PROBLEMAS DE COÑO / PROBLEMAS DE POLLA
Una continuación de la serie de historias independientes que hace unos meses inició Pablo Aragüés en este blog.
I
El abrelatas se rompió. La mitad de él quedó unida a la lata de maíz. La otra mitad, la que se llevó la peor parte, cayó bajo el frigorífico situado en el otro extremo de la cocina. Josué resopló para sus adentros con poco entusiasmo. Se quedó contemplando la lata de maíz. Josué pensó que la lata se reía de él. La tiró al fregadero y acudió al salón.
La televisión iluminaba intermitentemente el gotéele de las paredes. El programa emitido radiaba aspectos ininteligibles de la vida del corazón. Josué apagó la tele y fue a vestirse. Necesitaba un nuevo abrelatas. Si era eléctrico mejor que mejor. Al fin y al cabo, Josué no era minusválido, simplemente era zurdo. Cogió la lata de maíz y apagó las luces antes de salir de su casa.
II
Comenzó con sus vecinos de descansillo: una pareja de ancianos que pasaban más tiempo en el campo que en la ciudad. Primero, llamó al timbre en repetidas ocasiones. Después, aporreó la puerta con la base del puño hasta que sus nervios machacados le dijeron basta. No obtuvo respuesta.
Subió al piso inmediatamente superior y repitió la operación. De nuevo, nada. Consultó el reloj: las 23:04... concluyó que todavía no era muy tarde. Si España es el país en el que se cena a medianoche la gente debería estar ahora preparando el aperitivo.
III
Josué subió al tercer piso y llamó a la puerta de la izquierda. Unos ruidos de dentro de la casa, le dieron esperanza: alguien se acercaba, se arrastraba, hasta la puerta. Una voz femenina, arrinconada por el alcohol, el tabaco y otros excesos hizo su aparición en escena tras la puerta.
—¿Q-q-quién es? ¿Quién COJONES es?
—Soy el vecino del primero... ejem.... ehh, venía para...
—¡Al diablo con los vecinos! ¡POLLAS FLÁCCIDAS... eso es lo que todos sois!
Y acto seguido, el sonido de múltiples cerraduras abriéndose. Detrás de la puerta un vaso se rompió. Josué puedo adivinar sin verlo como miles de fragmentos de cristal se esparcían en todas direcciones. Después de unos segundos de silencio a los que siguieron una serie de guturales gruñidos, la puerta se entreabrió unos centímetros. Por ella asomó una mano poco menos que huesuda, de largos dedos culminados por afiladas uñas.
Josué se asustó y, con cuidado, abrió el resto de la puerta. Una mujer entrada en edad, estaba tirada en suelo entre los cristales. Vestía un camisón corto, negro. Josué la cogió en brazos, con cuidado para no cortarla con los cristales del malogrado vaso. Como la distribución del inmueble era igual que la suya no tuvo problema para conducirla hasta el salón. La televisión estaba puesta. Emitían una película, un extraño remake de Doctor Zhivago protagonizado por Peter Coyote. Parecía que habían reconstruido la Rusia Soviética en una granja del sur de los Estados Unidos. Josué apagó el televisor.
La mujer dormía la mona placidamente. No tenía apenas cortes, pero si muchos cristales pegados en la piel, esperando el momento de penetrar su apretada carne. Josué, con la precisión de un cirujano coreano, extrajo cuidadosamente cada uno de ellos. Después acudió a la cocina en busca de un cepillo con el que arreglar el desaguisado del recibidor. Limpió primero el alcohol que se había derramado. Logró identificarlo: ginebra. Después, recogió los cristales y los dejó en un montón, en una de las esquinas ciegas del recibidor.
Josué volvió al salón, par echar un último vistazo a su vecina con objeto de comprobar que todo se desarrollaba con normalidad. Para su sorpresa, cuando entró al salón, la mujer ya había vuelto en sí. Sujetaba sus sienes con ambas manos, masajeándoselas, con los ojos cerrados. El camisón subido por encima de la pantorrilla dejaba una interesante ración de pierna al descubierto. Aquellas piernas no debían de sobrepasar la cuarentena. Ella en seguida se percató de su presencia.
—¿Quién coño eres? ¿Qué coño haces aquí? ¿Has venido a FOLLARME?
Josué hubiera preferido que le metieran un puñetazo en el estómago antes que escuchar aquellas palabras. Con las manos ocultas tras su jeans, tocó su anillo. Tardó en elaborar una respuesta y aun tardó más en dejar de tartamudear. Él era un simple funcionario: católico, apostólico y casi romano. Un hombre casado con dos pequeños retoños. Su familia se encontraba de vacaciones. Mientras ellos disfrutaban del salitre de la playa, él se encontraba en casa de una vecina alcohólica. Bonita estampa para un asfixiante diez de agosto.
—Y-y-o, perdone... venía a por un abrelatas... y...
—Y te han entrado ganas de FOLLARME, ¿no? ¿Es eso, verdad hijoputa?
Josué seguía inmóvil en el quicio de la puerta. Con su mano izquierda acarició la lata de maíz con la que todo había comenzado. No respondió.
—Anda, siéntate, aquí monada. Pero antes sirve unas copas de aquel armario. Tú ponte lo que quieras, para mi un doble gin solo. Sin complejos, amigo.
Josué hizo lo que la mujer le pedía. Sirvió una ración generosa de gin para ella. Para él, que no estaba acostumbrado al alcohol, sería suficiente con un poco güisqui con soda. Cuando fue al sofá, evito sentarse cerca de la mujer. Ella continuó escupiendo palabras.
—¿Eres de por aquí?
—Sí... bueno, vivo en el primero.
—¿Y tienes jodido el abrelatas? ¿Por eso me quieres?
—Sí, quería cenar algo antes de acostarme, y...
—¿Prefieres acostarte antes de cenar? ¿Por eso has venido... a mi?
—Mire... de verás: solo necesitaba un abrelatas. Ahora da igual. Cuando entré, usted estaba desmayada en el recibidor, y...
—¿USTED? ¿Me llamas de USTED? ¡JODIDOCABRÓNDEMIERDA!
La mujer se incorporó de golpe. La mitad de su copa se derramó sobre la alfombra. Miró fijamente a Josué.
—¿Me vas a seguir llamando de usted... después de ÉSTO?
Agarró su camisón a la altura del cuello, con las dos manos. Lo rajó y dos pechos de prominente volumen quedaron liberados. Las aureolas de sus pezones eran proporcionalmente más grandes que el resto de sus tetas. Aquello, unido a que todavía se mantenían ajenas, en parte, a los efectos de la gravedad, dotaba al conjunto de una sensualidad que rozaba la locura. Josué se quedó petrificado. Ella estalló en carcajadas que resonaron en los tímpanos del hombre como un mazo. Estaba humillado. Se encontraba de nuevo en su estado natural. Observó como de nuevo la lata de maíz se reía de él. Como si las dos, la lata y la vecina, estuvieran compinchadas en algún maquiavélico plan en su contra.
La mujer se guardó con desparpajo las tetas dentro del camisón y se sentó al lado de Josué. Le puso la mano en un pierna, mientras con la otra alzaba su copa y echaba un trago.
—¿Sabes? Tengo calor... estoy totalmente borracha y eso me pone mediocachonda, amigo... ¿Cómo te llamas?
—Me llamaron Josué.
—¿A qué te dedicas, conejito de la suerte?
—Soy burócrata. Un burócrata de nivel tres.
La mano subió por el muslo, acercándose al paquete de Josué.
—¿Tienes pasta? ¿Es eso, amor? ¿Tienes pasta y quieres invertirla en algo... divertido?
La mano de la mujer se cerró sobre su paquete. Josué sobresaltado intentó ponerse pie. Un rápido manotazo de ella bastó para se quedara tan quieto como un león amaestrado. El alcohol roció su impecable polo azul.
—Yo me llamo Carolina. Llámame Carola o como te venga en gana, cariño.
Se levantó y se colocó el camisón. Josué advirtió, de reojo, el bulto, peludo y palpitante, que habitaba bajo sus bragas. Un reloj en algún punto de la casa marcó las doce campanadas mientras Carola preparaba un par de nuevas copas. Josué continuó inmóvil, sin varias su posición en el sofá ni un milímetro. Se encontraba mareado por los efectos del alcohol.
—Toma, monada. Tómate esto. Seguro que relaja.
Josué tomó la copa y le pegó un buen trago que la vació hasta la mitad.
—¿Quieres FOLLARME, Josué? ¿Quieres hacerlo aquí, en la alfombra, AHORA?
Josué permaneció mudo. Recordó su luna de miel, hace tres lustros en Córcega. Su mujer, joven por aquel entonces, cabalgaba por primera vez sobre su piel. Recordó como le sorprendieron sus gritos y sus jadeos; y cómo se sintió avergonzado por ello. Recordó cuando la tapó la boca poco antes de que terminaran.
—... yo seré tu abrelatas. Y TÚ, tú... ¡Serás mi PROFETA!
De nuevo, Carola estalló en carcajadas. Y de nuevo Josué se sintió humillado, nadando entre estiércol. Carola se lanzó a por su cinturón y menos de un segundo ya lo había desabrochado. Josué no intentó pararla. No movió un solo músculo. Se contentó con contemplar la porción de culo que el camisón dejaba adivinar bajo sus disimuladas transparencias. En ese mismo instante, pero en el otro extremo de la casa, una puerta se abrió. Carola desabrochó el botón del pantalón mientras unos pasos se aproximaban por el pasillo. Cuando Carola logró extraer la polla erecta de Josué, un hombre se asomó en al umbral del salón. Josué no podía creer que aquel carnaval del horror sobreviviera pocos metros por encima de su casa. El hombre, de constitución fuerte pero sebosa, tenía vomitó seco en la parte superior de su camiseta interior. De cintura para abajo estaba desnudo, tal cual le habían traído al mundo.
—¡PERO ESTO QUE COÑO ES!
El rostro del hombre del umbral se incendió en cólera mientras Josué intentaba sin convicción apartarse de la mujer. La copa de Josué cayó de su mano y rodó unos metros por la alfombra antes de verter su contenido. Carola, por su parte, introdujo completamente la polla de Josué en su enorme boca hasta encajarla lejos, al final de su garganta.