Dejadme que os cuente una pequeña historia real que me sucedió el pasado viernes, al filo del amanecer, en la discoteca LOW, sita en la mítica Plaza de los Mostenses, en pleno corazón de Madrid. Mi estado, a esas alturas de la noche, no era otro que el de una PUTA RATA, así que si me dejo algo por el camino, espero que sepáis comprenderme.
Para empezar, nada mejor que una pregunta: ¿Habéis intentado alguna vez poner una Reclamación en una discoteca? He re reconocer que entre los vicios más inconfesables, tengo el de exigir la Hoja de Reclamaciones, esté donde esté, cuando siento mis derechos como consumidor apisonados por otros trabajadores...
Los hechos que sucedieron fueron los siguientes:
Como la Sala LOW estaba llena hasta la bandera, me vi coartado por mi amigo Alberto a dejar con él el abrigo en el ropero. Entre tanto, con la confusión y el calor de la noche extravié la entrada de 10€ del local y con ello mi derecho a una consumición. Mal asunto para mi (sumergida) economía.
Después, un poco de juerga por aquí y algún baile maquinal con cotorreo incluido, por allá. Es decir, lo de siempre: la vida que pende de un hilo y todo al borde del colapso. Una noche oscura a todos los niveles en la que lo único que podía hacer era caer dentro de un abismo sin fondo. Primero fue la Decadencia. Luego, aunque todavía no lo sabía, llegaría la Humillación. Poco después supe que sobre esa misma hora Sadam Hussein, el amigo de los niños, fue asesinado en la horca, mientras la candidata al Elíseo, Ségolène Royal, practicaba una felación a uno de sus bien dotados amantes argelinos.
Con objeto de evitar mi ruina total, fui al ropero en busca de mi abrigo para buscar allí mi ticket de entrada. Cuando llegué, las dos poco simpáticas encargadas del sitio me dijeron que era del todo imposible que me dieran el abrigo sin que tuviera que volver a pagar 1,5€ por volver a dejarlo. Le explique mi situación. Les dio igual puesto que como respuesta solo obtuve miradas de desprecio. Pensé que ellas pensarían que sus paletudos amantes serían mejores que yo. ¡Qué se le va a hacer, todo el mundo se equivoca!
Me di cuenta que conversar con aquellas dos chicas, futuro proyecto de mujeres maltratadas, no iba a adelantar mucho la situación. Aquellas comebolsas solo se referían una y otra vez a dos folios de Word, que yacían pegados con celo en la pared. Una escuálida tipografía de Times New Roman indicaba en ellos las tiránicas normas del ropero.
—Esas son las normas... Si quieres el abrigo: o te lo quedas o vuelves a pagar.
—A mi, esas normas, me dan igual.
—¡Son las normas del local! — Gritaron al unísono escandalizadas, revelando su perfecto entrenamiento.
—Insisto, me da igual lo que ponga en estos folios. Me dan igual las normas de local. Yo exijo mis derechos y estos están por encima de cualquier norma de cualquier local, así que quiero, AHORA, la Hoja de Reclamaciones.
Esto último no las enrrolló nada. Supongo que yo debía ser un tipo bastante impopular para ellas. Más me hubiera valido invitarlas a tomar un par de rayas en la desvencijada tapa de un inodoro anónimo.
—Nosotras no las tenemos. Se las tienes que pedir a uno de los porteros.
—Vale, gracias por nada, monadas.
Fui a la salida del local. Tengo que reconocer que todo aquello me parecía una trampa. Tener que acudir a uno de los puertas para pedir la Hoja me parecía un filtro para expulsar a cualquiera que tuviera intención de quejarse. Llegué y me acerqué al más corpulento de todos. Le expuse la situación y en seguida me di cuenta de que mi juicio había sido equivocado. El portero contactó por walkie con el encargado y me invitó a que esperar con él al lado del ropero. En todo momento me trató con una exquisita educación y espero conmigo hasta que llegó el supuesto encargado, al que le expuse de nuevo el problema. Acto seguido éste me entrego por fin la maldita Hoja de Reclamaciones y me busqué un apoyo para poder rellenarla. Cuando comencé a rellenar mis datos personales, sentía como sus ojos escrutaban mi escrito desde encima de mi hombro.
—No tengas ansias, amigo. Cuando la termine tendrás tu propia copia y la podrás leer cuantas veces te plazca.
—Es solo para ver cuántas tonterías te inventas.
Continué escribiendo, ajeno a sus infantiles intromisiones. De nuevo, me interrumpió con la clásica oferta, llegados a este punto, de olvidar todo lo que había sucedido y darnos una mutua palmadita en la espalda.
—Mira, esto es un engorro. Voy a pedir tu abrigo y así no tienes que escribir todo esto y asunto arreglado.
Accedo a su oferta con el único propósito de terminar con tan kafkiana situación. El encargado se dirigió a las chicas del ropero y les pidió mi abrigo. Ellas me lo entregaron y pude comprobar rápidamente como mi ticket de entrada no estaba en ninguno de los bolsillos. El encargado se apresuró a guardar la Hoja. Había perdido el ticket y ahora, si no andaba con cuidado iba camino de perder mi dignidad. De hecho, el encargado me comunicó al instante:
—Bueno, pues ya lo has comprobado. Ahora voy a dar orden de que no vuelvas a pasar a esta sala.
A mi las órdenes que dan los Don Nadie nunca me han importado lo más mínimo.
—¿Por qué? ¿Por hacer uso de mi derecho a poner una Reclamación?
—Bueno, aquí tenemos derecho de admisión.
—Tengo una empresa y no te preocupes, que sé como funciona el derecho de admisión.
—¿Una empresa? ¿De qué?
—De producción audiovisual.
—Entonces... ¿Es eso, no? ¿Estás sin trabajo?
Aquello fue demasiado, decidí no intentar entablar ninguna conversación más con aquel mentecato de extraño talante. Por un lado, apariencia de “tipo enrollado”, por el otro, un coyote desalmado.
—¡Ahora sí que quiero rellenar la Hoja de Reclamación! ¿Puedes ir otra vez a por ella, por favor?
—Yo es que salgo para divertirme, no para amargarme.
Le expliqué que pensaba que él, a pesar de sus mechas tendenciosas, no tenía el monopolio de la diversión. Y que salir a divertirse no equivalía para mi a una desintegración de mis derechos. “Cuando me divierto”, le dije, “sigo siendo un consumidor”. Accedió a regañadientes a traerme de nuevo la Hoja. Aquella vuelta al principio de la historia no pareció gustarle nada. Si hubiera mantenido su bocaza de coyote cerrada, ya habría terminado toda esta situación. Se metió en la trastienda del ropero y al rato volvió a entregarme la controvertida Hoja. También me dio un bolígrafo. Aquellas fueron las únicas facilidades que tuve durante todo el proceso.
Debo reconocer que el título que le di a aquella Reclamación no era muy inspirado, pero es complejo recibir inspiración alguna después de haberte fundido 30€ en alcohol. “Atropello en el ropero”, se tituló. En ella expliqué los pormenores de la situación y estampé luego mi aerodinámica firma. Mientras yo me esforzaba en estructurar oraciones y en cuidar mi ortografía, recibí toda clase de insultos e impertinencias por parte de aquel chico, que decía ser el encargado y del personal femenino del ropero. Hubo un par de momentos de tensión violenta, cuando el encargado se negó a identificarse. Por suerte para los dos, aquellos conatos de golpearnos, quedaron en nada.
Le entregué la Hoja y comenzó a leerla, haciendo gala de una ironía pobre y estúpida, como surgida de algún programa de Televisión. Como siempre he tenido problemas al tratar con analfabetos funcionales, pensé que lo mejor sería despedirme de tan poco divertido grupo.
—¿Estoy obligado a quedarme a escuchar como te burlas de mi?
Un primer silencio fue su respuesta. Después,
—Mira, para que veas que no te guardo rencor, bájate conmigo y te invito a una copa.
De nuevo el coyote se escondió tras la personalidad de “tipo enrollado”. La sola idea de compartir bebida con aquel individuo me dio nauseas. Entendedme, no es que no quisiera beber. Si no, que aunque tuviera el bolsillo lleno de telarañas, como de hecho era, nunca aceptaría una invitación de un ASESINO de pelo rubio como él.
—No, gracias. No quiero, ahora, tus copas. Si he perdido mi copa es por que soy gilipollas. No, por nada más.
Me di la vuelta y no volví a encontrarme con él durante toda la velada. Mientras bajaba las escaleras del local para iniciar la búsqueda de mis amigos (esta aventura requeriría un post aparte), pensé, con amargura que tal vez, en el barrio lisboeta de Cais du Sodre, un angoleño estuviera siendo acuchillado por dos compatriotas suyos, lejos de su patria...