jueves, 17 de abril de 2008

La propuesta más honesta

Hay cineastas honrados, como John Ford. Honrados en el sentido de que sus películas, el cuanto al contenido, al fondo, al paisaje y al mensaje ofrecen una clara perspectiva determinada y al servicio de unos postulados morales claros, incluso moralistas. Son lecciones de vida y de conciencia social. 

En cambio, hay otros cineastas, como es el caso de Sam Peckinpah, que son honestos. ¿Por qué? Porque sus películas, su contenido, su forma, su trasfondo y su mensaje responden únicamente a su propio individualismo. La tesis de  su obra tiene importancia en cuanto a lo que el propio cineasta considera importante para sí mismo, no para la sociedad. Precisamente, esto se ve clarísimo en Peckinpah ya que la sociedad que se ve representada en sus películas no es el reflejo de lo que debería ser, sino el adiós de lo que fue. El mundo de Peckinpah se muestra siempre en pasado porque es un mundo que está cambiando, no es ninguna idealización del mismo.

Estos días estoy disfrutando de tener la Filmoteca Española al lado de casa y, con el buen amigo Víctor, he tenido el placer de admirar - una vez más - las películas de San Peckinpah (que sí, que sí, es es santo). 

Aún me quedan unas cuantas, pero hoy quería referirme especialmente a una de mis  favoritas - no sólo de entre todas las cintas del cineasta californiano, sino de toda la historia del cine -. A menudo  es una de las olvidadas en las biografías y, cuando se habla de ella, se hace siempre tratándola como una obra menor. Es muy posible que Junnior Bonner pueda inscribirse bajo el epígrafe de "obra menor", en el sentido de que no hace unos planteamientos  tan rotundos como Grupo Salvaje o Pat Garret & Billy the kid, o también porque Peckinpah la rodó entre dos títulos más conocidos como son Perros de paja y La huida (de todas sus películas, mi favorita).

Junior Bonner creo que es una de las mejores películas de Peckinpah, porque es muy posiblemente su película más honesta. Una historia que, aparentemente, podría ser una soberana estupidez, es  en manos de Peckinpah un soberbio fresco costumbrista que ya  quisieran muchos otros "cineastas de costumbres". En manos de otro director, no hubiera dejado de ser un vehículo para el lucimiento de Steve McQueen, repleto de rodeos tontos y un clímax visto mil y una veces en la que el héroe consigue ganar a pesar de las adversidades. Cualquier otro habría hecho un final de 3 horas, plagado de música dramática y retórica de salón. 

No recuerdo quién fue el que empezó a rodar la película, pero puedo adivinar que Steve McQueen, productor de la misma, vio esto precisamente: que iba a ser otra película pobretona sobre rodeos y vaqueros. No dudó en despedirle y sustituirle por Peckinpah, al que había conocido en los primeros días de rodaje de El rey del juego, antes de ser despedido y reemplazado por Norman Jewison. 

McQueen, quien más  de una vez ha confesado que lo que más le gustaba era conducir su camioneta y beber cerveza, supo al instante que Peckinpah era su hombre. Que él lograría hacerle parecer un campeón que ya no lo es sin restarle un ápice de gloria. Supo que Peckinpah lograría transformar una historia sosa en un drama familiar de perdedores, aprovechados y callejones sin salida. Además, sabía que rodaría los rodeos como nadie. 

La escena del desfile podría ser una estupidez, de no ser por el nihilismo de Peckinpah, que hace cabalgar a padre e hijo a través del establishment de Arizona y saltar a lo suicida del caballo sin otro propósito que  burlarse del diablo y reírse de ello.

Destacaré tres momentos donde se ve que Peckinpah no sólo es un director de acción, sino  que es, rotundamente, el director más honesto que ha dado Estados Unidos. El primero, es la cena que McQueen tiene con toda la familia, excepto el padre, claro, donde rebaña el plato de comida casera con ansia bajo los ojos inquisidores de su cuñada Ruth. Número dos, la secuencia donde padre y madre de McQueen se reconcilian en las escaleras que suben al motel donde todos suben a fornicar. Como bien decía Víctor, es ella la que inicia el ascenso, a pesar de que está harta de él, y Peckinpah sitúa su cámara con la soltura de quien tira unas fotos con una automática. Y, para acabar, mi favorita, la escena de la estación de tren. Donde McQueen le confiesa a su padre que no puede dejarle ni un chavo, porque está en la ruina. El padre le suelta  una colleja y el tira el sombrero. Hay un silencio estremecedor, solo ensombrecido por los cascos del caballo sobre el asfalto. El padre se levanta a recoger el sombrero, sabe lo que hay con total claridad: él y su hijo son iguales, dos fantoches, dos tipejos. Un par de ratas sin solución. Es igual que cuando McQueen va a ver a su padre al hospital con una botella de whisky escondida entre las flores, a pesar de que su padre tiene prohibido beber. 

El padre se levanta, recoge el sombrero y, por unos segundos, el tren pasa y los separa mientras sólo pueden pensar en el poco futuro que tienen.

Cuando veo a McQueen así, cuando le veo encajarse la mandíbula, cuando le veo abatido sin perder el orgullo veo a Peckinpah, un tío honesto consigo mismo y capaz  de irse de cabeza a la tumba por hacer lo que considera que tiene que hacer.

Y así le fue, claro...

P.D.: Por supuesto, Peckinpah adora la acción y en Junior Bonner aprovecha cualquier momento para experimentar y lucirse. Así es el caso de las excavadoras destrozando la casa del padre y los rodeos. Rodeos que yo no he visto iguales en mi vida. Menuda  película, ¡La fiesta del cine! Así salimos Víctor, Olga y yo gritando y llenos de alegría. Poquitas películas así, ¿eh...?

viernes, 11 de abril de 2008

Autocrítica (vol. 2)

Ayer estuve trabajando de ayudante de dirección en un spot. Es algo que no me disgusta en absoluto cuando el equipo es majo. David Acereto de director de fotografía, Roberto Cuadrado de jefe de eléctricos y Ángel Gómez de maquinista son buenas razones para aceptar. Si además de eso, sumamos que hay que coordinar como a 40 figurantes entre los que destacan dos bailarinas semidesnudas, un imitador de Chikilicuatre, un tipo vestido de Soldado Imperial de Star Wars, una rollergirl rollo California, una supermodelo, un Picachu, un tipo vestido de Globber Trotter, un Power Ranger, una brasileños que hacen capoeira y más cosas que me dejaré en el tintero, son todo argumentos para no perderse una ocasión así.

Ayer, durante la mañana estuve calmado, pero al llegar la tarde, con toda la figuración, estuve en mi salsa. Me di cuenta de la "importancia del factor humano". Las máquinas me apagan. De verdad. No necesarias, son fundamentales, pero no dejan de ser meras herramientas. Las personas me dan energía. No es ningún rollo boy scout, pero manejando a un grupo de gente, llevándolos al terreno que tengo que llevarlos, hacer bailar y pasarlo bien cuando el rodaje se complica, hacer que no se den cuenta de los retrasos y las cagadas, organizarlos por secciones y sacarlos y meterlos del set ordenaditos sin que se sientan corderos... todo ello me da la vida.

Y es una de las razones por la que a Perceval le sigue faltando alma. Por razones personales, Perceval me absorbió hasta tal punto que nunca llegué a gritar "¡acción!". Tampoco estuve manejando a los figurantes. Palabra por palabra le decía a Karl, mi ayudante, lo que les tenía que decir y él lo decía en alto. No era por mantener una distancia jerárquica ridícula, sino porque no tenía energías suficientes para hacerlo yo mismo. Precisamente por la GRAN CULPA que cargaba al estar haciendo ese MONSTRUO GIGANTESCO. 

La culpa puede apretar más gatillos que cualquier arma. Y te deja hecho polvo.

Así estuve yo durante Perceval y por eso no pude entregarme como yo hubiese querido. Sergio, el diseñador de sonido, siempre me lo decía: no disfrutaba porque no me veía a mí en mi salsa. Él, que me conoce perfectamente, sabía que yo - en mi estado normal - habría estado animando el cotarro, que habría logrado que los extras hubieran hecho todas  las locuras inimaginables y que todos hubiéramos estado deshuevados de risa.

A mi me encantan los rodajes complicados porque me puedo enfrentar a ellos como si se tratara de una batalla. No en un sentido malvado-militar, sino preciso y detallado. Para Perceval desarrollé algunas técnicas de Kubrick para manejo de los extras que, mejor o peor, funcionaron. Dividir a la figuración y que funcione es igual de satisfactorio que cuando ves por primera vez ese plano en el combo con el cual llevabas soñando un año y medio. Me recuerdo a mí mismo rodando Jinetes en la tormenta en Belchite, marcando el ritmo de los figurantes para que hicieran un bucle y pasaran una y otra vez delante de la cámara y pareciese que había más gente de la que realmente había. Pero claro, nunca les hacía ir en la misma dirección ni mostrar el mismo perfil a cámara, así siempre parecían distintos. Unas veces estaban más cerca, otras más lejos, unas hacia la derecha y otras a la izquierda... naturalmente todo se cocía tras la cámara, en plano parecía todo de lo más normal, pero detrás era un circo. No un desmadre, un circo. Marcando el ritmo, como una coreografía, la gente lo entendió a la perfección y sabían hacia dónde debían ir cada vez. Ese plano salió bastante bien. Ese día me lo pasé en grande. Ese rodaje fue un disfrute.

No recuerdo en Perceval un momento así. El asalto al castillo fue una gozada por el ambiente, por las risas con Sergio, por lo ridículo de algunas cosas... pero no lo fue por una organización milimétrica, y no porque yo lo hubiera preparado con minuciosidad con Karl semanas antes, sino porque yo no estaba encima de todos ellos dejándome la garganta y haciendo que se lo pasaran bien haciendo una de las cosas más putas que te puede tocar en un rodaje: ser un extra.

Ayer curramos un huevo de horas, trabajamos duro, lo dimos todo... pero todos salimos contentos y riéndonos. Algunos hasta terminamos en tarimas de discotecas bailando con las go-gos que se habían pegado el día bailando en el rodaje.

Eso sí es hacer cine.

miércoles, 26 de marzo de 2008

Un lugar para La Redención...

Hace poco, en las primeras páginas de un libro de Norman Mailer, me encontré esta cita de Edwin Arlington Robinson: Hay errores tan monstruosos, que no es posible arrepentirse de ellos...

Creo que, a partir de ese día, ha empezado a encabezar mi lista de sentencias y, porqué no, también mi forma de afrontar la vida y la bebida. Sí, sí, sí, toda una declaración de principios para acercarse a La Redención. 

¿O en el fondo no es más que auto compasión...? Hmmm

Sea como sea, el amigo Edwin dice unas muy sabias palabras que, quien no haya cometido una Atrocidad (así, con mayúsculas), jamás logrará entender. Y es que es verdad, que tras cometer un crimen enorme, la sensación de no poder hacer nada por remediarlo pesa como una losa... Pero, momentos de lucidez como éste pueden significar, de repente, un nuevo horizonte, si no lleno de esperanza, sí con nuevas vistas.

P.D.: Esta cita ha desbancado al segundo lugar a mi favorita hasta ahora, como no de Hunter S. Thompson: War is good business

El que no vea la ironía, es que no ve nada.

martes, 25 de marzo de 2008

Costumbres de Animal

Si no nos arrepentimos antes, el grupo de amigos - mas conocido como Las Ratas - intervendremos en otro blog - sin detrimento de este, claro - con unos fines totalmente distintos: informar al prójimo de esos bares, locales, garitos y restaurantes que siempre quiso frecuentar y nunca supo cómo. Una excelente excusa para marcarnos una ruta gastronómica, vamos...

Más información aquí.

domingo, 16 de marzo de 2008

La senda del pecador (Autocrítica)

Fue aquél día, justo antes de saltar del avión – en paracaídas, claro – cuando tuve la conversación que me hizo repensar en todo lo que Perceval había significado y significaba. Sin duda, había algo total y absolutamente claro: Lo peor que se podía – y puede – decir de él, es su deshumanización.

¿A qué me refiero? Trataré de explicarlo sin ser un coñazo. Quizá para contrarrestar mi efusiva manera de ser, me atraigan las películas frías. Quizá por eso mismo, un cineasta de mente maquiavélica y calculadora como es Kubrick, sea mi predilecto. Quizá por eso mismo, todo lo que he hecho tiene ese tufillo de frialdad y, claro está, Perceval es el perfecto ejemplo.

La primera versión – que data del año 2003 – era muy parecida a lo que finalmente ha terminado siendo, al menos en un sentido épico. Sí que es cierto que la historia era más larga y estaba tan solo centrada en la relación de rivalidad entre Perceval y Galahad, si bien sí que contenía un prólogo muy similar y el final, a partir de la pelea en el claustro de San Juan de la Peña – es la única escena que no cambié en ninguna de las 7 versiones del guión –, es prácticamente igual. Con el paso del tiempo, a medida que fui investigando más los relatos artúricos medievales, me di cuenta de un hecho que, en esos momentos, supuso una revolución: En todas las historias, los Caballeros de la Tabla Redonda eran un número en torno a 33. Eso antes de la Búsqueda del Grial. Una vez concluida, solo volvieron unos pocos, menos de 10. ¿Y qué se me ocurrió a mí? Pues que ninguno de ellos podía ser tan bueno como pintaban esas historias que, a pesar de que sí, lo sé, está todo influido por una postmodernidad bochornosa, actuarían por intereses propios y no sólo por la devoción a su rey. Es así como pensé en Galahad poniéndose al servicio del Papa.

Con un antagonista, me hacía falta el bueno de la película y, claro está, las razones de Perceval para combatir a Galahad empezaron a ser claras: No devoción por su rey, pero sí por su padre adoptivo. Y, a su vez, el hecho de que Perceval y Galahad, en un tiempo pretérito, fueron amantes.

Habéis leído bien.

Amantes.

La cuarta versión del guión nunca llegó a tener escenas homosexuales, pero sí fue la que más se acercó a esta idea. El hecho de que la mayor motivación para la rivalidad entre Perceval y Galahad fue una relación sentimental. Mi idea era más o menos la siguiente: Cuando el joven Perceval llegó a la Corte, no era más que un efebo sin letras que se vio catapultado en un mundo inimaginable. Arturo vino a sustituir su figura paternal ausente, pero en su latente adolescencia, conoció a Galahad, un apuesto noble normando con más experiencia que él, con dotes de astucia, con una predilecta inclinación por la dolce vita y un seductor aire de madurez atractiva. Naturalmente, Perceval cayó bajo sus encantos. Tampoco quería verlos en pleno acto, pero sí demostrar que Galahad le tenía a su merced. Sin embargo, con el paso del tiempo, coincidente con el distanciamiento de Arturo y Galahad a causa de las tensiones históricas entre normandos y sajones y su asociación con la Iglesia, Perceval se ve forzado a dejar sus relaciones con Galahad y escudarse en un amor paterno filial – sin segundas lecturas, por favor – con Arturo.

¿Qué ocurrió para que, si bien hoy día se entreve algo de todo esto, no esté en la pantalla? Pues ocurrió Brokeback mountain. Y claro está, no quería que de Perceval dijesen que era un Brokeback pero con caballeros en vez de vaqueros. He ahí, mi primer gran error. Igual que acepté que la gente me tocara las narices con el latín y me dijera que era una Pasión de Cristo pero con Perceval, tendría que haber aceptado que la gente dijera lo mismo respecto a una historia homomedieval.

Seguramente, Perceval tendría mucha más alma, si detrás de todas esas ideas maravillosas de épica – a las que fui arrastrado y debería haber puesto freno – tuviera otra historia más rompedora, o al menos inesperada. No estoy hablando de originalidad, sino de sentido. Que una historia como Perceval tenga sentido en estos días, debe ser porque hay algo que la sustenta como capaz de tomar parte en el día a día de hoy. Quizá la humanización de una pasión homosexual lo habría hecho posible. De igual modo, que hasta la quinta versión se mantuvo un tono ligeramente sarcástico, al estilo de Robin y Marian y que, poco a poco, se diluyó en la épica.

Eso es lo que más echo en falta hoy en día, pero claro está, hoy puedo verlo con la distancia del tiempo y la culpabilidad. Hoy la veo con un camino recorrido que entonces no llevaba y con los humos bien bajos después de haber descendido a los infiernos y haber vuelto para mirarte en el espejo y darte cuenta de solo hay camino hacía delante.

Quizá todo tenga su sentido, pero estoy seguro de que Perceval se vería con otros ojos, si hubiera tenido un aire teatral – al estilo Kurosawa – como busqué en un principio, y deseché, claro. Al igual que si la historia central fuera la de dos antiguos amantes homosexuales en el siglo XI que, intenta matarse a toda costa, con ese Mc Guffin que sería el Santo Grial. Y, claro está, todo eso tendría su sentido, si Perceval fuera una pieza irónica y hasta socarrona. No digo monthypitoniana, pero sí al menos revisionista desde un punto de vista humorístico – aunque sin entrar en la parodia, claro está –.

Pero para eso hacemos películas, para pensar en cómo nos habría gustado que fueran…

viernes, 14 de marzo de 2008

Ceros & Unos

Monte Hellman, en ese bastión post Easy Rider que es Carretera asfaltada en dos direcciones, opta por la solución más drástica que existe para terminar, no sólo con el film, sino con la película. ¿A qué me refiero? En el clímax, dos coches se enfrentan en una estrecha carretera. Los dos avanzan a toda hostia y van a chocar irremediablemente, ya que ninguno de los dos parece abrigar intenciones de apartarse del camino. Y entonces, justo cuando los dos carros van a estamparse el uno contra el otro, Monte quema la película. ¡Que sí! ¡Que la quema! Pone el punto final a su película, pero también al soporte que la hace posible. ¿Es esto a su vez una destrucción del cine? ¿Posibilita su desaparición que una película termine con la destrucción de su propio continente?

Puede haber muchas respuestas de pajas mentales alrededor de este tema, sin embargo, aunque han pasado unos cuantos añitos desde el estreno de esta película de Universal, muy posiblemente es hoy cuando nos encontramos ante posibles incógnitas que empiezan a resolverse.

Ayer estuve en un rodaje en la Gran Vía con la Red One. ¿Con quéééééé? Pues esta nueva cámara es el prototipo a una nueva era. Es, digamos, lo ultimísimo en vanguardia de "cine digital". Soderbergh ya ha rodado Guerrilla con esa misma cámara. No voy a aburrir al personal con detalles técnicos que, además, hay gente que conoce mucho mejor que yo, pero sí diré que la Red One ya deja de lado cualquier soporte físico para su grabación. Toda la información digital se queda almacenada en un súper disco duro.

A otro nivel, la Panasonic HVX-200, popularmente conocida como "la P2", por grabar en las tarjetas de memoria del mismo nombre, es un ejemplo también práctico de lo que intento exponer. La serie de Porta la hemos rodado con esa cámara, directamente a un disco duro casi todo el tiempo. ¿Qué quiere decir esto? Que todas las horas de grabación que hemos acumulado durante 10 días sólo existen en un formato digital, es decir, algo que no es físico ni tangible. Por una parte, esto es una ventaja, pero por otra implica un peligro ENORME: Si, por estos extraños sucesos de la informática los discos duros donde TODO está almacenado se joden, todo lo que grabamos se habrá perdido. Bueno, claro, ya sé que todos los listillos del mundo están pensando en hacer back up's ad infinitum, lo cual me parece perfecto, pero no dejan de ser meros archivos informáticos que en su día pueden DEJAR DE FUNCIONAR.

Por otra parte, lo de las cintas era un coñazo absoluto y, claro está, envejecían y se deterioraban, pero era algo físico, empírico y razonable. Un disco duro tiende a todo, menos a razones.

Yo, que soy un gran defensor de que avance la tecnología digital - en cuanto a cine se tiende, claro - y que pasemos a un estándar superior a la Alta Definición actual, me encuentro con serios encontronazos morales al haber descubierto esta serie de puñetas. Porque si el cine se informatiza y pierde su componente físico ¿dejará de existir? Como Monte Hellman quemando su película, si el soporte físico - y químico, claro - desaparece, sólo nos quedan ceros y unos hasta la saciedad. Por un lado, me parece una perspectiva maravillosa, ya que facilita muchos de los líos que entorpecen el proceso en celuloide; por otra parte, me da un miedo aterrador.

¿Por qué? Porque odio depositar toda nuestra fe y futuro en Las Máquinas. Sí, sí, así, con mayúsculas. De crío estaba fascinado con Terminator y llegué a creérmela tanto que acabé a hostia limpia con el Amstrad de mi padre, por si acaso... No voy a negar que de vez en cuando, aflora en mi una vena luddita irrefrenable y tiendo a desear terminar a hachazos con la maquinaria. Pero, claro, por otra parte, sin toda esa maquinaria sería imposible hacer lo que hacemos...

¿Solución? Ninguna. Debemos convertirnos en ceros y unos, pero tratar que sea lo menos doloroso y lo más humano posible. No hay que eliminar el factor humano y, sobre todo, no eliminar el factor físico. En una era en que la publicidad sólo vende intangibles, es muy posible que únicamente podamos vivir en un mundo de sombras platónicas. El "cine digital" es la representación más clara del mito de la caverna en el mundo audiovisual. Hay que tener cuidado y no ver sólo las representaciones abstractas, ya que no pueden llevar al desastre.

Es muy posible que si quemamos la película estemos quemándonos a lo bonzo. Debemos quemarla, pero con la consciencia de que no podemos fiarnos de las máquinas...

... Porque sino, estamos vendidos.

sábado, 1 de marzo de 2008

El chofer de Woody Allen

Mi hotel estaba junto al Gótico. A un paso de las Ramblas y Plaza Cataluña. Un poquito más allá el Raval y justo al otro lado el Born y la perdición… Hace algo más de una semana, cuando pisé Barcelona para ese rodaje, la ciudad Condal quedó declarada como La Mejor Ciudad de España sin lugar a dudas.

Lo siento por Zaragoza, a la cual tengo mucho cariño, pero últimamente no llega a llenarme. Lo siento por Madrid, ciudad de adopción, porque es maravillosa pero a la vez es como una patada en los huevos. Los siento por San Sebastián porque es un disfrute de ciudad y una preciosidad, y también lo siento por Granada por todas esas razones y más, pero es que… Barcelona es única.

Mi misión era un documental/videoclip para Myspace sobre el rapero barcelonés Porta, todo un pelotazo en las listas de venta. Antes de aterrizar ya comenzó el deleite. Planear sobre el puerto de Barcelona, sentir el Mediterráneo bajo la panza de ese gigantón de hierro es la mejor bienvenida que una ciudad puede ofrecerte. Que el sol resplandezca en Barcelona, que descubras que por unos días vas a vivir en un hotel cojonudo en el corazón de la ciudad, que todos los sitios donde comas, bebas y vivas sean sorprendentes es inigualable. Deambular por la Boquería, sentarte en sus columnas, dar buena cuenta de navajas y cerveza… te hace sentirte como pez en el agua. Si encima vas a gastos pagados, curras en algo interesante y el equipo es majo, puedes darte con un canto en los dientes, relajarte y disfrutar.

Barcelona me sorprendió las últimas veces que estuve. Una rodando hace un año exactamente. Planifiqué todo para acabar antes de hora y el dire de foto, el operador y yo nos dimos bien al cañeo frente al mar. La anterior, fue hace ya bastante, antes de rodar Perceval, con Marta, durante un verano de ensayos y preproducción. Vivíamos a un paso de Gracia y fue maravilloso. Ésta vez ha sido increíble. Edu Soto le recomendó a David, el operador, un restaurante vegetariano en el Raval: Organic. Piéce de resistance, absolutamente maravilloso. Mamá Antonia es la dueña del local y nos estuvo dando clases lógicas sobre porqué no hay que cocinar con electricidad. Cerquita del Macba, un italiano cuyo nombre no recuerdo pero que repetimos incluso tres días, ya que no podía ser menos. También La Tinaja, una maravilla en el Born. Luego estaba la coctelería de la Barcelonesa, una Caipiroskas de caerte al suelo. Y el arroz negro frente al mar. Y los gin tonics de aquél sitio del Raval… Seguro que estáis pensando ¿pero Pablo ha currado algo? Pues sí, un mínimo de 14 horas todos los días. Pero a veces merecía la pena, como cuando subimos a ese alto en El Carmel y vimos la puesta de sol sobre toda Barcelona.

Barcelona es maravillosa porque tiene algo distinto al resto de ciudades de España. Su ambiente, sus calles, su color, su luz, sus olores, el mar… Hasta un barrio feo como el de pescadores es maravilloso. Barcelona es mágica. Su nombre atrapa. El catalán, a pesar de que suena a cachondeo, me da la impresión de estar en alguna otra parte que nada tiene que ver con la realidad mundana. Barcelona es un sitio donde puedes relajarte y sentarte a ver ponerse el sol mientras dejas pasar el tiempo. Su gente transmite buen rollo, un cariño sobrecogedor.

Buena parte de Green Warriors transcurre en Barcelona, si antes no tenía dudas, ahora estoy convencido de que, en cuanto pueda, me largo allí una temporadita a reescribir el guión. Y a vivir y disfrutar y dejar pasar el tiempo con tranquilidad. Saboreándolo… Haciendo que dure.

¿Y el chofer de Woody? Bueno, pues era el chofer que cada día nos llevaba al rodaje. Un tipo de puta madre que me contó cosas alucinantes de Scarlet Johansson y de aquella vez que se perdió en el Gótico con Woody Allen y al neoyorquino le entró un ataque de pánico.

martes, 12 de febrero de 2008

Adiós, Mr. Scheider

Hace un huevo  que no escribo, lo sé. Para ser exactos, sí que he escrito, pero no he publicado nada estos días, porque estoy en Madrid aislado rodando y montando una serie de locuras publicitarias que me tiene absorbido y escarallado vivo. Los escritos aparecerán próximamente, cuando pueda publicarlos con un poco de tiempo y esmero. Sin embargo, hoy robo unos minutos al Final Cut y, tratándome de no volverme loco con este G5, he creído imprescindible escribir unas palabras de despedida, por la muerte de uno de los mejores actores que ha dado el cine americano.

Ayer, a los 75 años de edad moría Roy Scheider. Robert Evans  dijo que sería el nuevo Bogart, yo dudo de que llegara a ese extremo, pero sí que es uno de mis intérpretes favoritos. Tres títulos le convierten en alguien especial en ese  Top Ten mental. Tiburón, French Connection y Marathon Man. Sí, las tres películas  emblemáticas de los 70, de tres directores emblemáticos como Spielberg, Friedkin y Schlesinger. 

En Tiburón aporta ese aspecto de "Gerald Ford cualquiera", ese americanito que se obligado a enfrentarse a "la amenaza". Tiene momentos  increíbles, aunque mi favorito es ese en que Richard Dreyfuss le pregunta sobre su aversión al mar y la incongruencia de vivir  en una isla. Él responde simplemente: "Sólo es isla si se la mira desde el mar". Pronunciar esa frase como la pronuncia él, con esa naturalidad, no es nada fácil.

En French Connection, es Cloudy el compinche de Popeye Doyle. A pesar de que gene Hackman se lleva todo el protagonismo de la película, Scheider aporta esa solidez y honradez que transmite con su mirada de no haber roto un plato en su vida, como cuando descubre a la chica de  las botas  rojas desnuda, en la casa de Doyle.

Finalmente, en Marathon Man, hace el que quizá sea el mejor papel de su carrera. El  espía educado y discreto que cuando tiene que recurrir a la violencia, lo hace de manera brutal, pero sin los aspavientos propios de Hollywood. Que alguien me diga que no es grandiosa la pelea que tiene con el chino en ese hotel de París. Su muerte en esta película es impresionante y he de confesar que la película de Schlesinger es uno de mis referentes para Green Warriors, con lo disfruto como un enano volviéndola a ver y echando de menos a uno  de esos actorazos que ya no volverán a las pantallas. Sí, lo sé, son actores un tanto atípicos los que me entusiasman, pero qué le voy a hacer. Entre  ellos: Nick Nolte, Sam Rockwell, Elias Koteas, Matt Dillon, Scott Glenn, Brian Brown, Edward James Olmos, Don Johnson, Kurt Russell o Don Cheadle. 

domingo, 27 de enero de 2008

Una pica en Flanders

Sí, sí, en Flanders. O en algún otro icono de la imaginería estadounidense. Hace ya más de una semana que me quería sentar a escribir este post y no ha habido manera. Hoy, con una resaca considerable, voy a ello.

Una alegría tremenda. Sin más, eso es lo que me ocurre al pensar que dentro de nada – un día antes de mi cumpleaños, por cierto – Javier Bardem puede ganar el Oscar. Yo creo firmemente que lo va a ganar, lo espero con todas mis fuerzas. Eso sería un gran triunfo para la esforzada gente que se dedica al cine e intenta traspasar las trasnochadas fronteras que, por suerte, van remitiendo. El primero, claro está, que se me viene a la cabeza es Nacho Vigalondo. No sé hasta qué punto puedo decir nada de lo que me va llegando, así que me limitaré repetir lo que él confirma en su web: Steve Zaillan será el productor del remake de Los Cronocrímenes. Eso es algo que me parece maravilloso. Álex Pastor, Luiso Berdejo y seguro que alguno más que me dejo también están ya allí, en la Tierra Prometida, como los pioneros que se fueron a colonizar el desierto.

Que en un año Javier Bardem gane un Oscar, Nacho ruede una película en Estados Unidos (a la vez que se hace el remake de la suya) y otros cineastas de la tierra hagan lo propio incluso con Kevin Costner, es algo que me llena de alegría y esperanza. Esperanza de que el cine español no es – o no será – como dice Daniel Sánchez-Arévalo en El País Semanal “una especie de marca en las estanterías de los centros comerciales”. Creo que soy todo lo contrario a las nacionalidades y a sentirme “español”, pero sí que es cierto que este país nuestro es muy jodido con respecto a muchas cosas, una de ellas el cine, claro. Si el PP gana las próximas elecciones, que dios nos coja confesados a los cineastas – presentes y futuros – porque vamos a sudar tinta china. Por eso me parece una grandísima noticia que se abran las fronteras, que vayamos a otros sitios, que conquistemos la cima del mundo – del cine, claro – y que dejemos de mirarnos tanto el ombligo y de tonterías muy cañí que ya huelen a refrito.

Vigalondo es posiblemente el cineasta más despierto, capaz y con control que ha parido esta tierra. Su generación es la Nueva Esperanza. Koldo Serra, Borja Cobeaga, todos ellos son LA HOSTIA. Que sean ellos los que abran las puertas de este país atrasado es fundamental. No soy adivino, pero sé que con ellos al frente, nos esperan años de buenas y novedosas películas. Esperanza, eso es lo que traen.

Simplemente dar la enhorabuena desde esta humilde página al señor Bardem, así como a Nacho Vigalondo. Es apasionante verles allí…

P.D.: Un pequeño apunte que mucha gente no entenderá: Yo no soy aficionado en absoluto al fútbol, pero de un tiempo a esta parte, me he visto inmerso en los devaneos del Real Zaragoza. Realicé un spot para Elanuario.net, producido por Elipsis Producciones, que protagonizaba Víctor Fernández y eso fue lo que me llevó a seguir algún que otro partido y todo el rollo mediático que le ha seguido hasta que, hace nada, fue destituido. Desde aquí, solamente quería hacerle llegar nuestro apoyo, fue una suerte haberle conocido en aquél rodaje y un privilegio haber trabajado con él.

jueves, 17 de enero de 2008

Val del Omar: Acariño galaico (De barro)


En 1961 Val del Omar regresa a tierras gallegas, a las que ya había acudido como misionero, y comienza el rodaje de Acariño galaico (De barro), su elemental inicialmente dedicado al aire; tras un encuentro con el enigmático escultor Arturo Baltar, el proyecto evolucionará hacia convertirse en el elemental del barro, la fusión del agua con la tierra. Val del Omar retomará intermitentemente el proyecto en años posteriores, con el objetivo de integrarlo dentro de su fresco cinematográfico Tríptico elemental de España.

En 1981, un año antes de su muerte, retomó el montaje, aunque la película quedó finalmente inconclusa, tal vez, como apunta el investigador Rafael R. Tranche, por la propia voluntad expresa de Val del Omar de no cerrar su obra. La película es terminada por Javier Codesal bajo la supervisión técnica de Rafael R. Tranche, siguiendo un copión de vídeo casi definitivo y los sonidos grabados e indicaciones manuscritas que había dejado Val del Omar para la elaboración del montaje de la banda sonora.

Aquí, sus películas anteriores, Aguaespejo Granadino y Fuego en Castilla, primer y segundo segmento respectivamente del Tríptico Elemental de España. Ahora, Acariño galaico (De barro).

VB