miércoles, 29 de noviembre de 2006

Vivir (y morir) en Ratislava

En algún recóndito lugar del corazón, a menos de cien kilómetros de Viena, está Ratislava, nuestra patria. De allí venimos y de allí partiremos cuando estemos preparados para ello. Por que, como ya se ha dicho por estos parajes, aquí no pierde el que quiere si no el que puede.

Ser Rata no es ser tacaño, ni mucho menos. Entendedme, lo que aparece en los diccionarios son otras acepciones (falsas) del término.

Ser Rata es ser un miserable, un tipo cuyo modo de vida solo se puede describir con exactitud si bajas a las alcantarillas y buscas en las esquinas lúgubres del alma donde nadie quiere vivir pero donde tú te sientes más cómodo que Dios.

Es como vivir al margen, por que ser Rata siempre trae consigo los círculos concéntricos de la marginalidad. Es aceptar como eres más allá de toda convención y obligación.

Ser Rata te permite conjugar la vida con más libertad, librarte (un poco) de tanta alienación. A cambio, se quema tu alma en la hoguera y pierdes, en sus fuegos fatuos, todo el prestigio y honor que puedas haber llegado a acumular. Sacrificas en el altar tu yo público en función de tu yo interior. Sin embargo, seremos ejército. No lo olvidéis.

A veces, puedes tener la sensación de que te gustaría estar en la piel de otro para dejar atrás la miseria vital y moral que implica tu situación. Pero la elección se tomó por sí sola hace tiempo. “Los hombres, se sienten orgullosos de ser hombres; Yo, soy Rata por que elegí primero”, dicen.

De hecho, sabemos que los hombres, aunque utilicen colonias y desodorantes caros son arenas movedizas; siempre hacia abajo. Dicen que hay quién se pone gafas de sol para tener más carisma y sintomático misterio. Bah!

Si después de leer esto todavía os quedan ganas de visitarnos os esperamos, con docenas de abrazos preparados, cerca, ya sabéis, en Ratislava, a menos de cien kilómetros de Viena, en algún recóndito lugar del corazón.

El hombre busca a la mujer

"La célula sexual masculina es activamente móvil; busca a la femenina, y ésta, el óvulo, es inmóvil, pasivamente expectante."

Éstas son las palabras que menciona Sigmund Freud en su artículo sobre la feminidad. Qué sabio resumen sobre la conducta sexual del ser humano. Todos nuestros actos reducidos a la mínima parte, a una simple célula que tiene que luchar para penetrar en otra célula rodeado de miles de células a su alrededor. Sólo una es capaz de sumergirse en el interior de la célula femenina, sólo uno es capaz de "enamorarla".

Imaginemos ahora que nos encontramos en una discoteca con lo que todo ello conlleva: cientos de personas de ambos sexos, alcohol en vena, y música que incita nuestros deseos más animales e irracionales. Todo ello mezclado de miradas entremezcladas, fantasías, locura, risas....
Cada hombre es una célula pero a su vez hay muchas células femeninas, no sólo una, sin embargo, sólo una célula masculina (hombre) puede penetrar en una célula femenina(mujer).
Las posibilidades se multiplican para los hombres. No sólo uno puede ser el afortunado de penetrar la célula, sino que pueden ser varios. Las mujeres en cambio recibirán el ataque de cientos de hombres a lo largo de la noche. Por ello, la mujer necesita de la competición. Hay muchos hombres pero solo uno puede penetrar la célula, el mismo que podría haber penetrado otra célula femenina en un momento anterior. La competición crea envidia.

Una célula femenina busca una célula masculina. Como hay muchas posibilidades y recibe cientos de ataques se fija en las demás células femeninas viendo como reciben posiblemente más ataques, la competitividad empieza. La envidia hace que las células masculinas se marchen en busca de otra célula femenina menos envidiosa. Al encontrarse con la nueva célula descubre que realmente la célula femenina no quiere ser penetrada pero mantiene a la célula masculina a su alrededor para atraer a otra célula masculina más adecuada. Al tener más células alrededor otras células femeninas sienten envidia y empieza más fuerte la competitividad.

Resultado, dos células femeninas se van al servicio de las células femeninas y empiezan a comentar cuántas células masculinas tienen a su alrededor, pero en realidad las dos células femeninas saben que ninguna de esas células masculinas son de su agrado, no desean ser penetradas. Sin embargo, la competitividad las obliga a no comentar el juego real.

Mientras tanto en el servicio de las células masculinas. Tres comentan que tienen a una célula a puntito de ser penetradas, más tarde descubren que se trata de la misma célula femenina. Sólo la célula más fuerte conseguirá penetrarla. En el momento que sea penetrada, las demás células femeninas que habían escogido esa misma célula masculina escogerán a la primera célula que tengan más cercana y simplemente se dejarán penetrar para no ser menos en la competición celular.

Al final de la noche muchas células muertas.

lunes, 27 de noviembre de 2006

Encaja esto

Hace un par de noches tuve la oportunidad de presenciar una situación de esas que no se olvidan con facilidad. Los protagonistas fueron un amigo muy cercano y una mujer que todavía no rondaba la treintena. Estábamos en una de esas discotecas que tienen la música con volumen altísimo, al filo de las seis de la mañana. Mi amigo y la chica practicaban intermitentemente el lanzamiento de mirada, uno de los deportes que goza de mayor popularidad en el mundo de la noche.

Mientras yo golpeaba con mis codos en la barra con objeto de pedir la enésima copa, mi amigo se acercó a la chica y entablaron una conversación que después me fue relatada con todo detalle. Se susurraban al oído para poder entenderse. Después de un preámbulo sin valor alguno, la mujer no tardó en desplegar la artillería pesada.

—Me gustaría dormir esta noche contigo.

—A mi, también —se apresuró a contestar mi sorprendido amigo.

—Además… ¡Creo que lo pasaríamos bien­! —por supuesto, la sorpresa fue en aumento.

—Estoy convencido de ello.

En ese momento se iluminó la parrilla de luces del techo. Nos teníamos que marchar, como bien nos indicó un yugoslavo que en su vida anterior debería haber sido carnicero, charcutero o comercial en algún negocio del ramo. Recogí mis cosas y también las de mi amigo, que andaba tras la chica, despreocupado de su abrigo.

Cuando fui hacia la salida ya me sacaba más de tres cuerpos de distancia, lanzado como iba tras ella. Me hice a la idea de tener que volverme solo a casa, en metro, soportando la conversación ininteligible de algún bala perdida.

Cuando alcancé la calle era de día. La claridad del Sol iluminaba la acera, todavía mojada por algún despistado conato de lluvia. Los oídos, me pitaban. La cabeza, me zumbaba.

Mi amigo estaba cerca, hablando con la misma chica y rodeado por la amigas de ésta. Me acerqué al grupo y pegué la oreja, con intención de meter cuchara. Las novedades que se sucedieron a partir de ese mismo instante no tardaron en desconcertarme.

—¿Qué nos impide?—preguntó con ansiedad mi amigo. La chica balbuceó algunas palabras. Su voz, fuera de la sala, se entrecortaba. Una de sus amigas, una morena de pelo liso, guapa pero con cara de pocos amigos, se apresuró a responder por ella.

—¡Es sordomuda! —antes de que terminara de decir esta frase, mi amigo, en un acto reflejo sin precedentes por su parte ya había lanzado su polémica réplica.

—¡A mi eso me da igual!

Aquella afirmación, aunque positiva, no gustó a ninguna de las amigas de la chica. Todo se precipitó ante nuestras miradas de pardillos. Primero, las miradas de desaprobación que taladraban a mi amigo como si de un violador-asesino se tratara. Después, cogieron a su amiga entre las tres, casi en volandas y antes de que ninguno de nosotros pudiéramos reaccionar su siniestro plan ya había sido fraguado: se la llevaban rápidamente, parking abajo, lejos de los brazos de mi amigo.

—Sordomuda y secuestrada — repetía una y otra vez mi pobre colega, en trance.

Mientras el metro nos llevaba a la cama intentamos darle un poco de coherencia a toda la maldita historia. Fue inútil.

Por eso, supongo, que hay cosas que son más difíciles de encajar que otras.

Superdetective en Almadieros

Va el Edgar y dice:

- Si El Pancho hoy no sale, habrá que joderle.

Entonces va y saca un condón. Va con su partenaire así que ya ha perdido un clavel.

- Almadieros, 10.

Eso le dice Álvaro al taxista y allí acabamos. El Panchimóvil, en la puerta. Qué suerte tiene siempre el cabrón, cuando nos movemos de marcha, de bar en bar, siempre dice eso de "¿y aparcar? En la puerta". Siempre medio en broma, medio en serio, pero siempre atina el cabrón. Nunca le falta el sitio en la puerta, como si le estuvieran esperando.

Edgar me da el condón y me tiro al suelo. Lo estiro y lo calzo en el tubo de escape. Con los dedos lo estiro a lo largo del cilindro de metal y me doy cuenta de lo parecido que es a una polla. ¿Qué escalofrío me recorrió de arriba abajo! Solo la visión de mí poniendo un condón en otro rabo que no fuera el mío me destrozó, claro que toda la Ambar que habíamos trasegado contribuía a la paranoia.

- Esto es control y lo demás tonterías.

Así lo dije y así lo grabó Edgar para la posteridad. Ni mencionar dos veces la marca del condón.

No teníamos lápiz así que la partenaire de Edgar me alcanzó su lápiz de labios. Mi intención no era travestirme, sino informarle a El Panchi de que ya tiene 14 nombres. Se lo escribí en un trozo de papel y se lo puse en el limpiaparabrisas, como si fuera una multa. Después, por si se olvidaba de él, se lo escribimos en el buzón de su casa.

Los catorce nombres son: Panchi, Panici, Rata, Saxon, Duende, Gran Poderío, Dartagnan, Pochi, Farmacias, Papatxi, Panini, La Novia, Rata Suprema, Pachuli.

Cada uno es como una muesca en la pistola, una herida de guerra que no se olvida fácilmente.

Vivir para contarlo

"Esto es un volver a empezar,
sacar un revólver con canciones
en forma de balas de la nada y hacerlo sonar".

Así empieza el nuevo disco de los Violadores del Verso, no sé porqué pero me siento muy identificado con él. Quizá sea por sus letras, están llenas de frases como: "que le jodan al espejo, me sobra con la imagen que tengo de mí", "hasta las ratas tienen más corazón", "mi estilo es como el tacto de un dedo contento, pregúntale a las chicas del convento", "voy a beberme hasta las copas de los árboles, voy a tomar de todo menos decisiones", "un nuevo verso brota bajo el sol y es la culminación de mi crisis..."

Todos esos pedazos de verdad me parecen más reales que los charcos que pisas en las calles.

Quizá sea porque después de poner el mundo patas arriba y estar perdido un mes en las montañas, lejos de la civilización y la realidad hace que vuelvas convertido en una piltrafa. Nunca olvidemos que, ante todo, el fracaso. Es la esencia del Gonzo, del hunterismo y de todo que, con distintos nombres, en realidad son lo mismo.

En realidad todo esto del cine es apostar y no tener miedo de perder. De hecho, lo de perder tiene su encanto, sobre todo cuanto el resultado es tan bueno que nadie puede saberlo. Menos mal que todo está quedando de puta madre, sino ya sería suficiente para plantearse el suicidio. Para eso se hacen saltar las cuentas corrientes, los ánimos de la gente y todo lo demás.

Y que nadie se engañe, aún está todo por hacer.

La verdad es que le pedí a Víctor que empezáramos con esto para escribir y, ahora que estoy frente a la página en blanco, no es que no se me ocurra nada, es que no tengo ni putas ganas de hacerlo. En fin, hay días mejores que otros y el tiempo lo cura todo. Mientras tanto, con Bombay y Borsao puedes apartar los cuchillos de los enemigos. Lo demás es tontería.

En la próxima entrada me luciré, lo prometo. O no.

Esto sí es periodismo Gonzo.