miércoles, 16 de julio de 2008

Sajones lejanos

Este pasado  viernes, a pesar de la suspensión del Monsters of Rock por la lluvia, estuve con Biff Byford, cantante de Saxon, que a su vez, interpretó al Rey Arturo en Perceval. Entre otras cosas, hablamos del nuevo single que  sacarán el próximo enero, del cual  me encargaron el videoclip. "Fuck, you have to make it!", literalmente eso es lo que dijo.

En septiembre nos veremos en Londres y concretaremos detalles del rodaje y la postproducción. Para mí es una auténtica alegría encargarme de todo esto. 

Todas las ratas estarán invitadas...

Never Surrender!

lunes, 30 de junio de 2008

Los Cronocines

Es una verdadera alegría ver estos días carteles de Los Cronocrímenes en los cines de Madrid. No he vivido este proyecto tan de cerca como muchos de mis amigos o compañeros de piso, pero recuerdo esa tarde con Nacho, saliendo de su casa de Malasaña a ojear DVD's mientras me decía que había terminado la primera versión de Los Cronocrímenes, un guión que quería dirigir. 

Yo intuía que la astucia de Nacho inyectaría en ese título una dosis de acción, mala leche y hostias como panes como antes no se había visto en el cine patrio. Y, el viernes cuando la vi, lo primero que pensé fue: Joder, de puta madre, no parece española. Al que le parezca que esto no es un halago, que venga y me bese el culo. Los yanquis ya la han comprado para hacer un remake y, Amenábar aparte, a ver cuántos españolitos pueden decir lo mismo. 

Mi plano favorito es precisamente el primero de todos. Leí un guión primigenio hace tres mil años, por lo que tan apenas me acordaba de muchos detalles. Mucho menos, tenía en la memoria que el arranque fuera en el parking de un centro comercial. Cuando apareció esa imagen, pensé: ¿He venido a ver Jackie Brown?. En serio, me cautivó, creí estar  en otra película, en una yanqui con pasta, medios y la hostia. Todo el viaje que te adentra hacia el bosque mantiene el tono e, incluso cuando Karra Elejalde habla, no parece de aquí. Porqué insisto tanto en esto. Porque parece que, somos tan autocríticos que  no logramos distanciarnos con las películas de nuestra propia realidad patria, cuando tratan de un género específico yanqui. Los thrillers españoles no nos los creemos a menos que vayan medio en cachondeo. Somos así de cachondos. 

Los Cronocrímenes tiene la gran virtud de poder estar  rodada en cualquier  país, en cualquier idioma y con cuales quiera medios que tuviera. Es no sólo una  sorpresa, porque la mente preclara de Nacho nos ha brindado desde  el principio de su existencia de cineasta grandes sorpresas. Es, además de eso, un soplo de aire fresco en nuestro cine. 

El giro final funciona a todos los niveles y Bábara Goenaga deja  claro que es  una actriz de los pies a la  cabeza. A veces, su interpretación puede pasar desapercibida, pero es precisamente por esa naturalidad y ligereza que inyecta en sus gestos, en sus miradas y en sus palabras  por lo que se torna en un actriz como la copa de un pino. 

El viernes, día del estreno la vi. Un día antes, durante la semifinal de la Eurocopa, yo había huido del fútbol y había visto ese  peliculón de Sidney Lumet que es Antes que  el diablo sepa que has muerto. El domingo, en plena final, y tras darle un buen empujón al guión de La culpa aprieta más gatillos, la volví a ver. Sí, vi Los Cronocrímenes en vez de ver el puto fútbol. Y ¿sabéis qué? Que  estuvo de puta madre.

miércoles, 18 de junio de 2008

Si sangra, podemos matarle

Esta sí que duele. Quizá uno de los grandes tipos del cine de acción - de los 80 principalmente - murió ayer. Stan Winston, ni más ni menos que la mente preclara que creó a Terminator, Depredador, la reina madre de Aliens, los dinosaurios de Jurassic Park, el Pingüino de Batman Returns o el personaje protagonista de Eduardo Manostijeras, se despide de nosotros a causa de un cáncer del que ya venía quejándose hace tiempo.

En los últimos tiempos incluso se había dedicado a producir, siempre películas con un punto de fantástico y mucho de acción, como decía él. Tal fue el caso de de Km. 666, una pequeña pero entretenida teen movie con caníbales y la siempre increíble Eliza Dushku.

Es una grandísima pena que un tipo así se vaya tan pronto - aunque ya estaba mayorcito - nos quedarán sus películas y los maravillosos comentarios que hace en sus entrevistas para los DVD's, toda una lección.

In pace requiescat.

miércoles, 4 de junio de 2008

Ajuste de cuentas

Estos días le estoy dando bastantes vueltas a los proyectos que vendrán. Los que están a mi alrededor en este exilio madrileño, saben que no es nada fácil compaginar la inminencia de algunos proyectos personales con los que, de momento, dan de comer (nada nuevo para cualquier tipo en este sector). Sin embargo, poco a poco se ve una luz al final de camino.

De siempre he sido un impaciente. Pero un impaciente del copón. El tiempo y las bofetadas me han dado cada vez más paciencia. No esa sensación de rendirte, sino la aceptación de que no es tu momento, de que lo tuyo está por llegar y que - a diferencia de muchos que se duermen en los laureles - sino luchas porque suceda, no sucederá jamás. Cuando ocurre algún hecho de estas características, recuerdo las sabias palabras de Hunter S. Thompson: Be calm. Enjoy losing. Sabiendo entenderlo y regocijándote en el fracaso, sacando todo lo bueno de ello.

Proyectos (de los que dan de comer) se agolpan como el del amigo Bustamante. Uno de los nuestros está siendo toda una experiencia, de eso estoy seguro,  en perspectiva hay otros - posibles - con Amy Winehouse, Coldplay o Keane... Por otra parte, y si las circunstancias siguen tan proclives como por el momento, tendré el privilegio de dirigir buena parte de una serie que he contribuido a crear para una de las grandes cadenas de tele de este país. No puedo decir más datos por el momento, salvo que se sale de la norma de las series a las que estamos habituados aquí. Prometo un shock.

Pero además de todo esto, están los proyectos personales INMINENTES. Es muy posible que este verano le demos caña a un proyecto pequeño pero curioso, en un formato la mar de peculiar y con unas características nada habituales. Será en Londres, pero por el momento no digo nada  más. Esta cosita pequeña entra dentro de un proyecto más grande (de duración), que podríamos encuadrar dentro del formato largo. Sin embargo, es algo experimental y sórdido. Sí, sí, a Abel Ferrara le encantaría... 

He seguido las palabras de Scorsese en cuanto a eso de "escribe acerca de lo que conozcas" y estoy inmerso en los infiernos que la noche y  la demencia me fueron revelando. No quiero decir nada salvo que, por supuesto, todo estará ficcionalizado y que, mi mayor meta, es mostrar cosas que normalmente no enseñarías en una película. Cuando pienso en Perceval o Noches Rojas y la cantidad de escenas jodidas que dejé ahí, sin llegar hasta el extremo de que digas "joder, no me llevan hasta aquí normalmente en una peli", no puedo sino arrepentirme de no haber continuado e ir hasta el nervio principal. 

La culpa, la redención, la autodestrucción, la violencia, el sexo, las drogas y la inocencia perdida son los pilares donde se asienta la historia. No quiero ni decir el título porque barajo varios, aunque me encanta La culpa aprieta más gatillos. Será algo absolutamente underground antes del guión de largo con el que pienso dejar unas cuantas bocas abiertas. De ese sí que no digo nada. Cuando llegue el momento...

miércoles, 23 de abril de 2008

La propuesta más honesta (vol. 2)

¡Seguimos de celebración, continuando la programación de Peckinpah en la Filmoteca! Hace tan sólo unos días, Víctor, Marcos y yo pudimos disfrutar - una vez más - de esa agridulce mirada al western y al cachondeo que es La balada de Cable Hogue

Sin embargo, el domingo me quedé sin ver mi predilecta Los aristócratas del crimen (los avispados ya habrán percibido que mi sello actual se llama The killer elite). Dejé pasar delante a una chica que llegó a la taquilla a la vez que yo ¡y se llevó la entrada! No hablaré de la mala hostia que se me puso, pero sí que intentaré escaparme del inminente rodaje de Bustamante. Uno de los nuestros, para ver aunque sea el principio y las secuencia del aeropuerto. Ya sé que a la gran mayoría de los que la hayan visto - como es el caso del buen amigo Víctor - no la consideraban sino una soberana estupidez, pero a mí me llegó en su día, precisamente por su absoluta imperfección y malditismo y creo que es una de las obras representativas de la autodestrucción de su director y una muestra de esa especie de serie B de éxito que se puso de moda en los 70 y que tanto adoro.

Ayer, disfruté en solitario de Pat Garret & Billy the Kid. Debía hacerlo así, para reencontrar muchos de los fantasmas del pasado que se quedaron en esa película. The Getaway y Pat Garret son la cima de la carrera de Peckinpah, sus dos películas más redondas. Sin el virtuosismo de Grupo Salvaje ni la desmesura maravillosa de Quiero la cabeza de Alfredo García, son una muestra de un cineasta en plena forma, de ese momento del subidón, justo un instante antes de los efectos secundarios. Y  es que el cine de Peckinpah es imposible de entender sin el alcohol (y las drogas en su última etapa). El amigo Sam, que se curaba los catarros a base de palmeros de ginebra y whisky, estaba con el "puntillo" a la hora de hacer esas dos películas tan seguidas - son prácticamente del mismo año - en el 72 La huida y en el 73 Pat Garret. Después, el amigo descubrió la cocaína en cantidades industriales y eso se deja ver en las películas posteriores, como es el caso de The killer elite

En 1973 Peckinpah perdió toda la inocencia que le quedaba. Pat Garret está  llena de ella. No una inocencia de estúpido, sino inocencia en el sentido de honestidad. No dejó de ser honesto, pero toda  mirada amable al mundo, se borró tras esa película. En Alfredo García no hay ni un atisbo de esperanza, The killer elite es una canto de cisne totalmente angustiado, para qué decir nada de la agonía que inunda La cruz  de hierro y así puedo seguir con Convoy y Clave: Omega.

El momento en que Slim Pickens muere en Pat Garret, con Knocking at heaven's door y un sol mortecino en el horizonte, es la propia muerte de Peckinpah la que vemos en la pantalla. Significativo es que sea el propio Peckinpah interprete un pequeño cameo al final de la película como fabricante de ataúdes. Además, los hace todos para niños (¿símbolo de la inocencia muerta? ¿La muerte de Billy el Niño es la muerte de lo que  de inocente le queda?) y es él mismo quien dice una frase, como en voz alta, que es: "Tu peor enemigo está dentro de ti mismo".

Fue Peckinpah quien dijo que jamás había odiado tanto a la industria, como después de que  le machacaran Pat Garret, la que sin duda había sido su proyecto más personal y en la que había volcado más energías y esperanzas, pues no sólo es su último western, sino que es su despedida del mundo, ya que todo lo que viene después no son sino bosquejos del mundo moderno en descomposición al que él odia. 

Jamás he visto un western como ese, con esos escenarios, esa dirección artística y ese nihilismo impregnado en cada fotograma. Incluso cuando Billy cabalga con la puesta de sol, lo hace reflejado en un lago, es decir, con la imagen invertida, la antítesis del clasicismo. Los puebluchos asquerosos, lo hediondo de la sociedad del far west, los personajes andrajosos, viejos, sucios... el clima de favoritismos, influencias de terratenientes, el juego sucio de los políticos, aprovechándose de las vidas sin rumbo de los ciudadanos de a pie no han sido tan puros en otra película como en esta.

Cuando Pat Garret & Billy the Kid termina, la sensación que me queda es de un melancólico sueño que se esfumó, de esa libertad que se suponía que eran Los Estados Unidos y que fue aplastada por los dólares. De una tierra preciosa y en la que cabían todos, a un latifundio vallado. "Están poniendo vallas a esta tierra" dicen en casi todos los westerns de Peckinpah y es que así lo sentía él  en su corazón, como alambre de espino que se le clavara, cada vez que no lograba hacer el cine que le habían prometido.

Pero ¿qué podía hacer él, si él mismo era su peor enemigo...?

jueves, 17 de abril de 2008

La propuesta más honesta

Hay cineastas honrados, como John Ford. Honrados en el sentido de que sus películas, el cuanto al contenido, al fondo, al paisaje y al mensaje ofrecen una clara perspectiva determinada y al servicio de unos postulados morales claros, incluso moralistas. Son lecciones de vida y de conciencia social. 

En cambio, hay otros cineastas, como es el caso de Sam Peckinpah, que son honestos. ¿Por qué? Porque sus películas, su contenido, su forma, su trasfondo y su mensaje responden únicamente a su propio individualismo. La tesis de  su obra tiene importancia en cuanto a lo que el propio cineasta considera importante para sí mismo, no para la sociedad. Precisamente, esto se ve clarísimo en Peckinpah ya que la sociedad que se ve representada en sus películas no es el reflejo de lo que debería ser, sino el adiós de lo que fue. El mundo de Peckinpah se muestra siempre en pasado porque es un mundo que está cambiando, no es ninguna idealización del mismo.

Estos días estoy disfrutando de tener la Filmoteca Española al lado de casa y, con el buen amigo Víctor, he tenido el placer de admirar - una vez más - las películas de San Peckinpah (que sí, que sí, es es santo). 

Aún me quedan unas cuantas, pero hoy quería referirme especialmente a una de mis  favoritas - no sólo de entre todas las cintas del cineasta californiano, sino de toda la historia del cine -. A menudo  es una de las olvidadas en las biografías y, cuando se habla de ella, se hace siempre tratándola como una obra menor. Es muy posible que Junnior Bonner pueda inscribirse bajo el epígrafe de "obra menor", en el sentido de que no hace unos planteamientos  tan rotundos como Grupo Salvaje o Pat Garret & Billy the kid, o también porque Peckinpah la rodó entre dos títulos más conocidos como son Perros de paja y La huida (de todas sus películas, mi favorita).

Junior Bonner creo que es una de las mejores películas de Peckinpah, porque es muy posiblemente su película más honesta. Una historia que, aparentemente, podría ser una soberana estupidez, es  en manos de Peckinpah un soberbio fresco costumbrista que ya  quisieran muchos otros "cineastas de costumbres". En manos de otro director, no hubiera dejado de ser un vehículo para el lucimiento de Steve McQueen, repleto de rodeos tontos y un clímax visto mil y una veces en la que el héroe consigue ganar a pesar de las adversidades. Cualquier otro habría hecho un final de 3 horas, plagado de música dramática y retórica de salón. 

No recuerdo quién fue el que empezó a rodar la película, pero puedo adivinar que Steve McQueen, productor de la misma, vio esto precisamente: que iba a ser otra película pobretona sobre rodeos y vaqueros. No dudó en despedirle y sustituirle por Peckinpah, al que había conocido en los primeros días de rodaje de El rey del juego, antes de ser despedido y reemplazado por Norman Jewison. 

McQueen, quien más  de una vez ha confesado que lo que más le gustaba era conducir su camioneta y beber cerveza, supo al instante que Peckinpah era su hombre. Que él lograría hacerle parecer un campeón que ya no lo es sin restarle un ápice de gloria. Supo que Peckinpah lograría transformar una historia sosa en un drama familiar de perdedores, aprovechados y callejones sin salida. Además, sabía que rodaría los rodeos como nadie. 

La escena del desfile podría ser una estupidez, de no ser por el nihilismo de Peckinpah, que hace cabalgar a padre e hijo a través del establishment de Arizona y saltar a lo suicida del caballo sin otro propósito que  burlarse del diablo y reírse de ello.

Destacaré tres momentos donde se ve que Peckinpah no sólo es un director de acción, sino  que es, rotundamente, el director más honesto que ha dado Estados Unidos. El primero, es la cena que McQueen tiene con toda la familia, excepto el padre, claro, donde rebaña el plato de comida casera con ansia bajo los ojos inquisidores de su cuñada Ruth. Número dos, la secuencia donde padre y madre de McQueen se reconcilian en las escaleras que suben al motel donde todos suben a fornicar. Como bien decía Víctor, es ella la que inicia el ascenso, a pesar de que está harta de él, y Peckinpah sitúa su cámara con la soltura de quien tira unas fotos con una automática. Y, para acabar, mi favorita, la escena de la estación de tren. Donde McQueen le confiesa a su padre que no puede dejarle ni un chavo, porque está en la ruina. El padre le suelta  una colleja y el tira el sombrero. Hay un silencio estremecedor, solo ensombrecido por los cascos del caballo sobre el asfalto. El padre se levanta a recoger el sombrero, sabe lo que hay con total claridad: él y su hijo son iguales, dos fantoches, dos tipejos. Un par de ratas sin solución. Es igual que cuando McQueen va a ver a su padre al hospital con una botella de whisky escondida entre las flores, a pesar de que su padre tiene prohibido beber. 

El padre se levanta, recoge el sombrero y, por unos segundos, el tren pasa y los separa mientras sólo pueden pensar en el poco futuro que tienen.

Cuando veo a McQueen así, cuando le veo encajarse la mandíbula, cuando le veo abatido sin perder el orgullo veo a Peckinpah, un tío honesto consigo mismo y capaz  de irse de cabeza a la tumba por hacer lo que considera que tiene que hacer.

Y así le fue, claro...

P.D.: Por supuesto, Peckinpah adora la acción y en Junior Bonner aprovecha cualquier momento para experimentar y lucirse. Así es el caso de las excavadoras destrozando la casa del padre y los rodeos. Rodeos que yo no he visto iguales en mi vida. Menuda  película, ¡La fiesta del cine! Así salimos Víctor, Olga y yo gritando y llenos de alegría. Poquitas películas así, ¿eh...?

viernes, 11 de abril de 2008

Autocrítica (vol. 2)

Ayer estuve trabajando de ayudante de dirección en un spot. Es algo que no me disgusta en absoluto cuando el equipo es majo. David Acereto de director de fotografía, Roberto Cuadrado de jefe de eléctricos y Ángel Gómez de maquinista son buenas razones para aceptar. Si además de eso, sumamos que hay que coordinar como a 40 figurantes entre los que destacan dos bailarinas semidesnudas, un imitador de Chikilicuatre, un tipo vestido de Soldado Imperial de Star Wars, una rollergirl rollo California, una supermodelo, un Picachu, un tipo vestido de Globber Trotter, un Power Ranger, una brasileños que hacen capoeira y más cosas que me dejaré en el tintero, son todo argumentos para no perderse una ocasión así.

Ayer, durante la mañana estuve calmado, pero al llegar la tarde, con toda la figuración, estuve en mi salsa. Me di cuenta de la "importancia del factor humano". Las máquinas me apagan. De verdad. No necesarias, son fundamentales, pero no dejan de ser meras herramientas. Las personas me dan energía. No es ningún rollo boy scout, pero manejando a un grupo de gente, llevándolos al terreno que tengo que llevarlos, hacer bailar y pasarlo bien cuando el rodaje se complica, hacer que no se den cuenta de los retrasos y las cagadas, organizarlos por secciones y sacarlos y meterlos del set ordenaditos sin que se sientan corderos... todo ello me da la vida.

Y es una de las razones por la que a Perceval le sigue faltando alma. Por razones personales, Perceval me absorbió hasta tal punto que nunca llegué a gritar "¡acción!". Tampoco estuve manejando a los figurantes. Palabra por palabra le decía a Karl, mi ayudante, lo que les tenía que decir y él lo decía en alto. No era por mantener una distancia jerárquica ridícula, sino porque no tenía energías suficientes para hacerlo yo mismo. Precisamente por la GRAN CULPA que cargaba al estar haciendo ese MONSTRUO GIGANTESCO. 

La culpa puede apretar más gatillos que cualquier arma. Y te deja hecho polvo.

Así estuve yo durante Perceval y por eso no pude entregarme como yo hubiese querido. Sergio, el diseñador de sonido, siempre me lo decía: no disfrutaba porque no me veía a mí en mi salsa. Él, que me conoce perfectamente, sabía que yo - en mi estado normal - habría estado animando el cotarro, que habría logrado que los extras hubieran hecho todas  las locuras inimaginables y que todos hubiéramos estado deshuevados de risa.

A mi me encantan los rodajes complicados porque me puedo enfrentar a ellos como si se tratara de una batalla. No en un sentido malvado-militar, sino preciso y detallado. Para Perceval desarrollé algunas técnicas de Kubrick para manejo de los extras que, mejor o peor, funcionaron. Dividir a la figuración y que funcione es igual de satisfactorio que cuando ves por primera vez ese plano en el combo con el cual llevabas soñando un año y medio. Me recuerdo a mí mismo rodando Jinetes en la tormenta en Belchite, marcando el ritmo de los figurantes para que hicieran un bucle y pasaran una y otra vez delante de la cámara y pareciese que había más gente de la que realmente había. Pero claro, nunca les hacía ir en la misma dirección ni mostrar el mismo perfil a cámara, así siempre parecían distintos. Unas veces estaban más cerca, otras más lejos, unas hacia la derecha y otras a la izquierda... naturalmente todo se cocía tras la cámara, en plano parecía todo de lo más normal, pero detrás era un circo. No un desmadre, un circo. Marcando el ritmo, como una coreografía, la gente lo entendió a la perfección y sabían hacia dónde debían ir cada vez. Ese plano salió bastante bien. Ese día me lo pasé en grande. Ese rodaje fue un disfrute.

No recuerdo en Perceval un momento así. El asalto al castillo fue una gozada por el ambiente, por las risas con Sergio, por lo ridículo de algunas cosas... pero no lo fue por una organización milimétrica, y no porque yo lo hubiera preparado con minuciosidad con Karl semanas antes, sino porque yo no estaba encima de todos ellos dejándome la garganta y haciendo que se lo pasaran bien haciendo una de las cosas más putas que te puede tocar en un rodaje: ser un extra.

Ayer curramos un huevo de horas, trabajamos duro, lo dimos todo... pero todos salimos contentos y riéndonos. Algunos hasta terminamos en tarimas de discotecas bailando con las go-gos que se habían pegado el día bailando en el rodaje.

Eso sí es hacer cine.

miércoles, 26 de marzo de 2008

Un lugar para La Redención...

Hace poco, en las primeras páginas de un libro de Norman Mailer, me encontré esta cita de Edwin Arlington Robinson: Hay errores tan monstruosos, que no es posible arrepentirse de ellos...

Creo que, a partir de ese día, ha empezado a encabezar mi lista de sentencias y, porqué no, también mi forma de afrontar la vida y la bebida. Sí, sí, sí, toda una declaración de principios para acercarse a La Redención. 

¿O en el fondo no es más que auto compasión...? Hmmm

Sea como sea, el amigo Edwin dice unas muy sabias palabras que, quien no haya cometido una Atrocidad (así, con mayúsculas), jamás logrará entender. Y es que es verdad, que tras cometer un crimen enorme, la sensación de no poder hacer nada por remediarlo pesa como una losa... Pero, momentos de lucidez como éste pueden significar, de repente, un nuevo horizonte, si no lleno de esperanza, sí con nuevas vistas.

P.D.: Esta cita ha desbancado al segundo lugar a mi favorita hasta ahora, como no de Hunter S. Thompson: War is good business

El que no vea la ironía, es que no ve nada.

martes, 25 de marzo de 2008

Costumbres de Animal

Si no nos arrepentimos antes, el grupo de amigos - mas conocido como Las Ratas - intervendremos en otro blog - sin detrimento de este, claro - con unos fines totalmente distintos: informar al prójimo de esos bares, locales, garitos y restaurantes que siempre quiso frecuentar y nunca supo cómo. Una excelente excusa para marcarnos una ruta gastronómica, vamos...

Más información aquí.

domingo, 16 de marzo de 2008

La senda del pecador (Autocrítica)

Fue aquél día, justo antes de saltar del avión – en paracaídas, claro – cuando tuve la conversación que me hizo repensar en todo lo que Perceval había significado y significaba. Sin duda, había algo total y absolutamente claro: Lo peor que se podía – y puede – decir de él, es su deshumanización.

¿A qué me refiero? Trataré de explicarlo sin ser un coñazo. Quizá para contrarrestar mi efusiva manera de ser, me atraigan las películas frías. Quizá por eso mismo, un cineasta de mente maquiavélica y calculadora como es Kubrick, sea mi predilecto. Quizá por eso mismo, todo lo que he hecho tiene ese tufillo de frialdad y, claro está, Perceval es el perfecto ejemplo.

La primera versión – que data del año 2003 – era muy parecida a lo que finalmente ha terminado siendo, al menos en un sentido épico. Sí que es cierto que la historia era más larga y estaba tan solo centrada en la relación de rivalidad entre Perceval y Galahad, si bien sí que contenía un prólogo muy similar y el final, a partir de la pelea en el claustro de San Juan de la Peña – es la única escena que no cambié en ninguna de las 7 versiones del guión –, es prácticamente igual. Con el paso del tiempo, a medida que fui investigando más los relatos artúricos medievales, me di cuenta de un hecho que, en esos momentos, supuso una revolución: En todas las historias, los Caballeros de la Tabla Redonda eran un número en torno a 33. Eso antes de la Búsqueda del Grial. Una vez concluida, solo volvieron unos pocos, menos de 10. ¿Y qué se me ocurrió a mí? Pues que ninguno de ellos podía ser tan bueno como pintaban esas historias que, a pesar de que sí, lo sé, está todo influido por una postmodernidad bochornosa, actuarían por intereses propios y no sólo por la devoción a su rey. Es así como pensé en Galahad poniéndose al servicio del Papa.

Con un antagonista, me hacía falta el bueno de la película y, claro está, las razones de Perceval para combatir a Galahad empezaron a ser claras: No devoción por su rey, pero sí por su padre adoptivo. Y, a su vez, el hecho de que Perceval y Galahad, en un tiempo pretérito, fueron amantes.

Habéis leído bien.

Amantes.

La cuarta versión del guión nunca llegó a tener escenas homosexuales, pero sí fue la que más se acercó a esta idea. El hecho de que la mayor motivación para la rivalidad entre Perceval y Galahad fue una relación sentimental. Mi idea era más o menos la siguiente: Cuando el joven Perceval llegó a la Corte, no era más que un efebo sin letras que se vio catapultado en un mundo inimaginable. Arturo vino a sustituir su figura paternal ausente, pero en su latente adolescencia, conoció a Galahad, un apuesto noble normando con más experiencia que él, con dotes de astucia, con una predilecta inclinación por la dolce vita y un seductor aire de madurez atractiva. Naturalmente, Perceval cayó bajo sus encantos. Tampoco quería verlos en pleno acto, pero sí demostrar que Galahad le tenía a su merced. Sin embargo, con el paso del tiempo, coincidente con el distanciamiento de Arturo y Galahad a causa de las tensiones históricas entre normandos y sajones y su asociación con la Iglesia, Perceval se ve forzado a dejar sus relaciones con Galahad y escudarse en un amor paterno filial – sin segundas lecturas, por favor – con Arturo.

¿Qué ocurrió para que, si bien hoy día se entreve algo de todo esto, no esté en la pantalla? Pues ocurrió Brokeback mountain. Y claro está, no quería que de Perceval dijesen que era un Brokeback pero con caballeros en vez de vaqueros. He ahí, mi primer gran error. Igual que acepté que la gente me tocara las narices con el latín y me dijera que era una Pasión de Cristo pero con Perceval, tendría que haber aceptado que la gente dijera lo mismo respecto a una historia homomedieval.

Seguramente, Perceval tendría mucha más alma, si detrás de todas esas ideas maravillosas de épica – a las que fui arrastrado y debería haber puesto freno – tuviera otra historia más rompedora, o al menos inesperada. No estoy hablando de originalidad, sino de sentido. Que una historia como Perceval tenga sentido en estos días, debe ser porque hay algo que la sustenta como capaz de tomar parte en el día a día de hoy. Quizá la humanización de una pasión homosexual lo habría hecho posible. De igual modo, que hasta la quinta versión se mantuvo un tono ligeramente sarcástico, al estilo de Robin y Marian y que, poco a poco, se diluyó en la épica.

Eso es lo que más echo en falta hoy en día, pero claro está, hoy puedo verlo con la distancia del tiempo y la culpabilidad. Hoy la veo con un camino recorrido que entonces no llevaba y con los humos bien bajos después de haber descendido a los infiernos y haber vuelto para mirarte en el espejo y darte cuenta de solo hay camino hacía delante.

Quizá todo tenga su sentido, pero estoy seguro de que Perceval se vería con otros ojos, si hubiera tenido un aire teatral – al estilo Kurosawa – como busqué en un principio, y deseché, claro. Al igual que si la historia central fuera la de dos antiguos amantes homosexuales en el siglo XI que, intenta matarse a toda costa, con ese Mc Guffin que sería el Santo Grial. Y, claro está, todo eso tendría su sentido, si Perceval fuera una pieza irónica y hasta socarrona. No digo monthypitoniana, pero sí al menos revisionista desde un punto de vista humorístico – aunque sin entrar en la parodia, claro está –.

Pero para eso hacemos películas, para pensar en cómo nos habría gustado que fueran…