martes, 30 de enero de 2007

La Teoría de la Gran Conspiración (vol. 1)

Siempre he mantenido la creencia en lo que, con multitud de diferentes nombres, puede englobarse como una Gran Conspiración. Esto no es ni más ni menos que la realidad escondida bajo la superficie de la mayor parte de las acciones que, nosotros la humanidad, nos dedicamos a perpetrar.

Hay gente mucho más experta y que conoce el tema más profundamente. Hay la hostia de libros explicándolo, yo no voy a ahondar en retorcidos debates y profundas reflexiones. Sólo voy a exponer lo que parece más relevante: La Gran Conspiración existe.

No es nada masónico, ni astrológico, ni profético, ni tiene que ver con el destino. Es ni más ni menos que la mano que se esconde después de tirar la piedra. Existe a muchos niveles:

Por supuesto, la de los gobiernos. Son acciones mediatizadas y a escala mundial, como pueden ser una elecciones en las que el recuento de votos no está nada claro, pero todo va adelante (¿nos acordamos de USA hace un poquito con el amigo Bush?), o una guerra (¿tantas hostias a lo largo de los años por un país que es el corazón de las plantaciones de opiáceos y mayor exportador de heroína?).

También está la vertiente en los avances científicos. Son mucho más específicas, para quienes les interesen, claro está. Como los virus que se incuban a los niños africanos para probar medicamentos que luego se venderán por millones en el primer mundo.

Luego está la mediática. Es decir, las razones que llevan a los medios de comunicación a defender una serie de cosas o a echarlas por los suelos. Ejemplos hay miles, en la tele, sin ir más lejos, que Cuatro sea de PRISA y, por tanto, pro-PSOE, y su color sea el rojo (¿casualidad con el color socialista?). En los periódicos es muy divertido leer una misma noticia, desde la óptica de distintas publicaciones. Claro está, que se podría decir que eso equivale a opiniones, a criterios de editorial y a cuestiones más personales que mercadotécnicas… Sí, claro. Y hay arco iris de colores a todas horas sobre nuestras cabezas.

Como, no. Está la medioambiental, donde se pone de manifiesto que la capa de ozono se hace pedazos (hace unos 20 años) y, a día de hoy, dicho agujero no existe. Ésta se relaciona directamente con la dietética o alimenticia, en la que unos alimentos malísimos, criticados por todos los médicos del mundo, pasan a ser buenísimos de la noche a la mañana o de estación en estación (el verano pasado, cuando en junio todas las revistas ensalzaban las ventajas de los helados, la falacia de que engordaban y sus bienes para la salud. Claro está, en junio).

No podía faltar la religiosa. A mi es que esta me fascina tanto, que no puedo ni entrar en ella, porque me muero de risa. Llevan 2000 años jodiendo y lo que les queda. Pero tienen mi admiración. Nadie ha conseguido hacer creer a tanta gente la importancia de la virginidad, la decencia, la familia y, sobre todo, La Culpa. Sí, con mayúsculas.

Y, aunque se encuentre dentro de la mediática, la cuento aparte: la cinematográfica. Quizá sea porque es la que mejor conozca. “Tiburón”: Tres hombres, Brody (el Gerald Ford, el americano de clase media cualquiera), Hooper (el judío tecnócrata) y Quint (el John Wayne chapado a la antigua, superviviente de la Segunda Guerra Mundial y apegado a los valores machistas y de duro trabajo) se van a cazar a un bicho que para cada uno de ellos puede significar muchas cosas (desde el comunismo hasta los hippies). En la novela sobrevive tan sólo Brody, claro está que la novela no tiene segundas lecturas. En la película, ¿quién sobrevive? Brody (el americano de a pie) y Hooper (el judío de la clase pujante). Muere Quint, el pasado, los antiguos valores. Y todo esto en un 1975 que supone la vida y la muerte de muchas cosas.

¿Por qué fracasan las películas renovadoras del Nuevo Hollywood que unos años antes triunfaban y Spielberg y Lucas ganan millones? Porque “La Guerra de las galaxias” o “Indiana Jones” son cine en estado puro, pero impiden pensar e ir más allá. Ya no hay desafío a la autoridad, ni radicalismo, ni objeción. Hay valores reaccionarios, una anticipación de lo que será la era Reagan (y que conste que creo que es mi época favorita).

“Acorralado”, es decir la primera película de Rambo, es un alegato a los soldados que vuelven de una guerra inútil que fue Vietnam y no encuentran su lugar en un país que les odia. El resto de Rambos son maravillosos, a mí me encantan, pero no son más que propaganda anti-comunista. La más divertida es “Rambo III”, donde el amigo Sly viaja a Afganistán a entrenar a esos entrañables musulmanes, los Talibanes.

Y esto se extiende no sólo al significado de las películas, también a la promoción, distribución y exhibición de las mismas. Porque no es casualidad que, cuando en 1989 Spike Lee partía como favorito para llevarse la Palma de Oro de Cannes con esa maravilla que es “Haz lo que debas”, fuera Steven Soderbegh quien le arrebatara el premio, la fama y el trono de la independencia con “Sexo, mentiras y cintas de vídeo”.

Para empezar, Spike Lee es negro. Soderbergh es blanco y judío. Spike Lee tiene un par y lo demuestra es sus películas más combativas, como en “Haz lo que debas”, cuando él mismo lanza un cubo de basura a la pizzería de Danny Aielo (italoamericano) y todos los negros del barrio queman el establecimiento de los blancos. “Sexo, mentiras y cintas de vídeo” es una paja mental de yuppies blancos de Batton Rouge, Louisianna, el corazón de Estados Unidos.

Cuando los 80, la década de la decadencia, estaban a punto de morir se veía si no cristalino, sí claro el futuro del cine (independiente). Había que integrarlo – si lo prefieren, el trillado “venderlo” – a la industria. Había que empezar a buscar héroes. ¿Quiénes fueron? Majos chicos blancos como Soderbergh, Tarantino o Kevin Smith. Irreverentes, cuestionables, cabroncetes, mariconazos… vamos los típicos mamones que prohibirías ver a tu hija. Pero no eran unos tipos peligrosos, no al menos como Robert Altman o William Firedkin. No eran tan hijos de mala madre. ¿Spike Lee? Se los hubiera comido a todos juntos. Un negro belicoso que llega a lo más alto y se convierte en el buque insignia del nuevo cine de final de siglo. Sí, claro y después le daban las llaves de la Casa Blanca a los Panteras Negras.

Si las conspiraciones no existen y todo es fruto de la casualidad, la entropía y el caos, todo se convierte en una manera muy fácil de despreocuparse de todo, de meternos un chute de opio a lo Karl Marx y asentir como bebés.

Cuestionar las cosas es el primer paso. El escepticismo es el segundo. Si hoy en día nos creemos todo lo que nos rodea, ya podemos irnos a la mierda, porque vaya futuro nos espera.
Y no es cosa mía, lean "La Gran Conspiración" de Gregorio Parra. Por lo de "Tiburón" y por muchas otras cosas. Como él mimso dice: "La Gran Conspiración. El poder, en última instancia, no es político sino económico. No está realmente en manos de políticos democráticamente elegidos, sino en manos de los que pueden poner y quitar a esos políticos. Todos los ejemplos anteriores, fueran reales o ficticios, argumentan que la Gran Conspiración existe y... ¿es real?"

Hay muchos Kissinger detrás de cada golpe de Estado, de cada acción militar, de cada debate político y cada medio de comunicación. No es una sola persona. Son muchas. Ése es el problema. Y luego ganan el Nobel de la Paz…

viernes, 26 de enero de 2007

Palabra de Lang

Antes de emepezar, una pequeña contextualización.

Fritz Lang, el director alemán de monóculo o parche en ristre, según se tercie, fue quién le dio la primera vuelta de tuerca al género de ciencia-ficción a través de películas como Metrópolis (1926) y La Mujer en la Luna (1928 ).

Fue el responsable de que el joven Luis Buñuel decidiera guiar sus errantes pasos hacia el cine, después de ver Las Tres Luces (1921).

Comenzó a utilizar la profundidad de campo con Los Espías, en 1928, doce años antes que Ciudadano Kane, de Welles (y sin Gregg Toland de por medio, todo sea dicho).

Con su saga sobre el Doctor Mabuse (1922) preconizó, durante la República de Weimar, el clima social y político que llevaría a Hitler al poder diez años después.

Este hombre, escapó de Alemania, menos de una hora después de que Goebbels le ofreciera el importante cargo de director de la UFA, seguramente el estudio más importante de la época.

Este hombre, repito, declara en una entrevista que le concede al anteriormente brillante Peter Bogdanovich en su libro Fritz Lang en América:


“Reconsideré el pasado –cuántas películas mías habían sido mutiladas–, y como no tenía la menor intención de morir de un ataque cardíaco, dije: CREO QUE DEJARÉ ESTA CARRERA DE RATAS”.


Ahí queda eso. A mi me parece ACOJONANTE.

Solo añadir, que desde que encontré ese párrafo, me siento un poco mejor.

jueves, 11 de enero de 2007

A Kurt Cobain le gustaba el pop

Allí estábamos, en aquél antro de poperos. La bebida sabía a rayos y la música a demonios. Me acerqué a pedir algo de música. Cualquier cambio sería como una bocanada de aire fresco en una fábrica de quesos.

YO: Oye, ¿puedes poner algo de los Skid Row?

DJ: ¿Qué?

YO: Skid Row.

DJ: Tío, no tengo nada de eso aquí.

Mamón. Su bigotazo le delataba. En otro tiempo había sido heavy, quizá no de pro ni jevi con j, pero por aquellos últimos 80 y primeros 90 le gustaba el metal, el grunge y cualquier cosa que tuviera caña. Ahora se avergonzaba de ello y tenía que ocultarse tras una máscara ultramoderna, sensiblera pero a la vez dura para parecer algo. Pero tenía la casa llena de sus discos viejos de Skid Row, Motley Crüe y toda esa peña... Ni siquiera rebajando el nivel a rock ochentero reaccionó.

YO: Oye ¿Y Huey Lewis?

DJ: ¿¿And The News?? ¿Pero tú de dónde sales, chaval?

Para eso sólo había una respuesta posible, para él, a esas horas y con todo ese alcohol encima.

YO: De la alcantarilla, ¿qué pasa?

Sus ojos se abrieron como platos, ya no supo qué decir. Mejor, no tenía porqué escucharle. A este tipo de gente, hay que hacerles un vacío especial. Son fantasmas, tipos extraños que aparentan ser lo que no son. Jamás podrían llegar a ser una Rata, son todo lo contrario, mequetrefes, cretinos que están deseando convertirse en jerifaltes de cualquier sucursal bancaria de mierda. Y seguir viviendo la noche, la moda y la juventud, a su manera. Claro, claro, claro.

Entonces apareció aquella chica que intentó presentarnos, que hiciéramos las paces… ¡Ja! ¿Paces? Pobre imbécil, espera que empiece a ver los murciélagos.

CHICA: Tienen un grupo. Les podrías hacer un videoclip.

Tuerzo el gesto. ¡Demonios, la cosa se pone divertida!

YO: ¿Qué tocáis?

DJ: Pop.

YO: Yo no hago videoclips de poperos.

Y salí de allí.

Camines por donde camines los ves por todas partes. Son los nuevos baluartes de la modernidad. Falsos intelectuales, falsos modernos de pro, falsos seres humanos. Jamás entenderé a los poperos. No entiendo su estética y no entiendo su música. Ni su forma de vida, ni esa manera de llevar las cosas.

Hay algunos jóvenes, muy jóvenes, pero yo hablo de los treinteañeros, de esos tipejos que hace quince años se hacían pajas pensando en Nirvana o Peral Jam, llevaban camisas de cuadros y pantalones de pana deshilachados. Sobre todo a esa marabunta de peleles que se volvían locos con película como “Reality Bites” o “Solteros”. Jajajajajaja. Menudos tipejos, esos sí que no son trigo limpio.

Las personas tienen que cambiar, claro que sí. No vas a pensar igual a los treinta que a los quince o a los dieciocho, pero una cosa es arrepentirte de tus actos y otra ser un falso. Hace diez años lo que ahora llamamos pop, se llamaba indie, a secas. Tardó poco en llamarse indie pop y, después, cuando las multinacionales se hicieron con la bandera de la modernidad, se quedó sólo en pop. Es un proceso lógico en una sociedad ultracapitalista, pero no es algo que tengamos que aceptar el resto de la humanidad.

El pop recicla muchas cosas, sobre todo en su estética, del grunge. ¿Casualidad? No lo creo. También hay mucho el punk. ¿Otra casualidad?

Y ¿por qué? Porque cuando los dioses caen, hay que reciclarse. Ya lo hicieron los Beatles en la India y Bob Dylan con el Papa. ¿Por qué no lo iban a hacer los hijos de Kurt Cobain con Franz Ferninand y toda esa gentuza? En el año loco de Nuestro Señor de 1971, ya se dio cuenta Hunter S. Thompson. No es cosa de hoy. Siempre toca reconvertirse. A mí me parece perfectamente, normal.

Lo único que me jode es que todavía hay demasiados mamones que no han superado la muerte de Kurt Cobain.

Yo me alegro de que esté dónde está, es más ojalá hubiera llegado allí mucho antes.

domingo, 17 de diciembre de 2006

La Conexión Francesa (1)

Infierno de cobardes


Mi hotel estaba en La Bocca.

La Bocca es el barrio de Cannes donde vas cuando ya no puedes hacer frente a lo que supone La Croisette: Familias playeras de clase media durante el día, pescadores con neveras repletas de vino por las noches. Mucha gente había llegado el fin de semana, gente honrada, buenas personas, pero que no tenían nada que ver con el Festival. Seguramente, el mismo tipo de personas que piensa que el guión de una película lo inventan los actores mientras ruedan. Veraneantes de fin de semana. Tipos majos.

Recorrí a pata los cuatro kilómetros que separan La Bocca de La Croisette. No te gastabas pasta y era un paseo agradable de alrededor de una hora, por lo que lo hice todas las mañanas. Veía a las parejas jugar en la playa y a los matrimonios lidiar con los críos. Las olas rompían su espuma azul y blanca en la arena cobriza y dejaba volar mis malos pensamientos en el calor apagado del mediodía francés.

Hay películas buenas, películas maravillosas, obras maestras, y luego, están las películas de Sam Peckinpah. Estaba aún en el hotel. Sentado en la mesa de la terraza, mirando la programación, intentando aclararme las neuronas mientras devoraba barritas de muesly, que es lo único que tenía a mano para comer. Vi que proyectaban Duelo en la alta sierra y salí a toda hostia para allí. Llegué justo a tiempo. Pero le cabrón del acomodador casi no me deja entrar, como no, porque era un puto francés fascista y cabrón.

- Cést ici le film? -.
- Pardon, monsieur? – el muy cabrón no me entendía, es decir, no quería hacer el esfuerzo entenderme, como todos los gabachos -.
- Parlez anglais? -.
Su mirada lo decía bien claro: Te voy a joder.
- Pourquoi no français? -.
- Mon français cést un peu… ? -.
- Passez, monsieur -.

Encontré refugio en los brazos de San Peckinpah (habéis leído bien, que es santo por lo menos) y vi Duelo en la alta sierra, presentado por varios colegas suyos de borracheras. Sus cuerpos decrépitos me deprimieron un poco, pero todo eso se diluyó en cuanto llegó el clímax y, con ese tiroteo, volví a recordar porque amo tanto el cine.

Hay algo en las películas de Sam Peckinpah que no hay en ninguna otra. Es un sentimiento. Yo le llamo intemporalidad. Es la atmósfera, la sensación que te transmite. Maravillas como Grupo Salvaje, La Huida o Pat Garret & Billy the Kid o también Quiero la cabeza de Alfredo García, Los Aristócratas del crimen o Convoy, y, por supuesto, La balada de Cable Hogue son obras maestras por derecho propio. Contienen un lenguaje único que muchos cabrones se han hartado de desvirtuar.

El viejo Peckinpah, alcohólico y cocainómano hasta la médula. Hacedor de un universo propio irrepetible. Algunos colegas suyos, como Arthur Penn, Martin Ritt o Robert Mulligan también llegaron a alcanzar ese sentimiento de lo intemporal.

Recuerdo la primera vez que vi La jauría humana. Creo haberla visto de crío, pero años después volví a verla y cambió mi visión del cine. Garci ha cagado muchas cosas, pero hay que reconocer, que a todos los descarriados de mi generación nos abrió un camino al conocimiento que, de no ser por él, es posible que no hubiéramos encontrado. Porque su programa en La 2 sirvió para que cinéfilos empedernidos como nosotros disfrutaran como enanos y aprendieran como profesionales.

Un día de finales de junio, vi La Jauría humana en mi piso de Madrid. La ciudad apestaba y hacía un calor de mil demonios, ni aún con todas las ventanas abiertas podías conciliar el sueño. Yo tenía la cabeza para reventar de tanto examen y tanta mierda y todo eso contribuyó a crear la atmósfera adecuada. En La Jauría humana ves realmente ese sentimiento de Fiebre del Sábado Noche, ese rollo destructivo socialmente aceptable de pueblos alcohólicos y perturbadores, sumidos en el sexo, la violencia y la perdición. Si alguna vez se vuelven a hacer películas como esas o como las de George Roy Hill, que alguien me despierte, hasta entonces prefiero seguir en mi estupor estupefaciente.

lunes, 27 de noviembre de 2006

Vivir para contarlo

"Esto es un volver a empezar,
sacar un revólver con canciones
en forma de balas de la nada y hacerlo sonar".

Así empieza el nuevo disco de los Violadores del Verso, no sé porqué pero me siento muy identificado con él. Quizá sea por sus letras, están llenas de frases como: "que le jodan al espejo, me sobra con la imagen que tengo de mí", "hasta las ratas tienen más corazón", "mi estilo es como el tacto de un dedo contento, pregúntale a las chicas del convento", "voy a beberme hasta las copas de los árboles, voy a tomar de todo menos decisiones", "un nuevo verso brota bajo el sol y es la culminación de mi crisis..."

Todos esos pedazos de verdad me parecen más reales que los charcos que pisas en las calles.

Quizá sea porque después de poner el mundo patas arriba y estar perdido un mes en las montañas, lejos de la civilización y la realidad hace que vuelvas convertido en una piltrafa. Nunca olvidemos que, ante todo, el fracaso. Es la esencia del Gonzo, del hunterismo y de todo que, con distintos nombres, en realidad son lo mismo.

En realidad todo esto del cine es apostar y no tener miedo de perder. De hecho, lo de perder tiene su encanto, sobre todo cuanto el resultado es tan bueno que nadie puede saberlo. Menos mal que todo está quedando de puta madre, sino ya sería suficiente para plantearse el suicidio. Para eso se hacen saltar las cuentas corrientes, los ánimos de la gente y todo lo demás.

Y que nadie se engañe, aún está todo por hacer.

La verdad es que le pedí a Víctor que empezáramos con esto para escribir y, ahora que estoy frente a la página en blanco, no es que no se me ocurra nada, es que no tengo ni putas ganas de hacerlo. En fin, hay días mejores que otros y el tiempo lo cura todo. Mientras tanto, con Bombay y Borsao puedes apartar los cuchillos de los enemigos. Lo demás es tontería.

En la próxima entrada me luciré, lo prometo. O no.

Esto sí es periodismo Gonzo.