Era como una hoja del otoño teñida de rojo y ocre, adormecida en los compases de las brisas vespertinas. Ella se dormía en el viento y contemplaba el mundo como si a través de una escafandra de aire la vida pasara entre sus dedos. Todo lo que ella quería estaba en esa maleta y ese viento, pero todas las cosas del mundo no eran suficientes para hacerla detenerse. Caminaba por las ciudades con su pequeña maleta y sus sueños apretujados en su corazón y el mundo giraba con ella. Era ella, la viajera incansable, migrando sobre el globo como el sol cada día. La chica de la maleta que dibujaba sus pasos sobre el asfalto mojado de las ciudades del mundo.

miércoles, 5 de diciembre de 2007

rojoscurocasihostias

Esta noche, inaugurando el Festival de Zaragoza, se estrena Noches Rojas. ¿Qué es Noches Rojas? Eso quisiera saber yo.

En teoría Noches Rojas es un largo, sin embargo no se puede decir que sea mi “primer” largo. Para empezar, está rodada en vídeo, es totalmente independiente – hasta el punto de la pobreza – e íntegramente underground. Es un largo porque dura 85 minutos, pero no es un largo “de verdad”. Se rodó con cuatro perras, sí con cuatro. Menos de 6.000 euros. A lo largo de tres fases dónde el proyecto crecía y crecía. El reparto es gigantesco, pero el equipo técnico lo formamos un puñado de gente. Y cuando digo un puñado es literal: Marta a la fotografía, Carlos a la cámara, Manolo y Álvaro a la producción, Luis en el diseño de producción, Sergio en el sonido y Emilio en los efectos. Sí que hubo algunas personas más de vez en cuando, pero esos fuimos los que estuvimos TODOS los días. En total, creo que fueron como dos meses de rodaje desde el invierno de 2004, hasta el verano de 2005.

Mi intención primigenia era hacer algo muy artístico. Tenía la estúpida idea de sintetizar el argumento de Cosecha Roja de Hammett – del que en la película queda más bien poco – con la estética de Corrupción en Miami (la serie, claro). Además, por aquella época estaba loco con Friedkin y con el primer Scorsese y con Cimino y con De Palma y también con Corazonada de Coppola, y quería proyectar el escenario o las calles a través de las ventanas y rodar sobre eso. Naturalmente, la falta de presupuesto y mi propia locura autodestructiva fueron liquidando todas las esperanzas de algo “altamente artístico”. A mí, a día de hoy, me recuerda a The big sweat y a películas de acción de serie B de sábado por la noche en Tele 5.

Eso no es más que una pequeña muestra de lo que es el cine. Kubrick decía que una película siempre es sólo un 20% de lo que habías soñado. Noches Rojas ha sido una buena lección en cuanto a saber que no puedes tener siempre todo lo que quieres.

Pero seamos justos, hay películas mucho peores – y también mucho mejores – todos los días. El mérito de Noches Rojas es que se hizo en una época en la que todo parecía posible, en la que pensábamos que por nuestra propia fuerza y motivación conseguiríamos todo. Ayer, Alberto Martínez me lo decía a la 1 de la madrugada mientras preparábamos el DVD: Se hizo por la ilusión de hacer cine. Ni más ni menos.

Con 14 años empecé en esto del cine – amateur, claro –. Lo primero que hice a lo largo del 96 fue un largo. Si, un largo ESPANTOSO. Ya es tarde era una especie de Mad Max tetrapléjico, sin sentido y bochornoso con un ligero tinte ecologista. Nos costó un año rodarlo y fue una auténtica locura y experiencia. Con los años vi que no llevaba a ninguna parte en concreto, pero que el viaje interior que había operado en mi, resultaba fundamental: Había aprendido qué hacer y qué no hacer – sólo una pequeña parte, claro –. Pero eso me ayudó a hacer cortos y a evolucionar.

Ahora, mirando hacia atrás sin darte de hostias, veo Noches Rojas con una inocencia pasmosa. Carlos fue mi conciencia durante el rodaje, dando todo de sí mismo; Manolo mi fuerza, haciendo posible todas mis locuras; Luis mis manos, poniendo lo necesario para hacer algo; Sergio mis oídos, grabando todos mis pasos; Marta era mi corazón, haciéndome sentir que lo que hacía no podía ser de otra manera. Quizá lo que más echo en falta de aquella época, fue las pocas pretensiones con que hicimos la película. Luego llegó el intento de compra en Londres y todo empezó a joderse con sueños e ilusiones, pero durante el 2005, cuando las rodábamos, no existía ningún afán por nada, simplemente hacer todas las locuras que se nos pasaban por la cabeza.

Y eso es lo mejor y lo peor de Noches Rojas. Es una película muy desigual, con momentos muy curiosos y otros bastante coñazo.

Estos días en Madrid, mezclándola, han sido duros. Sergio ha trabajado 24 horas al día para sacarla adelante. Salía de su rodaje después de 13 horas y se ponía a montar otras 6. Creo que nunca tendré palabras suficientes para agradecerle todo lo que ha hecho, sobre todo por poner TRUENOS en los disparos de Eli. Por eso es el más grande, nadie más habría pensado en hacer algo así.

Hoy, 5 de diciembre, después de casi cuatro años se estrena la película. Sin el apoyo de todos los que he nombrado y de la fe de Alberto Martínez de Amarcord Audiovisual, nada habría sido posible. Me hace mucha ilusión estrenarla en el Festival de Zaragoza, ya que este año será el último que lo visite cono concursante y porque no veo mejor sitio donde hacerlo. Sin embargo, las particularidades de esta ciudad me aterran. Me lo pensé mucho al decidir estrenarla aquí, porque sabía que después de Perceval, mucha gente tendría la excusa perfecta para lanzarse a mi yugular y TRITURARME.

Lo hagan o no lo hagan me importa bastante poco. Yo decidí estrenarla para el equipo, porque es algo que hicimos y, para bien o para mal merecen verlo por todo lo alto.

Lo de hoy es para ellos.

sábado, 1 de diciembre de 2007

Un vals en Valls

En realidad Eus y yo nos lo habíamos planteado como algo sencillo: íbamos, presentábamos la película, recogíamos – si era necesario, claro – algún premio y volvíamos. Pero los dos sabíamos en el fondo que, adentrarnos en la oscuridad de un viaje kamikaze por la autopista a un pueblo donde podíamos poner todo patas arriba, no era más que una excusa para adentrarnos en nuestra propia oscuridad y poner patas arriba nuestro espíritu, nuestro ánimo y, sobre todo, nuestra dignidad. Bueno, nuestra dignidad, no. Ya no nos quedaba nada de eso.

Buen hotel y mejor vino esperando a que abrieran las puertas del “teatro más viejo de Catalunya desde que se quemó el Liceo”. Entramos entonados en la sala. Pedimos un palco. Claro, ¿por qué no? Cobertura gratis, sabiduría total… puro periodismo Gonzo. Sentados al fondo de aquél pequeño teatro podíamos observar a las pequeñas fotógrafas haciendo de las suyas entre la gente ilustre del público. Por supuesto, nosotros no nos contábamos entre ellos, para algo éramos – somos – ratas. Declinamos amablemente estar entre la crema, para pasar a un elegante segundo plano cargado de significado y ambigüedades. Allí, en aquél palco taciturno, no éramos más que un fiel reflejo de lo que habíamos sido ese año: sabandijas.

Aquél tipo no tendría menos de cincuenta y muchísimos. Nos contó su vida en verso, cómo hacía fotografías cuando nosotros ni siquiera habíamos nacido. Ahora, allí estábamos un par de tipejos como nosotros para arramblar con su teatro en nuestra orgiástica visión de… ¿la nada?

El vino peleón nos había pegado fuerte y no podíamos evitar comentar en voz alta todos los pormenores de los cortos proyectados. Nuestra voz grave servía como contrapunto al sonido de los altavoces. Claridad y brillantez en el discurso. Sí, pero el de la pantalla. Nosotros nos ahogábamos en un mar de chistes fáciles y risas idiotas.

- ¿Os queréis callar? -.

No tardamos en obedecer. Buenos cortos, la verdad. Hacía mucho que no me sentaba a ver unos cuantos. Como me pasó en Fuentes. Yo no veo cortos, por lo general no me suelen gustar. Es otra de las razones por las cuales no me dejo caer por muchos festivales a esas sesiones maratonianas de lujuria y desenfreno. Sin embargo, tanto en Fuentes como en Valls, me ha dado la sensación de que se han hecho últimamente cortos GRANDIOSOS. Así, con mayúsculas. En Valls estaban Paseo y Diente por ojo, que no tenían nada que envidiar al buen cine de siempre. A mí el que me llegó al alma fue del western de Luiso Berdejo. Sinceramente, demoledor, increíble y apabullante. Sólo proyectaron los finalistas y, con total sinceridad, una injusticia las decisiones del jurado respecto a otros cortos – conocidos – como El talento de las moscas, que supera con creces a muchos de los ganadores de este festival.

Ah, sí, bueno, pues el jurado concede un Premio Especial, pero es tarde cuando nos enteramos de todo ello, porque ya estábamos arrasando con el catering del segundo piso. Eus y yo somos especialistas en eso. Una vez, en la gala de los Goya, cuando Marisa Paredes era presidenta de la Academia, averiguamos de dónde salían todos los canapés y allí nos situamos estratégicamente. Nuestra sutil artimaña fue descubierta por La Presidenta y nos echó una bronca de toma pan y moja. Claro, que nosotros mojamos el pan en champán que conseguimos birlar así, porque nos dio la gana.

Y allí estaba yo, aquella noche en Valls, bailando un vals teléfonico, encerrado en el baño con una botella de cava robado. ¿Terror anfetamínico? ¿Psicosis paranoide? Get a grip, man. Be calm. Enjoy losing... Allí estoy, atrapado entre azulejos, atracando la puerta para que nadie entre, sosteniéndola con una pierna, mientras con las manos intento llegar hasta la copa vacía que está sobre el lavabo. Intento llenarla de cava, pero la botella se hace añicos contra el suelo y salgo corriendo de allí. ¿Culpabilidad? No, señoría, yo no lo hice. Ellos me obligaron a hacerlo. Amenazaron con sorber mi glándula pineal y ya sabe usted lo que eso significa. Al menos algo un tercio más indecente de lo que usted podría considerar justo, incluso correcto.

De nuevo en el mundo social. Intento escabullirme, Eus lo ha logrado. Un grupo de actores se va a un bar cercano.

- Sí, por favor, necesito un lugar donde curar mis heridas, donde apartarme de todo esto y entrar en otro follón todavía más grande -.

Bueno, claro está, y allí vamos.

- ¡Póngame una tónica mezclada con vida! -.

- ¿Cómo dice? -.

- ¿Es que no me ha oído? Podría usar este abuso de confianza como una infracción total de sus deberes como camarera de este local -.

- Oye, neng. Que yo te pongo la tónica con lo que quieras, pero yo no sé qué es para ti la vida -.

Y ese fue el final. Ella aceptó un destino en los mares del sur y yo me convertí en Doctor en Brotes Psicóticos en el Baño de Caballeros. ¡Dios Santo! Jamás me habían preguntado algo así. Si para mi la vida era la ginebra, entonces ¿qué era la muerte? Lancé el agua de las manos directamente a la cara. Me miré en el espejo. Dios, aún llevaba aquél cigarrillo roto en la oreja. Durante algún momento del segundo acto en el teatro, Eus y yo habíamos considerado una buena idea fumar en un lugar prohibido. Hasta que nos habían echado, claro. Tenía que salir de allí, volver al refugio del Hotel. Unas cuantas horas antes de emprender el viaje de vuelta y RECONSIDERAR todo nuestro modo de vida. ¿Por qué hablo en plural?

Salgo del baño y aparece ella. Delgada, desgarbada, con el rimel corrido y el pelo revuelto. Más joven de lo que aparentaba, claro.

- ¿Tú haces películas? -.

Mierda. Todo menos eso, por dios.

- Soy Ana. Estoy sola en casa. Podrías venir a tomar algo -.

- ¿Cuántos años tienes? -.

- Diecisiete ¿y tú? -.

Dios santo, ya estaba viendo los titulares:

DIRECTOR DE SEGUNDA ARRESTADO POR PERVERTIR A MENORES INOCENTES COMETE MÚLTIPLES FECHORÍAS

Me escabullí como pude y llegué hasta Eus. El tío estaba encima de la barra bailando un extraño ritmo caribeño tribal.

- ¡Tengo que irme, esto se está desmadrando! ¡Un minuto más aquí y empiezo a desguazar coches con mis propias manos! -.

Y me tiró las llaves del hotel. Las cogí al vuelo. En cuanto llegué me sumí en el estupor de la ginebra barata y los hoteles caros. Un rato después podía oír las risas de Eus, entrando por la puerta. Sabía lo que esa significaba, no había donde esconderse. La fiesta debía continuar. No hay refugio para los culpables. Fue entonces cuando me vino a la cabeza la frase que aquella actriz me había dicho unas horas antes: La culpabilidad es la forma más fácil de decir “lo siento”. Sí, bueno, fuera verdad o no, no existe refugio para los pecadores.


No es la primera vez que visitamos un festival. Podéis ver las aventuras en Cannes 2007 aquí (es la dirección del mes de mayo, hay varios artículos).

En Cannes 2005 aquí.

Y en Clermont Ferrad 2007 aquí.