jueves, 28 de junio de 2007

La persona más honesta

A pesar de que publico esto yo, sé que es lo que pensamos Alberto, Víctor y un servidor de una de las mejores personas que existen.

Creo que El Castaña es una de las mejores personas que conozco. No sólo por su carisma nato, no sólo porque esté como una cabra, sino porque es honesto hasta donde no puedas imaginar. Otros, se rajarían en situaciones dónde él le echa un par de huevos sin dudarlo, es más, tomándolo como un proceso totalmente natural. Sin mácula, el tío.

No recuerdo el día que lo conocí, pero recuerdo que las primeras veces me dejaba acojonado. Veía a aquél tío que con Alberto y Víctor la montaba en cada bar de Malasaña. Cuando venían a Zaragoza, el Zorro entraba en la locura suma. Alberto y yo rapeando y El Castaña marcándose un striptease con las camareras. Y es que lo bueno de El Castaña es que, a pesar de lo poco que lo conozco, es como si fuéramos ya de la familia. Porque sí, coño, porque es un tío de puta madre. La persona más honesta.

Un día nos quedamos él y yo solos en el Manolo y nos largamos a Huertas. Acabamos a almorzando en Embajadores, en ese bar de abuelos tan mítico, pepitos de lomo con pimientos como dios manda. Antes nos habíamos metido toda la ginebra que nos cupo y nos habíamos hecho pasar por alemanes o italianos (ya no me acuerdo). No hay nada como una noche de juerga con El Castaña, para darte cuenta de que aún eres joven, que te queda mucho por vivir, que las penas se van fácilmente y que la cosa merece la pena, por los amigos.

En el concierto de Saxon, lo mismo; en el estreno de Perceval, otro tanto; cada vez que ha venido a Zaragoza, el acabose. ¿Y por qué? Porque sí, coño, porque es un tío de puta madre. La persona más honesta. La última vez íbamos tan borrachos, que yo dormí en su cama y él se quedó sin. ¿Y dijo algo? ¿Se quejó? ¿Me sacó del catre como habría hecho cualquier otro? No. NO. Porque El Castaña es el tío más majo que te puedas echar a la cara, joder.

Ha sido mi invitado y lo será siempre que quiera. No sólo por la juerga, no sólo porque cualquier noche con él es como juntar fuego y gasolina, no sólo porque sea de un tío de puta madre. ¡Es que es la persona más honesta!

A pesar de todo lo que venga, siempre habrá un sitio en mi mesa, en mi casa y dónde haga falta para El Castaña. Porque sí, porque es la persona más honesta que hay. Y punto.

martes, 26 de junio de 2007

PROBLEMAS DE COÑO / PROBLEMAS DE POLLA


PROBLEMAS DE COÑO / PROBLEMAS DE POLLA

Una continuación de la serie de historias independientes que hace unos meses inició Pablo Aragüés en este blog.


I

El abrelatas se rompió. La mitad de él quedó unida a la lata de maíz. La otra mitad, la que se llevó la peor parte, cayó bajo el frigorífico situado en el otro extremo de la cocina. Josué resopló para sus adentros con poco entusiasmo. Se quedó contemplando la lata de maíz. Josué pensó que la lata se reía de él. La tiró al fregadero y acudió al salón.

La televisión iluminaba intermitentemente el gotéele de las paredes. El programa emitido radiaba aspectos ininteligibles de la vida del corazón. Josué apagó la tele y fue a vestirse. Necesitaba un nuevo abrelatas. Si era eléctrico mejor que mejor. Al fin y al cabo, Josué no era minusválido, simplemente era zurdo. Cogió la lata de maíz y apagó las luces antes de salir de su casa.

II


Comenzó con sus vecinos de descansillo: una pareja de ancianos que pasaban más tiempo en el campo que en la ciudad. Primero, llamó al timbre en repetidas ocasiones. Después, aporreó la puerta con la base del puño hasta que sus nervios machacados le dijeron basta. No obtuvo respuesta.

Subió al piso inmediatamente superior y repitió la operación. De nuevo, nada. Consultó el reloj: las 23:04... concluyó que todavía no era muy tarde. Si España es el país en el que se cena a medianoche la gente debería estar ahora preparando el aperitivo.

III


Josué subió al tercer piso y llamó a la puerta de la izquierda. Unos ruidos de dentro de la casa, le dieron esperanza: alguien se acercaba, se arrastraba, hasta la puerta. Una voz femenina, arrinconada por el alcohol, el tabaco y otros excesos hizo su aparición en escena tras la puerta.


—¿Q-q-quién es? ¿Quién COJONES es?

—Soy el vecino del primero... ejem.... ehh, venía para...

—¡Al diablo con los vecinos! ¡POLLAS FLÁCCIDAS... eso es lo que todos sois!


Y acto seguido, el sonido de múltiples cerraduras abriéndose. Detrás de la puerta un vaso se rompió. Josué puedo adivinar sin verlo como miles de fragmentos de cristal se esparcían en todas direcciones. Después de unos segundos de silencio a los que siguieron una serie de guturales gruñidos, la puerta se entreabrió unos centímetros. Por ella asomó una mano poco menos que huesuda, de largos dedos culminados por afiladas uñas.

Josué se asustó y, con cuidado, abrió el resto de la puerta. Una mujer entrada en edad, estaba tirada en suelo entre los cristales. Vestía un camisón corto, negro. Josué la cogió en brazos, con cuidado para no cortarla con los cristales del malogrado vaso. Como la distribución del inmueble era igual que la suya no tuvo problema para conducirla hasta el salón. La televisión estaba puesta. Emitían una película, un extraño remake de Doctor Zhivago protagonizado por Peter Coyote. Parecía que habían reconstruido la Rusia Soviética en una granja del sur de los Estados Unidos. Josué apagó el televisor.

La mujer dormía la mona placidamente. No tenía apenas cortes, pero si muchos cristales pegados en la piel, esperando el momento de penetrar su apretada carne. Josué, con la precisión de un cirujano coreano, extrajo cuidadosamente cada uno de ellos. Después acudió a la cocina en busca de un cepillo con el que arreglar el desaguisado del recibidor. Limpió primero el alcohol que se había derramado. Logró identificarlo: ginebra. Después, recogió los cristales y los dejó en un montón, en una de las esquinas ciegas del recibidor.

Josué volvió al salón, par echar un último vistazo a su vecina con objeto de comprobar que todo se desarrollaba con normalidad. Para su sorpresa, cuando entró al salón, la mujer ya había vuelto en sí. Sujetaba sus sienes con ambas manos, masajeándoselas, con los ojos cerrados. El camisón subido por encima de la pantorrilla dejaba una interesante ración de pierna al descubierto. Aquellas piernas no debían de sobrepasar la cuarentena. Ella en seguida se percató de su presencia.

—¿Quién coño eres? ¿Qué coño haces aquí? ¿Has venido a FOLLARME?


Josué hubiera preferido que le metieran un puñetazo en el estómago antes que escuchar aquellas palabras. Con las manos ocultas tras su jeans, tocó su anillo. Tardó en elaborar una respuesta y aun tardó más en dejar de tartamudear. Él era un simple funcionario: católico, apostólico y casi romano. Un hombre casado con dos pequeños retoños. Su familia se encontraba de vacaciones. Mientras ellos disfrutaban del salitre de la playa, él se encontraba en casa de una vecina alcohólica. Bonita estampa para un asfixiante diez de agosto.


—Y-y-o, perdone... venía a por un abrelatas... y...

—Y te han entrado ganas de FOLLARME, ¿no? ¿Es eso, verdad hijoputa?


Josué seguía inmóvil en el quicio de la puerta. Con su mano izquierda acarició la lata de maíz con la que todo había comenzado. No respondió.


—Anda, siéntate, aquí monada. Pero antes sirve unas copas de aquel armario. Tú ponte lo que quieras, para mi un doble gin solo. Sin complejos, amigo.


Josué hizo lo que la mujer le pedía. Sirvió una ración generosa de gin para ella. Para él, que no estaba acostumbrado al alcohol, sería suficiente con un poco güisqui con soda. Cuando fue al sofá, evito sentarse cerca de la mujer. Ella continuó escupiendo palabras.


—¿Eres de por aquí?

—Sí... bueno, vivo en el primero.

—¿Y tienes jodido el abrelatas? ¿Por eso me quieres?

—Sí, quería cenar algo antes de acostarme, y...

—¿Prefieres acostarte antes de cenar? ¿Por eso has venido... a mi?

—Mire... de verás: solo necesitaba un abrelatas. Ahora da igual. Cuando entré, usted estaba desmayada en el recibidor, y...

—¿USTED? ¿Me llamas de USTED? ¡JODIDOCABRÓNDEMIERDA!


La mujer se incorporó de golpe. La mitad de su copa se derramó sobre la alfombra. Miró fijamente a Josué.


—¿Me vas a seguir llamando de usted... después de ÉSTO?


Agarró su camisón a la altura del cuello, con las dos manos. Lo rajó y dos pechos de prominente volumen quedaron liberados. Las aureolas de sus pezones eran proporcionalmente más grandes que el resto de sus tetas. Aquello, unido a que todavía se mantenían ajenas, en parte, a los efectos de la gravedad, dotaba al conjunto de una sensualidad que rozaba la locura. Josué se quedó petrificado. Ella estalló en carcajadas que resonaron en los tímpanos del hombre como un mazo. Estaba humillado. Se encontraba de nuevo en su estado natural. Observó como de nuevo la lata de maíz se reía de él. Como si las dos, la lata y la vecina, estuvieran compinchadas en algún maquiavélico plan en su contra.

La mujer se guardó con desparpajo las tetas dentro del camisón y se sentó al lado de Josué. Le puso la mano en un pierna, mientras con la otra alzaba su copa y echaba un trago.

—¿Sabes? Tengo calor... estoy totalmente borracha y eso me pone mediocachonda, amigo... ¿Cómo te llamas?

—Me llamaron Josué.

—¿A qué te dedicas, conejito de la suerte?

—Soy burócrata. Un burócrata de nivel tres.


La mano subió por el muslo, acercándose al paquete de Josué.


—¿Tienes pasta? ¿Es eso, amor? ¿Tienes pasta y quieres invertirla en algo... divertido?


La mano de la mujer se cerró sobre su paquete. Josué sobresaltado intentó ponerse pie. Un rápido manotazo de ella bastó para se quedara tan quieto como un león amaestrado. El alcohol roció su impecable polo azul.

—Yo me llamo Carolina. Llámame Carola o como te venga en gana, cariño.


Se levantó y se colocó el camisón. Josué advirtió, de reojo, el bulto, peludo y palpitante, que habitaba bajo sus bragas. Un reloj en algún punto de la casa marcó las doce campanadas mientras Carola preparaba un par de nuevas copas. Josué continuó inmóvil, sin varias su posición en el sofá ni un milímetro. Se encontraba mareado por los efectos del alcohol.


—Toma, monada. Tómate esto. Seguro que relaja.


Josué tomó la copa y le pegó un buen trago que la vació hasta la mitad.


—¿Quieres FOLLARME, Josué? ¿Quieres hacerlo aquí, en la alfombra, AHORA?


Josué permaneció mudo. Recordó su luna de miel, hace tres lustros en Córcega. Su mujer, joven por aquel entonces, cabalgaba por primera vez sobre su piel. Recordó como le sorprendieron sus gritos y sus jadeos; y cómo se sintió avergonzado por ello. Recordó cuando la tapó la boca poco antes de que terminaran.


­—... yo seré tu abrelatas. Y TÚ, tú... ¡Serás mi PROFETA!


De nuevo, Carola estalló en carcajadas. Y de nuevo Josué se sintió humillado, nadando entre estiércol. Carola se lanzó a por su cinturón y menos de un segundo ya lo había desabrochado. Josué no intentó pararla. No movió un solo músculo. Se contentó con contemplar la porción de culo que el camisón dejaba adivinar bajo sus disimuladas transparencias. En ese mismo instante, pero en el otro extremo de la casa, una puerta se abrió. Carola desabrochó el botón del pantalón mientras unos pasos se aproximaban por el pasillo. Cuando Carola logró extraer la polla erecta de Josué, un hombre se asomó en al umbral del salón. Josué no podía creer que aquel carnaval del horror sobreviviera pocos metros por encima de su casa. El hombre, de constitución fuerte pero sebosa, tenía vomitó seco en la parte superior de su camiseta interior. De cintura para abajo estaba desnudo, tal cual le habían traído al mundo.


—¡PERO ESTO QUE COÑO ES!


El rostro del hombre del umbral se incendió en cólera mientras Josué intentaba sin convicción apartarse de la mujer. La copa de Josué cayó de su mano y rodó unos metros por la alfombra antes de verter su contenido. Carola, por su parte, introdujo completamente la polla de Josué en su enorme boca hasta encajarla lejos, al final de su garganta.

miércoles, 20 de junio de 2007

Problemas de coño (vol. 3)

Soy una puta. No cobro, pero lo soy. ¿Qué por qué? Porque soy una jodida zorra, por eso. Adoro pasar el tiempo jodiendo a los tíos. Hacerles creer lo que ellos quieran creer y luego pisotearles como a la colilla de un cigarrillo barato.

Mi cuerpo es su potro de tortura. Mi padres bien podrían haberme llamado Inquisición, pero me llamaron Irene porque significa paz. ¿Ironía? No lo creo.

Engaño a los tíos. De verdad, los tengo amaestrados. Descubrí este poder cuando tenía quince años. Fue aquél verano. El aire era tan caliente que podías freír huevos con sólo hacerlos saltar por los aires. Mis tetas ya apuntaban al cielo y los ojos de los críos a mis tetas. Fue en esa piscina, con un minúsculo bikini, con mi piel morena mojada y mi pelo como el de una niña, cuando lo logré por primera vez. Le puse a aquel chaval su mano en mi pecho y le dije que lo dejaría tocar sin tela de por medio si se lanzaba a la piscina dando una voltereta. Yo sabía que no lo lograría. El chaval salió corriendo con el rabo empalmado, se lo veía a través del bañador mojado, con los ojos perdidos en algún paraíso artificial que su mente dibujaba. El bordillo era muy resbaladizo, por eso sabía que no lo lograría. Resbaló y su cabeza se incrustó en el cemento. Una brecha la partió y sangre y sesos salieron de su pelo castaño.

Esa sólo fue la primera vez.

Pasaron los años y cada vez comprendí más mi poder. Cuanto más mayores eran, más estupideces hacían. Más fáciles eran de engatusar. Y cuanto más sufrían, más disfrutaba yo. Por eso alquilé esa casa. Por eso compré cadenas, esposas, alambres de espino, tijeras, cuchillos, sierras, electrodos para subir un poco la factura de luz... Un pequeño arsenal para pasarlo bien.

No me los follaba, no estoy muy interesada en el sexo. Me basta con la sensación de saber que puedo hacerles hacer lo que yo quiera. Eso es mejor que cualquier orgasmo del mundo. Soy una yonki del dolor. No hay mejor droga que saber que eres Dios.

Sin embargo, a ellos los convencía de que iban a echar el mejor polvo de su vida. Podía ser en un bar, en un cine o en la puta calle. Daba igual. Caían como moscas. Bastaba con un par de miradas inocentes, un par de copas, una falda demasiado corta y mi pequeña lengüetita acariciando mis dientes. Eran cosas así las que les hacían perder la razón. Ponerles las tetas en la cara ya les volvía locos. Eso aceleraba el proceso. Una zorra pelirroja que les dice al borde del orgasmo (fingido): “Vamos a mi casa”, ya les destroza el organismo. Pagaban y le soltaban varios billetes al taxista para que llegara a toda hostia a mi piso. Mi cámara de tortura. Mi santuario.

Al principio les decía que me iba el rollo duro. Algunos no estaban convencidos, pero todos los tíos tienen esa mierda edípica de sentirse dominados. Todos caen. Dejarse atar era el primer paso. Cuando no se daban cuenta ya estaban sangrando por los ojos, con la polla amputada y los huevos chamuscados. No los mataba rápido. Los hacia sufrir. A veces los mantenía varios días colgando de ese gancho y me iba y volvía al cabo de las horas para seguir machacándoles. He llegado a tener a tres tíos a la vez. Uno colgado del techo, otro encadenado al radiador y otro atado a la cama. Ninguno estaba de una pieza, así sabía seguro que no se escaparían. En cuanto a los gritos, no me preocupaban. Insonoricé la casa al alquilarla. Nadie podía molestarme. Pero cómo podía haber imaginado que a aquél cabrón lo seguía un detective privado. Su mujer sabía que tenía líos y había pagado al tipejo para que le siguiera. Me hizo fotos con él sin que yo lo supiera y nos siguió hasta la puerta de mi apartamento.

Cuando, a la semana no apareció, esa zorra de mierda lo denunció a la policía. Entraron en mi piso y encontraron todo. Cadena perpetua. “Da gracias a que no existe la pena de muerte en este país”, me dijeron.

La jodí. Me jodió aquella tía. Por su puta culpa iba a parar a la puta cárcel. A una cárcel de mujeres sin hombres que torturar.

Sin embargo, no todo van a ser finales amargos. Ya he convencido a este poli para que me quite las esposas. Le he logrado convencer de que me hacían daño. El que está al volante ya está de cháchara, intentando impresionarme y su compañero no hace más que competir con él. He rozado “inocentemente” la entrepierna del que tengo a mi lado y se ha empalmado. Acabo de soltarme otro botón de la blusa y al moverme en el asiento, he hecho que la falda se me subiera hasta que se me vieran las bragas. El tío no puede más. Es diciembre y está sudando como un cerdo. Le sonrío y sé que podré convencerle de cualquier cosa.

Son tres tíos. Hay 40 kilómetros hasta la cárcel. Tengo tiempo.

lunes, 18 de junio de 2007

Problemas de polla (vol. 3)

Esto es una secuela de Doctor Inferno, historia original de Víctor Berlin publicada en este blog el 19 de marzo de 2007.


Doctor Inferno II

Había empezado a preocuparme, ahora en serio. Hasta el momento no le había dado mucha importancia, pero la cosa ya era seria. No me funcionaba. No es que no se pusiera dura, ¡es que no se bajaba! Me pegaba el día empalmado y no había manera de solucionarlo. Probé con cubitos de hielo, duchas frías e incluso programas de cocina de la tele. Lo intenté todo, pero no hubo manera. Me pasaba el día con el rabo tieso.

Todas las noches me quedaba despierto pensando el porqué de todo esto. No llegué a averiguarlo, pero sólo había una explicación posible: la cosa se había atrofiado. Hacía más de un año que no echaba un polvo. Hubo una época de sexo continuo que fue la hostia. Cuando lo tienes al lado, no te tienes que preocupar por buscarlo. Cuando ya no lo tienes, te esfuerzas por encontrarlo. Eso te agudiza el ingenio. Espabilas. Cuanto más hablas con ellas, más fácil resulta. Es un juego fácil de jugar y conoces los métodos, los pasos y las palabras. Pero nada es para siempre y la cosa se acaba. Entonces es cuando empiezas a perder el ritmo. Cuanto menos follas, más difícil te parece lograrlo. Lo ves más lejano cada vez, incluso ridículo. Te ves a ti mismo hablando, diciendo las palabras y te odias, te ves como un violador, un gilipollas, un desgraciado… y mandas todo a tomar por culo. Llega un momento, en que ya ni te lo planteas.

Fue entonces, aquella mañana, cuando pasó. Me levanté empalmado como cualquier día, sólo que tras la ducha la cosa no bajaba. Ni tras vestirme, ni tras desayunar, ni en la puta calle con el puto frío de enero. Incluso cogí nieve del suelo y me la metí en los huevos, pero la cosa no bajaba.

Al principio hasta me reí, pero dejé de hacerlo cuando me destrozaban las ganas de mear. Lo intenté, pero fue imposible. Abrí todos los grifos del baño de la oficina, me silbé a mi mismo y tiré ochenta veces de la cadena, pero nada. Me estaba carcomiendo por dentro, lo notaba. Dos días después, la cosa seguía bien tiesa y yo sin poder mear. Debía tener la vejiga como un globo aerostático. Me notaba hinchado, como si hubiera comido sin parar durante una semana.

Para calmar el dolor, empecé a beber. Pero la cerveza lo único que hacía era empeorar el asunto. Me hinchaba y no lograba sacar nada. Me sentía como si fuera a reventar. Peor eso me pasé a las pastillas. Le di a los tranquilizantes, que me calmaron el asunto urinario, pero ya llevaba dos semanas empalmado y la polla me dolía como si me la pusieran en un potro de tortura. Fue entonces cuando lo vi claro: Tenía que follar.

Quizá esa fuera la respuesta, quizá era lo que me hacía falta. Así se liberarían mis demonios. Quedé con unas y con otras, pero no lo logré. No podía pensar claramente. Toda mi sangre allá abajo y no podía concentrarme. Las palabras no acudían como antes, solo podía pensar en solucionar mi problema y todas huyeron.

Si no lo conseguía por las buenas, sería por las malas. Pagué a aquella puta y follamos. Pero no me corrí. No conseguí acabar. Por más que yo me esforzara, por más que ella pusiera de su parte nunca llegaba al clímax. Hasta ella se hartó de mi.

Había engordado más de treinta kilos en tres semanas. Todo líquido del que no podía deshacerme. Lo intenté vomitando, pero no conseguí gran cosa. Todo eso no estaba en el estómago. Tenía que haber otra manera de deshacerse de todo ello. Ya no podía pensar con claridad, ya no sabía qué coño hacer. No tenía mucha pasta, pero decidí que si pagar a un médico iba a ser la solución, a por ello.

Cogí la guía, pero se me cayó al suelo. La hijaputa se quedó abierta por la página 1127. Allí, con grandes letras rojas estaba:

DOCTOR INFERNO:
La Terapia Más Barata de Toda la Ciudad
¡Primera consulta gratuita!

Arranqué la página y salí volando hacia allí. Cuando llegué se puso a llover a mares en ese barrio de mierda. Por si fuera poco el humo saliendo de las alcantarillas y la basura apestando en las esquinas, ahora llovía como si el mundo se fuera a acabar. Encontrar la dirección. Era un callejón angosto, oscuro y maloliente. El salitre se acumulaba en las paredes como costras en una herida. Allí, al fondo, estaba el cartel. Neones rojos y amarillos, dibujando llamas de colores. El Doctor Inferno.

Corrí hasta la puerta y entré sin llamar. Estaba oscuro y la puerta se cerró automáticamente detrás de mi. Cerrojos y candados que en mi puta vida sería capaz de abrir. Una luz se encendió y el tipo apareció.

La polla se me bajó en cuanto le vi con ese cuchillo de carnicero.

Una buena hostia es lo que me hacía falta.

jueves, 14 de junio de 2007

Apología del hedonismo


Creo que no hay mejor sensación que esos instantes antes de pegarte una buena juerga. Adoro esos momentos de tu vida en que puedes dedicarte en cuerpo y alma al ocio. Es como en las películas de Hitchcock en las que los personajes no parecen necesitar trabajar para vivir.

Cuando te levantas después de varios días de juerga, con esa resaca leve que te da una serenidad absoluta y tu única preocupación es llegar a la hora que has quedado. Todo lo haces como si no tuviera que ver contigo: ducharte, comer, vestirte. No tienes que hacer nada más. Hasta te das el gustazo de escuchar algo de música que normalmente no escuchas, mientras te tocas las narices, esperando para salir de casa.

A mi me gustaban mucho esos días de juntarme con El Panchi y simplemente, empezar. Cuando era en algún bar como el Salas, el Anselmo o, incluso, el TNT, mejor que mejor. Lo que me gusta de esos días es que no tienes ninguna idea preconcebida, no sales con ninguna intención. No te vas a dejar caer por ningún garito para conocer a ese tío que te puede dar curro, ni vas a entrarle a una tía, ni vas a hacerle caso si te entra a ti. Porque estás ahí para salir por salir, para exprimir la noche y recordar las hazañas que hicisteis. Sin nadie más. Solamente unos pocos colegas, porque no hace falta más. Es simplemente ir de bar de bar, montarla muy gorda en cada sitio. Entregarte a beber, comer y acabar como una PUTA RATA. Por eso acabas a las 7 de la mañana en el Panchimóvil, con todo el solazo del verano y los Thunder a todo trapo. Así salen cosas como Rata de agua y sus secuelas y precuelas. O como la de Jaca. O como las Judas en el último plano del día. Esos días fueron maravillosos. Hace un año, la verdad es que todo era mejor que mejor. El Panchi, Edgar y yo, en la Z robando el famoso cono y yendo al Vaticano a hacer todos esos vídeos que todos conocemos.

Otros momentos que me encantan, son esos fines de semana que Víctor, Alberto y, más recientemente, el Castaña, se dejan caer por Zaragoza. Son un viernes, sábado y domingo fantasmales. Creo que uno de los más locos fue el del estreno de Perceval. Donde surgió lo de: “Perceval, Perceval… Perceval te quiero”. El sábado lo pasamos desde las 17h hasta las 8 del día siguiente. Yendo de terraza en terraza, de bar en bar, cantando la cancioncita. Incluso en la cena la montamos. En ese restaurante aún nos recuerdan. Estuvimos, incluso, por pagar a una acordeonista de Heroísmo para que nos pusiera un fondo musical.

Durante todo el fin de semana, no hay ningún objetivo más, nada establecido, ningún tiempo que cumplir y nada más que pensar en los minutos siguientes.

Eso no tiene precio.

martes, 12 de junio de 2007

¿Por qué odio los cortos? (vol. 3)


Y luego están los Pelotos. ¿Qué es un Peloto? Pues un mierdas, un tipo que se cree mucho más de lo que es y se empeña en decirlo. El término nació una noche de agosto. Víctor y yo llevábamos demasiados días saliendo por ahí. Era un lunes y estábamos en la Z, así que imaginad. Entonces, viene aquél tipo y no sé cómo empieza a hablar de cine clásico, pero no lo hacía con naturalidad. Lo suyo era mecánico, como un robot. Fue cuando nos dimos cuenta de que lo que pasaba es que soltaba la lección. Era algo así: “Casablanca. Obra maestra. Un firme alegato a favor de la libertad. Excelente puesta en escena”. “Atraco Perfecto. Obra culmen del maestro Kubrick. Innovadora estructura. Cine negro en estado puro.” “Centauros del desierto. Paradigma del western. Obra mayor de Ford. Grandísima utilización del color y el plano general.”

¡El hijo puta se había aprendido eso de una enciclopedia! Ni siquiera había visto las películas, porque cuando empezamos a preguntarle detalles, ¡no tenía ni puta idea! El tío se agarró un cabreo con nosotros de mil pares y lo echaron del bar cuando perdió los nervios. Como sus amigos los llamaban Peloto, así se quedó.

Round 2: En el Zorro. Ese tipo que hace cortos tan interesantes. Viene, se presenta – con más alcohol encima del que debería – y la conversación fue tal que así:

PELOTO: Ví tu corto.

PABLO: Ah.

PELOTO: No sé, me pareció demasiado comercial.

PABLO: Bueno, eso es precisamente lo que intento.

PELOTO: Ya, pero me parece una puta mierda.

Ya estamos. ¿Qué necesidad hay de pasar a las malas palabras? Si tan apenas nos conocemos, coño. Me lo quité de encima como pude, pero el tío se empeñó en seguir:

PELOTO: Yo sé de Kubrick más que nadie.

PABLO: Claro, claro.

PELOTO: He visto todas sus películas.

PABLO: Hombre, claro que sí.

PELOTO: Que sí, hostias. Las he visto todas. Lo sé todo de Kubrick.

Para mí, que me hablen de Kubrick es como para un católico que le hablen de Jesucristo. Y si el tipo se empeña en decir sandeces de él, más vale que las sandeces tengan gracia, porque sino ya es cuestión de fe y de suerte el que no se lleve una hostia.

PABLO: Fear and desire no la has visto.

PELOTO: ¿Cuál?

Lo que yo ya sabía. Eso le sacó de sus casillas y se puso a chillar y gesticular.

PELOTO: Hizo una película de guerra que es la mejor película de guerra que se ha hecho.

PABLO: Pero ¿la has visto?

PELOTO: Claro, El sendero de la victoria.

Mira, lo dejamos. Me di la vuelta e intenté pasar de todo eso, porque desde luego no estaba dispuesto a aguantar estupideces. Sin embargo el tipo quería jarana. Empezó a clavar su dedo índice en mi hombro. Le dije que parara, respondió:

PELOTO: No-me-da-la-gana.

Y siguió con el dedo. Se iba a llevar una buena hostia, pero mis amigos le salvaron cuando me engancharon. Claro, que él tuvo que irse del bar.

¿Por qué cuento todo esto? Solo por dar cuenta de una parte de la fauna que hay en los cortos. Gente que sabe mucho y que no hace falta que le digan nada. Gente que critica sin dar soluciones, porque cuando tú dices que algo no es bueno, tienes que demostrar que puedes decir eso porque tú lo sabes hacer mejor, porque encuentras una solución mejor a eso. Sino das unas alternativa, ¿qué coño estás haciendo, colega?

Pero a la gente le gusta criticar. ¿Por qué? Porque cuanto más bajo quedes tú, más alto quedarán ellos. Eso es así en este país y sobre todo en esta tierra. Lo peor no es cuando se meten con lo que haces, lo peor es cuando se pasa al insulto.

TIPEJO CUALQUIERA: ¿Ése?, ése es un gilipollas.

Cojonudo. Como los niños pequeños cuando lloran. No puedes hacer nada ante un crío que llora. Esto es lo mismo. Recurren al insulto porque no tienen ninguna otra arma para ir contra ti. Los Pelotos del mundo hacen que todo esto sea una mierda, que nada merezca la pena y que acabes hasta los huevos de todo.

Bukowski dice que la gente odia a los campeones porque les hace sentirse inferiores, que quieren verlos derrotados, a la altura de la mierda, para que ellos se sientan menos pordioseros. Así es el mundo del corto. Haz algo bien y te pondrán a parir toda tu vida. Haz algo que se salga de la norma y eres persona non grata.

En mi pueblo eso se llama envidia.

¿Por qué odio los cortos? (vol. 2)


Y no es sólo la disyuntiva verlos/hacerlos, es que todo en general alrededor de los cortos me da repelús. Hace unos años, se pusieron de moda los cortos que se metían con los cortos “oportunistas”. ¿Qué es un corto oportunista? Pues esos cortos donde sale un niño muerto, una pareja joven de ladrones a punta de pistola, una madre que llora desconsolada, unos inmigrantes oprimidos, unos niños drogadictos, una mujer maltratada y un/a niño/a soñador/a.

Esos cortos son los que ganan los festivales y por eso salieron todos aquellos cortos que los ponían a parir, pero en el más sentido niezstcheniano, los valores se transmutan y esos cortos pasan a ganar festivales. ¿Casualidad? No lo creo. Y, siguiendo al amigo Niezstche, todo vuelve a ser como era. Y el eterno retorno se nos presenta cuando esos cortos ya son muy trasnochados y volvemos a la esencia: cine social.

Yo odio el cine social. Víctor y yo siempre lo hablamos. Lo nuestro es el cine asocial. No sólo porque no tenga nada de defensa de particularidades de sectores oprimidos, sino asocial en su sentido más misántropo. Pero hay veces que me pongo en la situación de la gente que hace este tipo de cortos y pienso: “¿Qué coño pensarán para parir una idea así?”. Es decir, ¿se sientan y piensan: quiero ganar el próximo festival de Las Pedrosas de Monforte, cómo lo hago? ¿Será algo así? Les llamo cortos “oportunistas”, porque no me creo que alguien que no colabora con ONG’s, ni se va de ayuda humanitaria a África, ni de misiones a la India esté todo el día preocupado por los inmigrantes, ni por los parados, ni por las mujeres maltratadas.

Muchos dirán que esa es su manera de actuar dentro del sistema. Sí, claro, claro y Ana Belén y Víctor Manuel son comunistas. Me creo el cine de Costa Gavras, porque es sincero, no tiene ni un ápice de oportunismo. Además, el amigo Kostantinos a estado buscándole las cosquillas a Estados Unidos, a Grecia, a la Iglesia y a medio mundo durante toda su vida. Con sus películas para empezar, pero también con su militancia, con sus opiniones, con sus dos cojones. No me vale alguien que hace un cortillo de inmigrantes desahuciados y lo más cerca que ha estado de ayudar a África, fue dando limosnas en Tánger cuando estuvo fumando porros con sus amigos, o tampoco si piensa que por ir de turismo a hoteles de cinco estrellas en Nueva Delhi ha ayudado a la India.

Por eso no me los creo. Por eso no los trago. Y por eso me dan por el culo. A mi me gusta ir con la verdad por delante y eso, en el mundo de lo cortos, no es pedir peras al olmo, es pedir melones.

viernes, 8 de junio de 2007

¿Por qué odio los cortos? (vol. 1)


Mira, no sé que es peor si hacerlos o verlos. Lo malo de los cortos es que son algo indefinido, un sinsentido que los que los hacemos nos ocupamos de que siga así, como una carretera cortada.

Por una parte, está el hacerlos. Kubrick decía que cuando ves tu película acabada, siempre es un 20% de lo que tenías en tu cabeza antes de empezarla. Y si Kubrick (amigos, ojo que estamos hablando de DIOS) decía eso de a SUS largometrajes, para los cortos podemos decir que siempre son un 2% de lo que imaginabas.

Para hacer un corto tienes que engañar. Engañar, robar, chantajear… es la única manera, y, aún así, siempre te tienes que gastar pasta y, aún así, siempre tienes que estar pidiendo favores y, aún así, nunca quedas totalmente satisfecho con el resultado. Para empezar porque los cortos son un mundo estúpido y endogámico, un estado semiprofesional que nadie sabe cómo definir. Necesitas gente y tiendes a buscar a los mejores, pero como estás con un pie en el amateurismo y otro en la profesionalidad, toda esa gente buena acaba fichada para una peli, una serie, una tele… y siempre a dos semanas de empezar el rodaje. Con lo cual, tienes que reestructurar todo, cambiar todo y perder cantidad de tiempo y energías en buscar otras personas, ponerlas al corriente de todos esos meses de preproducción y rezar para que todo salga bien.

Y luego está el rodaje. El rodaje de un corto es igual que el de un largo, pero no se cobra. De verdad, no hay mucha diferencia en cuanto al aspecto, la forma y todo eso. Pero hay una GRAN DIFERENCIA sustancial: la pasta hace de eso una relación laboral seria y entonces se establece la presión de la exigencia. Es decir, que si no cumples, te echan. En un corto no pasa eso y el que se dedique a echar gente que no cobra es un cabrón.

En la postpro… bueno, normalmente hay que morir al palo y pagar una buena, pero también hay excepciones, con lo cual todo lo que se suponía que debía quedar bien, NO QUEDA BIEN. Se tarda el doble de tiempo (o el triple) y acabas borracho y/o histérico.

En la promo… bueno, pues estrenas o vas a un festival y un proyeccionista hijo de puta te desenfoca la película, te ecualiza mal el sonido y/o te corta los créditos. Con lo cual el trabajo de todo dios se va A TOMAR POR CULO.

Claro, que en ese proceso conoces a gente maravillosa y que tienes las mismas ganas que tú de hacer las cosas bien. Eso es lo bueno Y NECESARIO.

Pero luego está el verlos. Cuando ves tu corto, normalmente lo aborreces. No se ve como debería, no suena como debería y nada es como debería. Pero tienes que terminar acostumbrándote, tienes que conformarte y el conformismo es el arma más peligrosa. Yo odio el conformismo, no puedo con él.

Eso con los tuyos, pero con los de los demás… bueno, igual que los otros no entienden nada de tu corto, tú no entiendes nada de los suyos.

Y entonces, ¿por qué hacemos cortos? Pues porque no se puede hacer otra cosa. Hay gente que le gusta el género corto y hace cortos porque es “lo más” para ellos. No me incluyo allí y supongo que el 80% de los realizadores tampoco. La mayor parte de los que hacemos cortos somos unos bastardos, unos lobos disfrazados de corderos que lo único que esperamos es nuestra oportunidad para hacer una película de verdad.

Y es que, en el fondo, quien hace cualquier cosa de estas es porque es un culo inquieto y no puede quedarse sentadito en casa tocándose las narices. Y es que hace falta ser muy valiente para reunir a unos cuantos, volverte loco rodando una historia y luego enseñarla y aguantar las críticas, las pullas y las envidias. El cine es un arte/negocio de golpes bajos y los cortos de patadas en los huevos.

Y en algún momento, vuelves la vista atrás y ves lo que has hecho y a veces hasta te sorprendes a ti mismo. ¿De verdad hice yo eso? ¿En serio que tuve los cojones suficientes…? Para bien o para mal ahí está. Para bien, porque eso que has aprendido y en lo que has equivocado, bueno pues no pasa nada. Los cortos son efímeros, no son como las películas que quedan para siempre. La vida de un corto es de un par de años y luego si te he visto no me acuerdo. Más que para la gente de los cortos. Siempre la endogamia, claro… Para mal, precisamente porque es un género que siempre subsistirá en la delgada línea de la semiprofesionalidad.

Y entonces, ¿por qué hacemos cortos? En Historias de Nueva York, en el corte de Scorsese, Nick Nolte interpreta a un pintor de éxito de Nueva York, Lionel Reilly. En una fiesta, hay la siguiente conversación:

TIPEJO: Sr . Reilly, ¿se considera usted un artista por derecho propio?

LIONEL: El arte no es cuestión de talento. Es cuestión de no poder dedicarse a otra cosa.

Básicamente, lo que dice Nick Nolte es que cuando sabes que puedes hacer una cosa, no puedes renunciar a hacerla. Como los científicos que construyen bombas atómicas superiores a las ya existentes. No es cuestión de lo bueno o malo que seas, es cuestión de que no puedas hacer otra cosa, ¡porque no sabes hacer otra cosa! Estamos condenados a hacer lo único que tenemos en la cabeza, queramos o no.

Ojala pudiera hacer otra cosa, de verdad.

martes, 5 de junio de 2007

El Rural Way of Life


En una de las facetas más extrañas de mi vida, me dedico a la producción y organización de eventos. Todo comenzó lejos, en China, con un stand de aceite de Oliva, que llevamos de Pekín (Beijing, le llaman ellos) a ZengZhou, en la provincia interior de Henan. La distancia que separa estas dos modernas metrópolis gigantescas es la misma que separa Madrid y Barcelona aproximadamente. Como las carreteras en China todavía forman parte del pasado, el desplazamiento entre ciudades, por razones de seguridad, se hace en avión: en aviones rusos (es más cool decir soviéticos, claro) con alas de hojalata que no hacen otra cosa que reavivar el instinto de supervivencia.

De Beijing y sus rascacielos, de sus enorme salas de baile con música cubana y los banquetes en la Ópera China, hablaré en otro momento, cuando vaya a Nueva York y pueda contrastar. Pero algo tengo claro ya: la medida humana, que propusieron Da Vinci, primero y, Le Corbusier y su modulador después, hace tiempo que forman parte de la museística y los tarros con formol.

ZengZhou, salvando las distancias, cumple la misma función que Alcázar de San Juan: se trata de un fenomenal nudo ferroviario que vertebra las comunicaciones del país. La diferencia, como siempre en China, estriba en el número de habitantes: el pueblecito tiene más de seis millones de habitantes; la provincia de Henan en total, más de 110 millones. La ciudad de ZengZhou, pronto será una de las más desarrolladas del mundo, cuenta con su propio lago artificial (el más grande del mundo, como todo allí) sobre el que construyen una Venecia tecnológica que haría las delicias de Gibson y su panda de ciberpunks.

En estos escenarios permanentemente cubiertos de smog, lejanos, al otro lado del mundo, como indicaría Peter Weir, comenzó mi carrera como feriante. En años posteriores he seguido unido (no me pregunten por qué, ya que ni yo mismo lo sé) a la producción de eventos, aunque el negocio ha perdido todo su glamour y exotismo inicial. Hoy, por segundo año consecutivo, he terminado con la Feria del Automóvil de Illescas (Toledo). Ha sido todo un éxito que abre las puertas a una tercera edición monumental. Pero no es de esto de lo que quiero hablar. Me gustaría detenerme en lo que, después de dos años de minuciosa observación, he decidido llamar Rural Way of Life.

El Rural Way of Life, como su propio nombre indica, se refiere al modo de vida que impera en las zonas rurales de las naciones desarrolladas. Surge en contraposición al American Way of Life y al estilo de vida urbano que apareció como consecuencia. Sin embargo, aunque en esencia, el Rural Way of Life, se opone al modo de vida de los urbanitas, los efectos de la homogeneización (antes llamada alienación) del pensamiento y los modos de vestir, nos indica que aparentemente nos encontramos ante las mismas manifestaciones sociales. Es obvio afirmar que esta apreciación es un error garrafal.

La vida del organizador de eventos es extraña. El trabajo se desarrolla en las jornadas previas al evento. De tal modo que se trabaja duro antes, pero cuando se celebra el evento, el papel del organizador queda relegado a hacer frente a las posibles contingencias, a evitar que se produzcan desastres. De esta forma, si el trabajo previo de ha desarrollado correctamente, se dispone de infinito tiempo para observar las conductas humanas y cartografiar sus comportamientos. Tiempo para intercambiar impresiones con expresidiarios, a las cinco de la tarde, bajo la sombra de una piscina de Gin Tonic. Tiempo para hablar con calvos y padres de familia tan variados como los colores que existen bajo el sol. Intervalos de tiempo muerto que permiten intercambiar opiniones sobre la actualidad sexual y política. Tiempos muertos... ¿acaso el tiempo, como nosotrs, puede morir?

El tema al que suelo dedicar más tiempo de observación es el amor. Sin duda la deformación profesional a la que me ha llevado mi admiración por el cine, tiene un peso importante en este sesgo observacional. No en vano, John Cassavettes, afirmó en cierta ocasión que solo hay dos tipos de películas: las que hablan de amor y las que tratan del desamor. Y luego está François Truffaut, un autor que ha dejado una huella indeleble en la historia del cine. Películas como Besos Robados, El amor en fuga, El amor a los veinte años, El hombre que amaba a las mujeres, Domicilio Conyugal, El amante del amor... constituyen un fresco inmortal de este sentimiento universal.

Me siento al rebufo de una maltrecha sombrilla para observar las parejas que observan a su vez los vehículos expuestos, quemados por el sol. Comprendo entonces que el amor, lejos del romanticismo y del platonicismo que tanto me (nos) gustan, no es más que un sentimiento primario, de corto recorrido y nula eficacia.

Me fijo, primero, en ellos: grandullones poco escrupulosos, crápulas adinerados y piltrafillas tuneros, se mezclan por igual. Delimito sus constantes: tendencias que apuntan a las últimas modas de las prisiones estadounidenses; barrigas colgantes, tan groseras como pronunciadas; curiosas dificultades en el habla, deformaciones léxicas y malformaciones sintácticas por doquier.

Me fijo, ahora, en ellas: estrellas de la nausea, Juanis venidas a menos que calzan gafas de sol de inmenso diámetro para ocultar sus rústicas facciones. Un aura de sintomático misterio las envuelve. Un aura que en su día fue patrimonio exclusivo de las estrellas de Hollywood, las envuelve igual que el terciopelo dota de suavidad al zumbido volador de las hadas. Sus cabezas, altas, llenas de orgullo. Sus pechos, erguidos, contemplando la luna, si es que son capaces de encontrarla. Sus cerebros, llenos de esperanzas arrinconadas entre telarañas del más refinado cristal.

Veo, en silencio, casi con regocijo, como la manos de ellas buscan las de ellos mientras ellos se asoman a contemplar el equipo de sonido del coche de turno. Los pequeños dedos, plagados de anillos de compromiso y de matrimonio, se escurren entre la sudorosa palma del hombre ausente. No consiguen llamar su atención. Y pienso que es como cuando vas al zoo y con horror descubres que la jaula de los monos apesta. Tres minutos después eres incapaz de percibir el olor.

Observo que ellas suelen quedarse atrás, a un paso detrás de ellos. Y guardan silencio: el silencio de los siglos. Un silencio sepulcral. Y comprendo, que si bien para ninguno de nosotros el futuro será un camino de rosas, el futuro de estas parejas salvajes e incomunicadas no puede ser menos que devastador.

Me tacharéis de pesimista, de radical o de racista, ¡que sé yo!. Pero estaréis de acuerdo conmigo en que es difícil mantener el optimismo cuando rasgas, aunque sólo sea superficialmente, el telón de fondo del teatro social y accedes a sus mecanismos íntimos.

Estas son solo algunas de las impresiones que he sacado después de pasar más de sesenta horas observando a mis congéneres en el desierto, cual Lawrence de Illescas, entre nubes de cemento y negros pozos de carbón.