En algún recóndito lugar del corazón, a menos de cien kilómetros de Viena, está Ratislava, nuestra patria. De allí venimos y de allí partiremos cuando estemos preparados para ello. Por que, como ya se ha dicho por estos parajes, aquí no pierde el que quiere si no el que puede.
Ser Rata no es ser tacaño, ni mucho menos. Entendedme, lo que aparece en los diccionarios son otras acepciones (falsas) del término.
Ser Rata es ser un miserable, un tipo cuyo modo de vida solo se puede describir con exactitud si bajas a las alcantarillas y buscas en las esquinas lúgubres del alma donde nadie quiere vivir pero donde tú te sientes más cómodo que Dios.
Es como vivir al margen, por que ser Rata siempre trae consigo los círculos concéntricos de la marginalidad. Es aceptar como eres más allá de toda convención y obligación.
Ser Rata te permite conjugar la vida con más libertad, librarte (un poco) de tanta alienación. A cambio, se quema tu alma en la hoguera y pierdes, en sus fuegos fatuos, todo el prestigio y honor que puedas haber llegado a acumular. Sacrificas en el altar tu yo público en función de tu yo interior. Sin embargo, seremos ejército. No lo olvidéis.
A veces, puedes tener la sensación de que te gustaría estar en la piel de otro para dejar atrás la miseria vital y moral que implica tu situación. Pero la elección se tomó por sí sola hace tiempo. “Los hombres, se sienten orgullosos de ser hombres; Yo, soy Rata por que elegí primero”, dicen.
De hecho, sabemos que los hombres, aunque utilicen colonias y desodorantes caros son arenas movedizas; siempre hacia abajo. Dicen que hay quién se pone gafas de sol para tener más carisma y sintomático misterio. Bah!
Si después de leer esto todavía os quedan ganas de visitarnos os esperamos, con docenas de abrazos preparados, cerca, ya sabéis, en Ratislava, a menos de cien kilómetros de Viena, en algún recóndito lugar del corazón.
