lunes, 23 de abril de 2007

Parásitos Universitarios (Vol. 3)

Pajas, mentiras y cintas de vídeo

Muchas horas de clase las pasábamos en la videoteca. Era el mejor lugar en el que podías estar si eras todavía una persona cuerda. Veíamos una y otra vez películas como La chaqueta metálica, Sed de mal, Barry Lyndon, Hair, Junior Bonner, Los sobornados o Halloween. Un amplio repertorio.

La videoteca era un antro. El reducto de los desheredados, los vagos y los vampíricos noctámbulos. Todos aquellos que en esos días no podíamos hacer frente a la realidad, la aplastábamos con la ficción que devorábamos entre esas cuatro paredes. Había devoción por Kubrick en esa videoteca. Fueras cuando fueras, siempre había alguien dispuesto a pasar su tiempo junto a El Maestro. A veces coincidían varias películas Suyas a la vez, en distintas cabinas, eso era ya algo superior.

En realidad, la mayoría de las veces, Dani y yo íbamos allí para ver lo que había después de las películas. Dejaban grabando las cintas de VHS hasta que se acababan y resultaba la mar de estimulante visionar lo que venía después. Por ejemplo, después de Sed de mal había una obra maestra de los cincuenta, que llevaba por título: The Braineaters, toda una pieza magistral de la ciencia-ficción. A veces, encontrabas episodios de Doctor en Alaska o, por ejemplo, programas de Lo que necesitas es amor.

Imagínate que entrabas en la videoteca y como todo buen hijo de vecino, te ponías cotillear lo que la gente estaba viendo, y encontrabas a un par de pirados despollándose a carcajada suelta con Jesús Puente. Todo dios viendo cosas como Fanny y Alexander, Fresas salvajes, el Séptimo Sello, La pasión de Juana de Arco y mierdas por el estilo y nosotros partiéndonos el pecho, el alma y el cráneo con telebasura de los 90.

Al principio, íbamos a la videoteca – en primero – porque era la única manera de aguantar toda la tarde con la cabeza ocupada, sin aparecer por el Colegio Mayor y sin volverte loco en el intento. Quedarte solo con tus propios fantasmas podía ser insano y mortal. Después, ya fue por deformación profesional. Conocíamos a gente que madrugaba todas las mañanas para que sus padres pensaran que iban a clase y se pasaban las horas viendo películas de Fellini.

Así eran todos esos tipos. Y también nosotros, claro. Veinteañeros idiotas y sin tener clara una mierda, pasando de todo, viviendo a costa de los padres, en chalets lujosos, adosados y pisos 100 metros cuadrados. Con coches, motos, tele y cadena en la habitación. Ropa nueva siempre que hacía falta, zapatillas Nike y gafas Ray Ban, cigarrillos Lucky o Fortuna a escondidas, en el portal de casa o en la ventana, asomado al patio. Cintas de VHS en las que ponía títulos como Desaparecido en Combate o Comando Fuerza Delta y que, en realidad, encerraban el secreto pajero de todo buen adolescente cachondo: películas porno, la escuela sexual del siglo XX. Con estúpidas horas de llegada, a veces, y otras sin ellas, con chupas de cuero para cuando fuimos heavies y polos de Lacoste, cuando descubrimos que a las chicas les gustaban más los chicos sanos. Pero sobre todo, con el plato lleno todos los días. Lo que hiciera falta, nunca faltaba de nada. Así éramos todos nosotros. Así era todo en esa Facultad, todos iguales en esa universidad y en todas las universidades de España y en las del mundo. Un atajo de palurdos estúpidos con mucha suerte y dinero para gastar.

domingo, 15 de abril de 2007

Diálogo

—Pareces cansado.

—Lo parezco por que lo estoy. Y mucho.

— ¿Cómo te encuentras?

—Es difícil de explicar. Hoy pienso que no es fácil afirmar: “Soy el que soy”.

—Te entiendo...

—Cada instante me percibo de un modo diferente. Como...

—¡Como mil caras de un mismo rompecabezas!

—Exacto, algo así.

—¿Y qué vas a hacer para solucionarlo?

—¿Qué hiciste tú?

—No lo recuerdo. Ya no recuerdo nada.

—Escuchando lo que ahora me dices, sé que es cierto: no podemos vivir y a la vez acumular experiencia.

—No, no podemos. Todo son espejismos, quimeras, ilusión.

—Pero, ¿y nosotros? ¿Y los demás?

—Sólo reflejos dorados cerca de la línea del horizonte.

—¿Es digna esta vida? ¿Acaso se puede vivir así?

—No te preocupes, todos lo han hecho. Desde el principio de los tiempos.