domingo, 11 de marzo de 2007

La Cita


Vaya. No me lo puedo creer. Menudo lugar fuimos a escoger para una cita a ciegas. Es domingo y el centro comercial está lleno hasta la bandera. Aquí estoy yo también. Esperando. Impaciente. ¿Quién será ella? Ni una sola foto pero sí una pista, llevaría puesto un brazalete dorado con dos serpientes enroscadas entre sí. Sé que no es mucho, pero por lo menos tenía algo: unas serpientes que se engullían la una a la otra, como los combatientes de una contienda civil. Supongo que debería tratarse de algún antiguo símbolo de una civilización a punto de ser consumida por el olvido.

Habíamos concertado el encuentro en la planta superior; entre los multicines y los diversos establecimientos de hostelería y comida rápida. Intermitentemente, las puertas de las salas del cine permitían salir a borbotones las mareas humanas de diversa índole. Adolescentes y niños, jóvenes, menos jóvenes y ancianos, salían apresuradamente en un auténtico torrente de humanidad. Al observarles con detenimiento, no puedo evitar preguntarme si ella se encontraba refugiada en alguna de aquellas salas, así que me dedico a escrutar a todas las personas que pasan a mi alrededor. Miro, observo y espero, pero sigo sin encontrar nada mientras el paso de tiempo va cercenando el amplio abanico de mis esperanzas.

Llevo ya esperando más de cuarenta minutos. Me canso de estar de pié y me acomodo en una barra cercana para tomar algo oscuro. En mi cabeza comienza a cobrar protagonismo la triste idea de que ella no se va a presentar a la cita. Tal vez todo haya sido una mentira, un juego a la vez inocente y macabro de alguna aburrida ama de casa. Parece que mi corazón volverá compungido y solo de vuelta a casa... ¡Sí por lo menos pudiera llamarlo hogar! Pero no puedo. Un hogar presupone calidez y bienestar. Todo lo contrario a lo que yo poseía, un pequeño, impersonal y frío apartamento que, al igual que yo, había visto épocas mejores.

Mi atención deambula entonces a través de los pasillos y los diferentes niveles del centro comercial. Solo veo parejas disfrutando. Aquí y allá. Paseando, cogidos de la mano, amarrados fuertemente a la cintura. O haciendo paradas intermitentes culminadas por largos besos que yo no puedo esperar para mi. Tengo que distraerme. Miro el reloj... más de una hora y cuarto de retraso. Es hora de empezar a pensar en la retirada, así que le pido una segunda ración del mismo brebaje al joven camarero.

Mientras doy cuenta de la bebida pienso en lo estúpido que he podido llegar a ser, ¡ni si quiera tengo un número de teléfono al que llamar! Una idea explota en mi interior y no me deja pensar en otra cosa: ¿y si me está esperando ella en otro lugar? Me apresuro a pagar al mozo que me ha atendido y me preocupo de dejarle una sustanciosa propina.

Y vago por el centro comercial, que poco a poco va quedándose cada vez más vacío, cada vez más solo. En eso nos parecemos. Por mi vida han pasado muchas personas, pero ninguna se ha quedado. Mi cara debe estar desencajada por la decepción así que, como los vampiros, evito mi reflejo en los abundantes espejos que adornan las interminables galerías comerciales. Contemplo con curiosidad como una a una todas las tiendas echan los cierres con el consiguiente estruendo de metal. En ese momento, unos suaves y rítmicos tintineos llaman mi atención mientras mi corazón se lanza desbocado a galopar. Y veo, de reojo, un reflejo dorado a través del cristal de un escaparate.

Aun faltaban más de veinte metros para que diera la vuelta a la esquina, pero desde esa distancia podía darme cuenta de cómo su esencia antecedía a su presencia. Cuando dobló la esquina fue un regalo estimulante para mis sentidos. No sabía si ella era ella. Supongo que ella tampoco sabía si yo era yo. Y yo desconocía la razón por la que había tenido que esperar tanto tiempo. Pero ya todo daba igual puesto que la espera, la angustiosa espera, llegaba a su fin. Y nos fundimos en un cálido abrazo de desconocidos, como las películas funden a negro después del esperado beso nupcial.


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