domingo, 15 de abril de 2007

Diálogo

—Pareces cansado.

—Lo parezco por que lo estoy. Y mucho.

— ¿Cómo te encuentras?

—Es difícil de explicar. Hoy pienso que no es fácil afirmar: “Soy el que soy”.

—Te entiendo...

—Cada instante me percibo de un modo diferente. Como...

—¡Como mil caras de un mismo rompecabezas!

—Exacto, algo así.

—¿Y qué vas a hacer para solucionarlo?

—¿Qué hiciste tú?

—No lo recuerdo. Ya no recuerdo nada.

—Escuchando lo que ahora me dices, sé que es cierto: no podemos vivir y a la vez acumular experiencia.

—No, no podemos. Todo son espejismos, quimeras, ilusión.

—Pero, ¿y nosotros? ¿Y los demás?

—Sólo reflejos dorados cerca de la línea del horizonte.

—¿Es digna esta vida? ¿Acaso se puede vivir así?

—No te preocupes, todos lo han hecho. Desde el principio de los tiempos.



miércoles, 21 de marzo de 2007

Bukowsi y el romanticismo

A Bukowsi siempre se le ha considerado un borracho. Es porque es la verdad. Fue un borracho como la copa de un pino y, en esos momentos de lucidez que tienen los borrachos, escribía libros como “Mujeres”, donde hacía un recorrido por sus aventuras amorosas y era capaz de escribir cosas asombrosas, Me he tomado la grandísima libertad de versionarlo para hacerlo más personal si cabe:

Yo era sentimental respecto a muchas cosas: unos zapatos de mujer bajo la cama; unas horquillas olvidadas; la manera cómo decían: “Voy a hacer pipí…”; cintas de pelo; pasear por el bulevar con ellas a la una y media de la tarde, sólo dos personas caminando juntas; las largas noches bebiendo y fumando, hablando; las discusiones; los pensamientos de suicidio; comer juntos y sentirse bien; las bromas, la risa saliendo de ninguna parte; sentir milagros en el aire; estar juntos en un coche aparcado; comparar pasados amores a las tres de la madrugada; que te dijeran que roncabas, oírlas roncar; madres, hijas hijos, gatos, perros; algunas veces la muerte otras el divorcio, pero siempre yendo adelante, siguiendo a través; leyendo juntos un periódico; parques, picnics; sus estúpidos amigos, tus estúpidos amigos; tu bebida, sus bailes; tus flirteos, sus flirteos; miraros sin decir absolutamente nada; los abrazos; los besos; dormir juntos…

Todo eso es lo que hace que las personas seamos personas y que las relaciones humanas tengan sentido. Hay que gente que lo considerará romántico y otros que son tonterías, pero es que a mí, sus pequeños zapatos junto a los tuyos, aquella primera noche que pasasteis juntos, la primera vez que le cogiste la mano en ese bar, a hurtadillas, sin saber si ella quería que lo hicieras, o la primera vez que sentiste su pecho desnudo contra el tuyo, o cuando se levantó de la cama esa mañana y la viste vestida con esa ropa que apenas se veía en la oscuridad de las persianas y pensaste: “Es verdad. Está conmigo”. Es como la primera vez que le viste las piernas después de habértelas imaginado o cuando te dijo que le gustaba esa película que a ti te volvía loco. O cuando os detuvisteis en ese paso de peatones y os mirasteis y supisteis de que iba todo eso.

Y es que de eso trata precisamente el asunto…

viernes, 16 de marzo de 2007

Noticia con extraño giro final














Reproduzco íntegro el siguiente artículo que he encontrado en elmundo.es .

Os recomiendo que lo leáis aunque os parezca un coñazo. ¡El final de la noticia no tiene desperdicio!


PARÍS.- El Tribunal Supremo francés anuló definitivamente el primer matrimonio homosexual celebrado en Francia por un alcalde en 2004, lo que cierra la puerta a la unión de personas del mismo sexo con la actual legislación del país. "Según la ley francesa, el matrimonio es la unión de un hombre y una mujer", señaló la sentencia del alto Tribunal.

El Supremo rechazó así el recurso interpuesto contra la decisión del Tribunal de Apelación de Burdeos de anular la boda entre Stèphane Chapin y Bertrand Charpentier en el Ayuntamiento de Bègles (suroeste) el 5 de junio de 2004.

Es la tercera sentencia judicial en contra de los dos jóvenes que contrajeron matrimonio en una controvertida ceremonia celebrada por el líder ecologista y alcalde de Bègles, Noel Mamerre, que pretendía con este acto abrir el debate sobre este tipo de matrimonios.

El Tribunal de Gran Instancia de Gironda anuló la boda en menos de dos meses después de su celebración, una decisión que fue confirmada en abril de 2005 en Apelación y que el Supremo convierte ahora en firme. Los magistrados del Supremo aceptaron la petición del abogado general, que había solicitado que se confirmara la sentencia de Apelación al considerar que la reglamentación del matrimonio homosexual no corresponde a los jueces si no al poder legislativo.

La celebración del matrimonio de Bègles abrió en Francia el debate sobre la legalización de las uniones de personas del mismo sexo, pero también acarreó fuertes críticas a Mamerre, candidato ecologista a la Presidencia en 2002, que fue acusado de buscar notoriedad a costa de un acto que sabía que era ilícito.

Chapin y Charpentier se pasearon por todas las televisiones del país narrando su lucha. Pero su estrella decayó cuando en octubre pasado fueron condenados por haber robado a una anciana para pagar los gastos de aquella boda, una acusación que ellos siempre rechazaron.

Hay que matar a D…


Tampoco olvidas Francia. Es otro mundo, a su manera. Aquella tía rara me llevo hasta La Maison des Asociations. Antaño habría sido una casa señorial o algo por el estilo, seguramente un antro cualquiera donde los ricachos de Cannes se juntarían para desatar sus perversiones sexuales más desenfrenadas. Hoy, era un antro donde los funcionarios del gobierno francés podían firmar cheques y cobrar dietas, mientras se pegaban una semana al año, todos los años, a costa de la teta de su gobierno en el Mayor Festival del Mundo.

- ¡C’est une maison avéc histoire! -.

Aún no sé ni cómo me salió aquello, pero la cosa no causó su efecto y la tía pasó de mí, conduciéndome hasta el centro del patio que flanqueaba la entrada de La Maison. Nada más poner el pie sobre el primer tramo de gravilla, pude olerlo.

Olor a decrepitud universitaria, olor a Colegio Mayor, olor a rancio, olor a ricos bohemios, olor a funcionarios vagos y aprovechados, olor a estudiantes pijos e intelectualoides… olor a fraude, al fin y al cabo.

Monovolúmenes limpios y de colores metálicos aparcados a un lado, repletos de maletas. Mesas y sillas e jardín al fondo. Un nutrido grupo de tipos con pintas de carpinteros que colocan una larga tabla sobre unos caballetes, para después cubrirla de manteles, y botellas de refrescos. Una fila de escaleras que llevan hasta la Maison, por las cuales arrambla un desconcertante tráfico de postadolescentes, niñatos de clase media alta de veintitantos que pululan como ratas en un laboratorio. Pero todo eso no era nada, comparado con lo que tenía delante de mis narices.

Dos hablaban distendidamente. Esta tía rara que me ha traído habla con ellos, no me entero de nada. Mi corazón empieza a palpitar con fuerza y empiezo a cabrearme conmigo mismo por haberme tomado todo ese ron allá en Barajas, ahora es cuando la voy a joder, lo sé.

La tipa se vuelve y me sonríe, va a hablar, lo sé, pero en mi mente congelo el instante un fotograma antes, lo justo para observar a los tipos en cuestión. La música y el sonido ambiente se detienen en el congelado. A la izquierda un tipo que no parece más que un treinteañero pringado, seguramente un becario precario, algún palurdo francés de pueblo que ha podido arañar una beca para largarse a París a estudiar alguna mierda como filología francesa y, por azares del destino, ha entrado a hacer fotocopias en el Ministere de la Jeneusse. Ahora, ha logrado colarse entre los funcionarios afortunados que vienen aquí una semana a emborracharse y drogarse hasta las cejas.

Esta claro que él no es El Tipo Importante, todo lo contrario que su compañero. Se parece a Ridley Scott, pero no es él. Aunque le pusieras la taza de café y el Montecristo del 2, sabrías que no es sir Ridley. Se ve a la legua que sólo es un franchute gilipollas con mucha suerte, muchas ganas de robar y que se le ha subido a la cabeza su puesto de jerifalte de mierda. Sólo una rana de mierda, como diría sir Ridley.

De hecho, si me entero que sir Ridley está en Cannes, lo primero que haría sería comprar un par de Montecristos del 2, perseguirlo hasta que logre agotarle y fumárnoslos juntos – a sir Ridley le pirran esta clase de cosas y ha llegado a afirmar que morirá con un Montecristo en la mano. Extraños pensamientos para un fumador –. Aunque sé que lo más probable es que, si lo cazara por La Croisette, fuera yo solito el que se tuviera que fumar los dos puros. Mi Realidad era muy distinta de esas carreras fantásticas.

- Qui est-vous? -.

Trato de decir algo, pero mis palabras suenan tremendamente estúpidas.

- Je suis Pablo – vamos, coño, piensa algo más rápido, identificación, eso es lo primero – le espagnol -.

El cabrón de Ridley Scott sonríe y, para mi sorpresa, saca su mejor acento español, como una mezcla de un andaluz gangoso y un vasco que sólo ha ido a la ikastola, que ha pasado muchos años en Parla.

-¡Ah, le espagnol! ¿De-dón-de-e-res? ¿Vi-e-nes-de-Ma-drid? -.

Por fin me siento cómodo, por fin alguien con sentido común, alguien con talento. Siempre es de educación tratar con cortesía a los extranjeros y si puedes hablarles en su idioma, lo haces. Ridley tiene que haberse dado cuenta de que yo he puesto mi granito de arena hace tan sólo unos segundos, como ahora lo hace él pienso que es un buen momento para relajarse, para bajar la guardia, para hacer amigos… Gran Error.

- No, soy de Zaragoza, pero vivo y estudio en Madrid -.

La cara de Ridley cambia por completo, como la de los tipos malos del cine negro de los 40, cuando los mataban. Estupor, rabia, cabreo y un irrefrenable deseo de estrangularme allí mismo estalla en sus ojos y yo pudo leerlo claramente, con todas las letras: Voy A Morir.

- Ésta es la última vez que hablas español -.

Eso fue lo último que dijo. Bueno, no exactamente. Un instante después me puso a parir durante cuatro minutos seguidos. Todo en francés y, por una razón o por otra, todo lo entendí. Me llamó sin vergüenza, maleducado, descortés, me dijo que había sido un error admitir a un país tan atrasado, tanto en el Prix de la Jeneusse como dentro de la propia Unión Europea. Me dijo que mis horas estaban contadas, que era una vergüenza para mi país, mi Ministerio y, por supuesto – esto lo recuerdo a la perfección – un deshonor para la República Francesa y los valores que representa.

Después de eso, me dio la espalda y se largó.

El becario precario se fue detrás suyo, como si fuera el dueño de un perro que va recogiendo su mierda. La tipa que me había traído, se quedó a mi lado, un tanto fuera de sí. Yo estaba hecho mierda. Buen recibimiento, sí señor.

- Il est D…* -.

¡D…*, mierda! Recordaba ese nombre. Hacía tan sólo unas semanas, me mandaba e-mails para confirmar mi hora de llegada, mi vuelo, todos esos detalles. Parecía un tío majo, se preocupaba porque todos supiéramos a dónde teníamos que ir, lo que teníamos que hacer. Nos procuraba la bienvenida y el que nos sintiéramos como en casa. Daba gusto que fuera él quien te tratara así, porque Él era El Gran Hombre. Era el Número Uno, el Capitán, el Almirante, el Comandante, el Jefe de Abordo. Era el Gran Jefe. Él movía el cotarro, eso estaba claro. Era el mandamás del gobierno, el Funcionario Superior, no había quien pudiera con él. Si alguien cortaba el bacalao allí, ése era él y yo la había jodido. Los designios del Gran Imán giraban alrededor de él. Sus dientes, como teclas de piano lo dejaron claro: me odiaba. Ni más ni menos que El Jefe me odiaba. Sigue siendo cierto que los franceses nos odian, nos desprecian. Sabía que mi francés era una auténtica patraña y por eso me condenó. Para él, yo estaba muerto. Cojonudo. Y aún me quedaban allí siete largos días.


*Se suprime el nombre a instancias del abogado del webmaster.

domingo, 11 de marzo de 2007

La Cita


Vaya. No me lo puedo creer. Menudo lugar fuimos a escoger para una cita a ciegas. Es domingo y el centro comercial está lleno hasta la bandera. Aquí estoy yo también. Esperando. Impaciente. ¿Quién será ella? Ni una sola foto pero sí una pista, llevaría puesto un brazalete dorado con dos serpientes enroscadas entre sí. Sé que no es mucho, pero por lo menos tenía algo: unas serpientes que se engullían la una a la otra, como los combatientes de una contienda civil. Supongo que debería tratarse de algún antiguo símbolo de una civilización a punto de ser consumida por el olvido.

Habíamos concertado el encuentro en la planta superior; entre los multicines y los diversos establecimientos de hostelería y comida rápida. Intermitentemente, las puertas de las salas del cine permitían salir a borbotones las mareas humanas de diversa índole. Adolescentes y niños, jóvenes, menos jóvenes y ancianos, salían apresuradamente en un auténtico torrente de humanidad. Al observarles con detenimiento, no puedo evitar preguntarme si ella se encontraba refugiada en alguna de aquellas salas, así que me dedico a escrutar a todas las personas que pasan a mi alrededor. Miro, observo y espero, pero sigo sin encontrar nada mientras el paso de tiempo va cercenando el amplio abanico de mis esperanzas.

Llevo ya esperando más de cuarenta minutos. Me canso de estar de pié y me acomodo en una barra cercana para tomar algo oscuro. En mi cabeza comienza a cobrar protagonismo la triste idea de que ella no se va a presentar a la cita. Tal vez todo haya sido una mentira, un juego a la vez inocente y macabro de alguna aburrida ama de casa. Parece que mi corazón volverá compungido y solo de vuelta a casa... ¡Sí por lo menos pudiera llamarlo hogar! Pero no puedo. Un hogar presupone calidez y bienestar. Todo lo contrario a lo que yo poseía, un pequeño, impersonal y frío apartamento que, al igual que yo, había visto épocas mejores.

Mi atención deambula entonces a través de los pasillos y los diferentes niveles del centro comercial. Solo veo parejas disfrutando. Aquí y allá. Paseando, cogidos de la mano, amarrados fuertemente a la cintura. O haciendo paradas intermitentes culminadas por largos besos que yo no puedo esperar para mi. Tengo que distraerme. Miro el reloj... más de una hora y cuarto de retraso. Es hora de empezar a pensar en la retirada, así que le pido una segunda ración del mismo brebaje al joven camarero.

Mientras doy cuenta de la bebida pienso en lo estúpido que he podido llegar a ser, ¡ni si quiera tengo un número de teléfono al que llamar! Una idea explota en mi interior y no me deja pensar en otra cosa: ¿y si me está esperando ella en otro lugar? Me apresuro a pagar al mozo que me ha atendido y me preocupo de dejarle una sustanciosa propina.

Y vago por el centro comercial, que poco a poco va quedándose cada vez más vacío, cada vez más solo. En eso nos parecemos. Por mi vida han pasado muchas personas, pero ninguna se ha quedado. Mi cara debe estar desencajada por la decepción así que, como los vampiros, evito mi reflejo en los abundantes espejos que adornan las interminables galerías comerciales. Contemplo con curiosidad como una a una todas las tiendas echan los cierres con el consiguiente estruendo de metal. En ese momento, unos suaves y rítmicos tintineos llaman mi atención mientras mi corazón se lanza desbocado a galopar. Y veo, de reojo, un reflejo dorado a través del cristal de un escaparate.

Aun faltaban más de veinte metros para que diera la vuelta a la esquina, pero desde esa distancia podía darme cuenta de cómo su esencia antecedía a su presencia. Cuando dobló la esquina fue un regalo estimulante para mis sentidos. No sabía si ella era ella. Supongo que ella tampoco sabía si yo era yo. Y yo desconocía la razón por la que había tenido que esperar tanto tiempo. Pero ya todo daba igual puesto que la espera, la angustiosa espera, llegaba a su fin. Y nos fundimos en un cálido abrazo de desconocidos, como las películas funden a negro después del esperado beso nupcial.


miércoles, 28 de febrero de 2007

London Crawling

Aqui estoy, robando internet en la tienda Mac de Regent St., a un paso de Picadilly Circus y a dos de la perdicion. Primero el trabajo: El sitio donde etalonamos (MPC) es increible. Esta en el Soho y gente como Ridley Scott, Chris Nolan o Woody Allen vienen a etalonar aqui sus peliculillas. La gente es la hostia. Nos tratan como si fueramos gnte maja y todo. Grandes gastadores, credito ilimitado, sabiduria infinita, puro periodismo Gonzo...

Despues, el placer: Vivo con Adriano en casa de su hermano Nicholas. Es como Adriano, solo que mucho mas majo. Me tiene cuerpo de rey. Nos juntamos con Andrew y con un loco de remate que se llama George. Me llevaro a donde suelen ir: bares de striptease. En realidad son pubs normales on tias en pelotas bailando en una barra de metal, que pasan un aso que tienes que llenarde monedas. Una libra por chica y cada cinco minutos sale una. Una ruina. No son gran cosa, el primero al que me llevaron esta en Vauxhall, que mas a menos es como el Salas del Picarral. Se llama The Queen Anne. Es un antro de la hostia. Las tias son horribles y todo es fabuloso. Lugo fuimos a otro donde hasta puedes pedir bailes privados. Paso de pagar 20 libras por ver a un celulitica de Ucrania.

Naturalmente, es que estos sitios son la unica alternativa, porque a las 11 cierra todo y como a la 1 te echan de este tipo de pubs. Si quieres tomar algo mas, tienes que ir a un hotel de lujo. No recuerdo el nombre del que fuimos, pero estaba enfrente de un edificio cuya direccion es: London, number 1. Ese es el territorio de la gente de pasta, bastardos hijos de puta que se encienden los puros co billetes de 100. Habia putas de lujo ligando con viejos ricachos que se parecian a Carlos Saura.

Luego esta Frances. Frances es la amiga de Nicholas. No son novios, solo amigos, pero duermen juntos y ella baila en el suelo como una peonza, o mejor, como una gata en celo. No quiso probar el jamon porque el daba grima el aspecto que tenia, decia que estaba muy seco. Y era Jabugo...

Y mas o menos asi mi existencia en Londres. Etalonando todo el dia, hacieno titulos de credito, viendo al montador de la ultima peliula de Natalie Portman y soportando la lluvia en el Soho. Ah, eso si. Desayunamos en el Regeny Cafe, un antro que es algo asi como el Loro de Londres. De puta madre...

P.D.: Me hice una foto en el calejon donde Kubrick rodo algunas escenas de "La Naranja Mecanica", espero poder subirla proximmente.

Un segundo de felicidad


Aquella noche negra regresé pronto de la oficina. Encontré a Sally fornicando con un desconocido en nuestra habitación. Me quedé paralizado en el umbral del cuarto y mi respiración cesó. Ellos ni se dieron cuenta de mi presencia. No escuché nada, solo un agudo pitido en mis oídos. Un amargo pitido que crecía constantemente. Giré sobre mis talones. El zumbido era insoportable. Un rugido de calor recorría mis arterias para ir a estallar en el cerebro. Antes, mis amigos, me llamaban Carl. Nací hace cuarenta y tres años, en un pequeño pueblo deprimido al norte de algún perdido lugar del Sur. Llevé una vida responsable; amé a mi esposa y trabajé duro para ser un buen padre de familia. No sé ni si quiera si hoy es mi aniversario. De repente, mi memoria, se ha bloqueado.


Ahora estoy bajando por la calle principal. La acera está mojada, pero sé que no ha llovido. Los equipos de limpieza se afanan por barrer metros y metros cuadrados de escoria. Recuerdo que quise ir a ver el descenso de la corriente de un río, pero me quedé con las ganas: en mi ciudad no hay ninguno. Recuerdo que corrí todo lo que pude, dejando atrás mi alma, superando neones tentadores que surgían de estancias en las que colgaban cortinas rojas. Recuerdo que antes de salir de la casa que hasta hace un momento compartía, me cambié de zapatos y me puse un calzado más cómodo.


Hay poco ruido en las calles. La noche es fría y cerrada. Yo solo soy un lobo apaleado. Busco un bar. Todos están cerrados. Sus entradas son sordas y son mudas. Soy un inválido que se siente desplazado. El zumbido ha vuelto a taponar mi ser y con él, el calor ha regresado.


Me arrastro hacia la estación de trenes. Los lugares de tránsito son sitios concurridos a cualquier hora. Puedo encontrar a alguien a quién contar toda esta historia. Es curioso como siempre sufrimos. Aunque intentemos no hacerlo, siempre terminamos sufriendo.


Entré en la aséptica cafetería de la estación. El techo era muy alto. La luz, más propia de un supermercado, no dejaba ningún hueco para la intimidad y la confidencia. Ningún lugar donde el amor brotaría acurrucado debajo de alguna mesa. Me senté lejos de la barra y, lejos de la entrada, dándole la espalda.


Tomé café para empezar a acomodar el estómago. Luego el whisky recorrió mis entrañas, encendiéndolas. Mi cabeza daba vueltas al unísono del zumbido. Observé mi piel y sentí el peso de los años sobre mis hombros; asistí como espectador a un lúgubre desfile de espectros del fracaso y oportunidades frustradas.


En la barra de la cafetería hay una mujer que parece bebida. Tiene un físico bonito. Su pelo se enrosca en su nuca. Está pasada de rosca. Su cuerpo vibra bajo su ceñido vestido negro. Su bolso está en una mesa, solo, esperando su cita con algún ladronzuelo. Aquello me divierte. Sonrío por primera vez desde hace horas. Relajo la planta de mis pies y extiendo completamente sobre la mesa mis manos. El alcohol está haciendo su efecto. Está drenando mi cuerpo, elevándolo.


La mujer se contonea de un lado a otro de la barra. Tiene carreras en las medias, un pronunciado mentón y el rimel desperdigado por las mejillas. Su expresión y su mirada están pérdidas, lejos, en otro siglo. Decidí no pensar nunca más en Sally y así lo hice. La vida era muy corta para tener que cargar con los traumas. He envejecido a toda velocidad, como un tren. He descarrilado y nadie ha venido ha ayudarme. La vida no es ningún espectáculo. Esperamos, en una estación donde no pasan trenes, si no las estaciones de los años. Nos sentamos en el andén a esperar y mientras, pensamos que llegarán tiempos mejores.


Cuando fui joven imaginé mi futuro plagado de felicidad, pero siempre temí descarrilar. Esta noche ha sucedido. La megafonía anuncia la llegada de un tren con destino a algún lejano punto del Oriente. Un trayecto de una semana. Suena bien. Entonces, la mujer se derrumba sobre la barra, su tónica se vierte sobre su vestido y el camarero avisa por teléfono a seguridad. Pensé que esa chica iba a tener problemas por nada. Sé que el obrero siempre parte el brazo al obrero y, si puede, le arranca un trozo de pantorrilla. Fauces de tiburón en cuerpos de lobos: eso es lo que somos. Tomé otra decisión: no permitir el abuso ni la estupidez una vez más.


Me levanté de la silla y, tambaleándome, me dirigí hacia la barra. Crucé una mirada con el camarero. Sentí su reproche. Así es como se paga en nuestros tiempos la ayuda al prójimo. Los de seguridad llegarían en cualquier momento con sus preguntas y sus esposas y sus porras en alto y... la chica estaba como inconsciente. Tal vez el camarero pensó que tenía intenciones de abusar de ella. Pensó que sería un necio venido a menos, alcohólico y con ganas de juerga. Era la primera vez que bebía en años. Todavía no sabía que también sería la última. Por megafonía, anunciaron que el tren hacia Oriente acababa de hacer su entrada triunfal en la estación. El camarero se asomó por encima de la barra. Parecía un demiurgo tan inútil como todos los demás. Era solo un hombre feo que intentaba no asfixiarse en medio de una mutilada multitud con los bolsillos repletos de billetes y monedas. Un pobre zombi que nunca conoció en esencia la ilusión.


Tomé a la mujer, apoyando su peso sobre mi, intentando mantenerla erguida. Fui difícil hacerla caminar. Lentamente, llegamos hasta las taquillas desiertas. Encontré una abierta. Una jovencita delgada y de ojos tristes me atendió. Todos sufrimos, volví a pensar. De reojo vi como un grupo de seguridad entraba en la cafetería, desenfundando su arrogancia, portando aires de invencibilidad. Me alegré de llevar a la mujer conmigo. Pesaba como un auténtico demonio, pero no la podía dejar en manos de aquella jauría de lobos. A la chica de la taquilla aquella situación no le pareció tan normal. Logré convencerla de que era mi mujer. Me inventé sobre la marcha una estúpida historia: fuimos a la fiesta de unos amigos y ella se sintió indispuesta. Le enseñé mi anillo de matrimonio y accedió a venderme los billetes. Por megafonía anunciaron que mi tren partía en cinco minutos. Su salida era inminente. Me despedí de la taquillera y le dejé el resto del dinero que tenía. A la llegada a mi destino ya de nada serviría: otro idioma, otras gentes, otro dinero y, por encima de todo, otra luz. En mis oídos, cesó el zumbido que me había acompañado durante horas y comenzó el dulce y brusco tañer de las campanas.


Llegué con la mujer a cuestas a nuestro anden. Un fornido tipo de seguridad nos dio el alto. Yo le escupí a la cara los billetes de embarque. Aquello no le debió gustar. Hecho mano de su porra. Fue lento y, antes de alcanzarla, le di un fuerte golpe en la mandíbula. Trastabilló y se desplomó. Entonces me di cuenta de que mi anónima amiga también se había caído al suelo durante el forcejeo. Recogí los billetes y me arrodillé junto a ella para volver a levantarla. La jauría de lobos salía de la cafetería y se dirigía corriendo hacia mi. No se puede permitir a los demás que sean felices. La felicidad no es práctica. Se debe pisotear y de hecho, es pisoteada a sueldo. No tenemos hermanos ni hermanas. Olvidamos con facilidad el rostro de nuestros padres y sabemos que nuestros hijos no pensarán nunca en nosotros cuando nos marchemos.


Logré enderezar a la mujer. Estaba reaccionando. Balbuceaba algo incomprensible. Me vomitó encima. No sentí nauseas. Que volviera en sí era una bendición. Llegaron los de seguridad. Eran cinco y me apuntaban con sus armas reglamentarias. Nunca había estado en el objetivo de una mirilla, pero estaba acostumbrado a vivir en el campo de tiro en el que se ha convertido nuestra sociedad. Me di la vuelta. Al otro lado, a una distancia prudencial, lo mismo: cuatro gorilas apuntándome y gritándome palabras inconexas, sin sentido. Yo solo escuchaba las campanas que intentaban, sin lograrlo, tejer una melodía. Pensé que había olvidado el bolso de la chica. Poco importaba ya. Me di la vuelta de nuevo y comencé a andar lentamente hacia la entrada del vagón más cercano. Escuché, a lo lejos, disparos. Pude notar como las balas desgarraban mi piel y se clavaban, para siempre, en el interior de mis huesos. Las escalas de Bach y las de Rachmaninoff estallaron unidas en mi cabeza. Suites, Fugas y Conciertos. No pude alcanzar la escalera del vagón y caí al suelo.


Me vi rodeado de sangre. No sentí ningún dolor. La mujer de la barra estaba tirada a mi lado, despatarrada. El pelo se había escapado de la nuca y atravesaba la blanquecina piel de sus mejillas, surcadas por ríos negruzcos. Me miró a los ojos y pude apreciar su brillo entre su oscura melena. Me sonrío. En ese momento supe que había estado a punto de alcanzar la felicidad, que el esfuerzo, por una vez en la vida había merecido la pena. “Sé que hubiéramos sido felices de haberlo conseguido, pero también sé ahora que no nos dejarán envejecer juntos”, intenté decirla. Pero las palabras ya no anidaban en mi garganta. Entonces, le devolví la sonrisa y de mi ojo izquierdo brotó una lágrima furtiva. Una sensación de plenitud desconocida inundó mi cuerpo. Fui feliz durante un segundo. Cuarenta y tres años y un solo segundo de felicidad. Suficiente. La orquestación musical cesó en la cabeza. Cerramos los ojos a la par.


Ahora, solo veo y toco el silencio atravesado por un finísimo hilillo de plata. Es tan extraña esta vida. Todos sufrimos. Incluso los que intentamos no hacerlo, sufrimos. Estamos solos, siempre solos. Y, tal vez por eso, sufrimos.


lunes, 26 de febrero de 2007

El Cuento del Narciso


Un día, al final de la jornada, me contaron la historia de un apuesto y joven Narciso, que, cada vez que admiraba su reflejo, pensaba que era el ser más bello de la creación. Me cuentan que el Narciso, ayudado de la fuerza que proporciona el vigor y la persistencia de la curiosidad, cruzó el espejo y se adentró en una confortable cueva.

Las estancias y las grutas de la cueva eran recorridas por las suaves voces de pequeños duendecillos que cantaban, al unísono, baladas de amor. Estos duendecillos, me continúan contando, guiaron al joven e inexperto Narciso a través de recónditos pasadizos inundados de secretos y olvidados recovecos. Y me dicen que fue amablemente llevado hasta el umbral de una amplia estancia. Una estancia colmada de perfectas piezas de metal, relucientes a la vista, con forma de cubos, armónicos y regulares.

Tras cruzar el umbral de la sala, el Narciso, fue abandonado repentinamente por sus anfitriones. Con la marcha de los duendecillos, sus cantos se fueron diluyendo mientras la luz de la estancia comenzó a oscilar leve pero acompasadamente, palpitando sin cesar.

El Narciso, excitado por la curiosidad, sabiéndose descubridor de un tesoro, tomó en sus manos uno de los pequeños cubos de metal. No tardó en darse cuenta con amargura que las piezas quemaban al tacto, puesto que eran frías como puñales. En ese mismo momento, la seguridad que su espíritu albergaba, se derrumbó. Su rostro cambió y se contrajo violentamente a causa del dolor. La luz de la estancia aumentó considerablemente y esta luz contribuyó a dejar sordo el grito que brotó de las entrañas del Narciso, que, de pies a cabeza, comenzó a temblar.

Loco y con arrugas en el rostro, el anteriormente apuesto y joven Narciso comenzó a rebuscar entre las innumerables piezas de metal. Cada vez que entraba en contacto con ellas, una mezcla de dolor, terror e incomprensión asomaba a su rostro. Mientras, fuera de la estancia, las sombras se alargaban y deformaban dando forma a bailes macabros, que danzaban al ritmo que imprimía la luz que emanaba intermitentemente de la estancia.

La búsqueda desesperada del Narciso, cada vez más envejecido, parecía no tener fin. Los pequeños cubos eran lanzados con violencia de un lugar otro de la estancia. La luz vibraba toda velocidad, cada vez más excitada.

Un tierno duendecillo, cruzó el umbral de la estancia y se acercó a su huésped, momento en el cuál entabló una melódica conversación con el Narciso. En ella, el Narciso, atenazado por lo desconocido, pidió al duendecillo que le explicara si conocía la razón de su ansiedad. El duendecillo le contó entre cantos, que cada pequeño cubo encerraba dentro de sí las más mínimas historias individuales de amor no cristalizado. “Ese amor no correspondido es una fuerza tan grande que no se puede perder”, dijo, “por eso se convierten en pequeñas piezas de metal que se almacenan bajo tierra, protegidas por sus lugartenientes que adoptamos esta forma”.

El duendecillo, que se desplazaba con una cadencia perfecta, cogió uno de los cubos en sus manos y la estancia estalló en mil colores, mientras que un rítmico zumbido lo invadía todo. Y el duendecillo le entregó esa pieza al Narciso que, sumido en el más profundo desasosiego , cayó desmayado al suelo.

Me cuentan que luego el Narciso volvió a levantarse y que temeroso volvió a coger el cubo que el duendecillo le había entregado entre sus manos. De nuevo una luz y una vibración multicolor cobraron forma y sentido. Ríos de lágrimas se abrieron paso a través de sus mejillas. La infancia lo cubrió todo con su manto y los oídos sordos escucharon los tentadores susurros del pasado. Una sonrisa furtiva. El miedo que deja paso al placer. Experiencias inolvidables antes de las tres. Las miradas que cambian con los años y las relaciones que siempre quedan atrás. La soledad en compañía. Un rosario de penurias y alegrías. El sutil roce de su mano al terminar el postre. Lo mismo gatos salvajes que tristes panteras desengañadas. Y la tranquilidad que es propia de la estabilidad y la inquietud propia de la incertidumbre de la espera. Los sueños y las ilusiones reducidas a un puñado de cristales punzantes en la superficie del corazón. Y la última mirada, que se repite sin cesar mientras se pierde inexorable y lentamente en el vacío.

SILENCIO y OSCURIDAD.

Mis relatores me cuentan que el Narciso, visiblemente envejecido y con aspecto de agotamiento apareció en un paisaje envuelto por la niebla. Pasó, indeciso y vacilante, de la posición fetal en la que se encontraba a recobrar poco a poco la verticalidad y la compostura. Embobado y solo, se tambaleó por los caminos de una baldía estepa. Y lo que era un campo vacío se llenaba a cada paso de recuerdos, nostalgia y angustia. Figuras informes compuestas por jirones de niebla. Y ningún sonido, salvo el rugir del viento.

Finalmente, me cuentan que alguna vez el encorvado y envejecido Narciso, otrora apuesto y joven, ha sido visto cruzando las insondables profundidades de los bosques, cual duendecillo, buscando hasta el infinito pequeñas piezas regulares de metal, que, me dicen, encierran el desamor.

domingo, 25 de febrero de 2007

Ya lo arreglaremos en la postpro...

Cuando terminó el rodaje de Perceval, llegué a casa de mis padres en Zaragoza y me di cuenta que había estado prácticamente dos meses perdido en las montañas. Volver a la realidad fue rarísimo y muy jodido. Los primeros días no supe ni dónde coño estaba ni qué coño hacer. Tenía un montón de latas de película en mi habitación y el garaje lleno del atrezzo y el vestuario, ni los coches cabían. Después de ordenarlo todo, me largué a Madrid.

El primer fin de semana lo pasé con el móvil apagado. Tras dos putos meses en la naturaleza viendo las mismas caras, perderme entre el asfalto y la hostia de gente, era demasiado para mí. Quedé con Juanfran, el montador, para conocerle y quedar en fechas. Lo pusimos todo en marcha y, claro, llegó el día.

PABLO: ¿Y dónde está el sitio?

JUANFRAN: Al lado de la plaza de Chueca. Quedamos mañana a las 8.

Mereció la pena. Cada día que pasaba, le cogía más el gustillo de meterme en el metro con mi guión y mis notas debajo del brazo, camino de la sala de montaje. En realidad, Chueca a las 8 de la mañana es como cualquier barrio céntrico de cualquier ciudad. Un par de bares para los curreles y todo vacío. Daba gusto. Juanfran y yo nos echábamos unos tés de puta madre y nos íbamos a darle caña toda la mañana. La verdad es que llegaba la tarde y aún seguíamos ahí, la mar de a gusto. Estuvimos toda una semana, pero montar lo que es montar, fueron tres días. Eso he dicho, tres días.

No recuerdo cuántas horas rodamos, pero fueron unas cuantas. No porque hiciéramos tomas y tomas, sino porque habíamos estado 20 días rodando y eso para un corto es algo inusual. No era muy difícil elegir las tomas. Casi todo el corto está rodando en primeras y segundas tomas. ¿Para qué hacer más si está fabuloso?

Lo montamos en tres días, porque las cosas estaban claras desde el principio. De la manera en que ruedo, prácticamente es quitar las colas y los planos aparecen por si solos, claro que luego viene Juanfran y les da forma, de puta madre. Cuando empezamos ver que todo encajaba y que la cosa no pintaba nada mal, hicimos un pase de prueba para cabezas de departamento: Sergio (diseñador de sonido), Adriano (director de fotografía), Luis (diseñador de producción), Rosa (diseñadora de vestuario).

Ese viernes decidimos dejarlo así y no volver a él, hasta el lunes, para ir con la cabeza fresca. Yo fui con resaca, porque el fin de semana fue infernal. Una de esas veces en que tienes que pedir perdón a todo el mundo. Los que se cruzaron esa noche conmigo en La Latina, ya lo saben. Y, por si no lo dicho suficientes veces, lo siento.

Ese fin de semana, me di cuenta que lo que yo buscaba después de bajar hasta los infiernos (el rodaje) y sobrevivir, era la Redención. Sí, con mayúscula. Admitir que la has cagado es el primer paso, enmendar el mal hecho es más jodido. Muchas veces no sabes ni por dónde empezar ni cómo terminarlo. Sea como fuere, ese fin de semana fue crucial en muchas cosas, sobre todo en una: ya nada sería lo mismo.

Llegó el lunes y salí del metro. Mi homofobia heterosexual siempre me ha hecho pasar un poco de Chueca, pero esos días descubrí que es un sitio de puta madre. A las 8 de la mañana, claro. Sin nadie, sólo las calles vacías, el cielo plomizo y mis pasos dormidos. Pulimos el corto durante los dos días siguientes y tuvimos algo de lo que estar contentos.

A los pocos días hice algo que ya llevo haciendo un tiempo. Hay gente que sabe de cine muchísimo más que tú, son más profesionales, llevan la cabeza mejor amueblada, hacen las cosas mejor, saben cómo funciona el negocio mejor y se las han visto en situaciones más putas que tú. Además de todo eso, confías en ellos. En mi caso, son Vigalondo y Lamata. Ya les enseñé otros cortos y Noches Rojas en fase de montaje y siempre me abrieron puertas que yo no sabía que existían. No les he hecho caso en todo, pero en lo que lo he hecho, siempre ha sido para mejorar la película. En Noches Rojas, estaba tan horriblemente perdido que, entre los dos, me hicieron ver la luz. En Perceval, me dijeron unas cuantas verdades. Y fue duro. Ese día me cogí una enorme. ENORME. Como pocas me he cogido antes. Desde entonces, el pacharán está desterrado de mi dieta.

Muchas veces es difícil dar las gracias, pero a Nacho y a Miguel Ángel les debo más que eso. Han sido un faro, una guía, la luz al final del camino. Pero sobre todo han sido buenos amigos que me han ayudado. Y eso sí que es jodido de compensar.

Quería escribir esto para todos los que ha participado y están participando en la postproducción del corto, porque siempre se habla de los rodajes, pero nunca se dice nada del tajo que hay después, que no está nada mal. A Juanfran y a Eneko, porque han hecho un trabajo de la hostia, a Sergio porque es un genio, un Mac Giver del sonido, capaz de hacerte maravillas con los ojos cerrados, a Patxi por todas la manos echadas, los favores impagados y todas las cervezas pendientes, a Víctor por su Production Notes, por la web y todos estos días de locura compartidos. Estos días de etalonaje en Londres os tendré a todos en la cabeza.

Todo eso de las teorías de autor está muy bien, pero sin gente como ellos, no se haría ni una película ni media.

viernes, 23 de febrero de 2007

Perceval Now

Yo creo que una de las películas que más han influido en mi vida es Apocalypse Now. No sólo por la historia, no sólo por los personajes, no sólo por el director, no sólo por la circunstancias… es por todo. Y más.

Me parece una de las grandes, perfectamente a la altura de Ciudadano Kane, Blade Runner u otros greatist hits de las listas habituales en las revistas de cine. Recuerdo la primera vez que la vi. Me impresionó muchísimo. Veo en mi cabeza como si fuera ahora a Martin Sheen en su habitación de ese hotelucho de Saigón, agonizando. Veo a Robert Duvall gozando con el olor del Napalm por la mañana, veo a Marlon Brando acariciándose su cráneo calvo… Como si fuera ahora mismo.

Su final siempre ha sido muy discutido. A mí me parece formidable. Lo adoro, de verdad. Estoy acostumbrado a que la gente no comparta esa opinión. Me da igual.

Creo que todo lo que he hecho, de un modo u otro, se parece a Apocalypse Now. ¡Un momento! No me malinterpreten. No piensen que digo que lo que yo he hecho se acerca al nivel de esa película, pero los que vivimos, como dijo Vigalondo, intentando hacer sucedáneos de Boogie Nights, tenemos siempre un objetivo en la cabeza. El mío es Apocalypse Now. Soy demasiado inepto como para conseguirlo, pero lo suficientemente estúpido como para caer una y otra vez en la misma piedra. Perceval es el claro ejemplo de ello.

Cuando, hace ya tres largos años, empecé a preparar Perceval, sabía que sería una empresa titánica, difícil y arriesgada, pero no podía imaginar cuánto. Por el camino ha pasado mucha gente, algunos de ellos han estado desde el principio, otros han aparecido, otros se han largado a mitad de camino y a otros los he mandado yo a paseo.

A mí me gusta arriesgarme y hacer cosas que parecen imposibles, superarme a casa proyecto que emprendo y que ello implique todo lo profesional y todo lo personal. Si además, eso implica envolverte en la naturaleza y perderte en las montañas durante un tiempo, a mí me parece la gloria. Cuando Francis Ford Coppola dice que en un rodaje mastodóntico, un director de cine es posiblemente una de las personas más poderosas del universo, no va desencaminado. Quizá no sea del universo de los funcionarios y financieros, pero basta con que lo sea de su propio universo endogámico. Cuando tienes a tu disposición a un gran número de gente, dinero, material, talentos, tiempo e ilusiones te sientes como si fueras Dios.

Claro, que nunca piensas que un rodaje te va a costar la salud, la ruina, amigos que dejan de serlo, novias que dejan de serlo, colaboradores que dejan de serlo y todo lo que conlleva una experiencia brutal y auténtica. Por otra parte, también hay que decir que conoces a otra gente, con muchas ideas que te abren nuevas metas y que sabes que en el futuro te ayudarán a hacer lo que quieres hacer en esta vida. Pero cuando los concursantes de Gran Hermano salen de la casa y no pueden hacer frente a la realidad, AHORA LOS ENTIENDO.

Aquellos días en mitad de la nada fueron muy duros, las más de las veces una océano de extremo agotamiento. Pero fueron increíbles. Fueron irrepetibles. No los cambiaría por nada del mundo. Ver ponerse el sol tras las murallas de Loarre, con un centenar de gente vestida y armada, corriendo de lado a lado, voces, gritos, golpes de espada, caballos a toda leche, nervios, uñas carcomidas, megáfonos, walkis, chasis que se cambian, cosas que fallan, cosas que salen bien… todo eso no tiene comparación con nada en el mundo.

Loarre no es Filipinas, pero puedo entender lo que sintió la gente allí. Es la sensación de ir a otro mundo, a un lugar sin ley, donde tú pisas la realidad con cada paso que das. Un mundo que es tu realidad por completo, donde esa delgada línea roja que es la frontera entre ficción y realidad deja de existir. Por eso, cuando vuelves al mundo real, nada es lo mismo.

No sólo por mí, sé que mucha gente volvió del rodaje y, efectivamente, dejó sus estudios, dejó su trabajo, dejó su casa, dejó a su novio, dejó a su novia, dejó todo. Es como ir a una guerra, pero para niños pijos: sabes que nunca lograrás superar lo que viviste allí, al menos en mucho tiempo. Necesitas acción, estar donde silban las balas. Ya nada es igual.

Ha pasado un tiempo desde que todo ello acabó y, cuanto más habló con la gente que estuvimos allí, en primera línea de fuego, más me doy cuenta de que no lo hemos superado, de que nos ha cambiado, de que somos otros y aún no lo hemos podido asimilar. Tardaré años en poder explicar porqué tenemos todos esta sensación, porqué estamos todos tan sensibles, porqué somos tan sinceros y porqué estamos siempre con las emociones a flor de piel, como si hiciera dos días que estamos enamorados y no supiéramos expresarlo. Tardaré tiempo en poder explicarlo, porque no tengo la distancia necesaria para poder entenderlo, pero me doy cuenta de ello, de que esta película nos ha cambiado. Nos sé si nos habrá hechos mejores personas o no, pero nos ha hecho distintos.

Versionando a Michael Herr:

Hay quienes tuvieron infancias felices, nosotros tuvimos Perceval.