domingo, 19 de agosto de 2007

Pirineo Perceval

Sí, cielo. Estuvimos en el cielo.

Quizá sin darme cuenta, he intentado alternar un rodaje en la ciudad con otro en la naturaleza. Hice Tras los pasos de Alcázar en un montón de sitios, casi todo exteriores; luego me encerré en un parking infernal para Parking. Después, me retiré al desierto con Huida a toca teja, antes de volver de nuevo a las calles para hacer Noches Rojas. Así que, estaba más que emocionado cuando salió adelante Perceval, porque sabía que iba a rodar en plena montaña, en escenarios naturales maravillosos, alejado de la civilización. Y a mí, eso, rodar en la naturaleza, me gusta más que nada en el mundo.

El primer día de rodaje fue en Panticosa. Arriba, donde está el balneario, en una cascada increíble de la que bebíamos agua directamente. Rodar allí no era nada fácil, se tardaba mucho en acceder, había que hacerlo con 4x4 y para colmo yo había preparado la pelea que tiene Perceval con los soldados de Galahad, subiendo las rocas por la cascada. De modo que, cámara al hombro, escalábamos plano a plano cada peldaño. Recuerdo cuando fuimos a localizar por primera vez. Estaba emocionado, trotando de roca en roca, cruzando de lado a lado de la cascada, mientras Adriano se acojonaba. Sabía que iba a ser jodido trabajar allí, pero estaba deseando que llegara el día. Manolo, un gran amigo que me ha acompañado en infinidad de rodajes, tiene la teoría de que cuanto más en contacto estés con la naturaleza, más energía recibes de ella. Esos dos días en Panticosa, yo estaba tan contento de poder rodar allí que estaba todo el día escalando las rocas, subiendo y bajando, tirándome por el suelo para indicar los encuadres, bebiendo de las caídas de agua…

Durante ese tiempo vivíamos en Jaca. Yo recuerdo las mañanas de ensayo en casa de Álvaro con Eus e Iván, en la terraza, justo debajo de la Peña Oroel, mientras Marta nos preparaba tacos de queso y nosotros destripábamos libros de caballería. Era como cuando vivimos en Loarre y venían ellos dos a mi casa y nos subíamos a la terraza con unas cervezas, el guión y mirábamos el castillo mientras hablábamos en latín.

Cuando localizamos el castillo por primera vez, recuerdo que al estar frente a él, me quedé quieto por la emoción. Aún no me podía creer que fuéramos a rodar allí. Era el sueño de toda una vida. La sensación que producía ver esas torres con el sol poniéndose no tenía comparación. Recuerdo un día que subimos con Patxi y estuvimos allí sentados, mirando el atardecer, sólo por verlo. Cuando llegó el rodaje recuerdo que la noche que más disfruté fue la que rodamos en el bosque el ataque bárbaro. Era justo la noche siguiente a que la cámara se rompiera y trajeran una nueva de Londres. También era el día después de mi botella de Bombay Shappire y tenía esa tranquilidad que te dan las resacas ligeras. Recuerdo estar recostado en la ladera del monte, Diego con la cámara al hombro y no sé quién diciéndome que si quería el monitor. Dije que no, que no me hacía falta. No sólo porque prefería ver la cara del actor ahí, en vivo y en directo; también porque ya llevaba suficientes días con Diego y confiaba en que iba a hacer lo que yo esperaba de él. Lo hacía incluso mejor. Óscar, uno de los eléctricos, me dijo que Mario Camus nunca utiliza monitor. Y yo me agarré a un árbol para ver la toma en vivo. Toda esa noche fue maravillosa, montaña arriba y abajo, subidos en el andamio para hacer el plano cenital, con Javi (de EFE-X) haciendo saltar la sangre a borbotones, ¡qué majo que es!

Luego vino el Día-D. Ése era el día del saqueo. El día que debíamos armarla muy gorda y que teníamos a un centenar de pavos vestidos y armados, dándose de bofetadas. Con fuego, humo, caballos, halcones, ovejas, cabras, gallinas, andamios de 8 metros, arqueros, lanceros, escoceses locos, niños… Una bandera colgada en lo más alto de la torre más alta, una catapulta (de Paul Verhoeven) que tenía que subir una grúa hasta donde le dije que la colocara y un montón de turistas que nos jodían con los flashes de sus cámaras de fotos. Para colmo, todo en hora mágica. Y fue mágico. Durante todo el día, la niebla cubrió todo el valle y parecía como si estuviéramos encima de las nubes. Fue una sensación única. Nina, la video assist, había roto todos los monitores (incluido el de Sergio) y no pude ver la escena. Tenía que confiar en Diego y, que días antes hubiera confiado en él, me dio seguridad cuando al acabar una toma el decía: “Hay que hacer otra”. Cuando tienes escenas de este tipo, solo hay un modo de hacerlas: Tirar todas las tomas que te permita el sol. Cuando se haga de noche, se acabó. Con más razón si, como era el caso, es un plano secuencia. Hicimos 9 tomas, las que el sol nos permitió. La que está montada es la toma 8. Diego me dijo en el rodaje, que solo valdrían la 8 o la 9, que él pensaba que era mejor la 8, pero quería tener otra opción por si acaso. Acertó. Sergio y yo estuvimos riéndonos durante esa escena, por lo surrealista de toda la situación, pensando en que le plano de nuestra vida había estado allí y no podíamos saber si lo teníamos allí o no, hasta que no viéramos el telecine. Algo después, en Madrid, en mi proyector lo vimos. Toma 8. Sergio y yo brindamos para celebrarlo.

Desde que Max apareció por el rodaje, me fui todos los días al rodaje con él en su Land Rover vetusto, con todas sus cintas de gaitas escocesas. Hablábamos del paisaje, de la naturaleza, del pasado… Fue como aquella tarde en que rodamos por segunda vez el plano de arranque de la película, con la cámara recuperada. Terminamos pronto y vi que Andrew se quedó haciendo fotos del atardecer en el valle. Me acerqué y nos quedamos allí un rato, mirando cómo se desvanecía la luz, sin apenas hablar, quizá comentando alguna tontería del sol en los árboles, de la sombra de las montañas y cosas así. Por el walkie sonó que yo debía ir al set. Le dije: “Let’s go”. Andrew asintió y dijo algo así como: “Has been an amazing moment”. Le sonreí y asentí. Sabía que no sólo se refería a la puesta de sol.

Estar allí, en las montañas, perdidos en la naturaleza, todos aquellos días… fue quizá lo mejor que nos trajo Perceval. Estoy deseando volver.

jueves, 16 de agosto de 2007

Val del Omar: Aguaespejo Granadino


Desde hace un tiempo dedico mis ratos libres (que creanme, son muchos) a investigar y estudiar la marginal y quijotesca figura del cineasta y poeta granadino José Val del Omar; desde mi punto de vista, el más genial creador cinematográfico de toda la historia del cine español y uno de los pocos cineastas experimentales que ha trabajado de manera constante hasta su muerte, el 4 de agosto de 1982.

Actualmente sólo se convervan poco más de cinco horas de la producción fílmica que realizó a lo largo de su vida; el resto se perdió o fue destruido. Este dato no es obstáculo sin embargo, para que podamos considerar a José Val del Omarest como un pionero del arte cinematográfico a la altura de Chomon, Méliès, Gance o Murnau. Así, la inquietud de Val del Omar no sólo se dirigió a la práctica fílmica, si no que simultáneamente desarrolló una importante faceta técnica. Así, fue el responsable de la invención del zoom, el precursor de sistemas que trascienden la estereofonía y el cine expandido, ...

Poco a poco iremos conociendo más de sus increibles hazañas. Para empezar, disfruten de las siguientes inserciones de Youtube, que conforman la totalidad del cortometraje de 23 min. que Val del Omar realizó entre 1953 y 1955. Su título: Aguaespejo Granadino.

Sean pacientes con él: merece la pena.

VB








martes, 14 de agosto de 2007

Apocalypse post

Creo que una de las mejores personas que conozco es Sergio. Así de rotundo, seguro y tranquilo lo digo. ¿Por qué? Porque es un tío grande. Porque además de ser una buenísima persona, es un profesional de la hostia. Porque además de ser un profesional, es un genio, un mago del sonido. Y porque, además de todo eso, encima tengo la suerte de poder decir que es mi amigo.

Nos conocimos hace ya unos años en el primer piso que compartí en Madrid. Le puse Parking y estuvimos hablando de Silvestri, de Goldsmith, de Williams y de Poledouris. Y hasta le hablé de Perceval. Claro eso era hace la de dios, cuando era casi una mera quimera, unas cuantas líneas endebles en un guión que no sabíamos si podría ver la luz. Así que nos centramos en lo que ese año íbamos a poder hacer: Huida a toca teja.

Yo recuerdo estar con él, encerrados los dos, pegados al monitor en el desierto de La Muela. Pero recuerdo más aquellos días de montaje en Bilbao, cuando íbamos al Don Jamón y nos poníamos hasta arriba. Y recuerdo las mezclas, él volviéndose loco para poder llegar a Zaragoza y acabando a las mil de la madrugada y volviendo a casa en su Opel negro.

Luego llegó Noches Rojas, y le recuerdo tan jodido de frío como yo, acurrucado en su Mac en la calle Mayor. Y luego empezamos a montar – este otoño, dos años después, terminaremos – y me acuerdo de ver episodios de Corrupción en Miami, un instante antes de ver el premontaje de los 85 minutos y él diciéndome que la persecución debería ir sin música y yo darme cuenta de porqué él diseña el sonido. Sabe lo que sabe y punto. Cuando le entregué todo el doblaje se rió como se ríe él cuando sabe lo que le espera. Hicimos aquellos 12 minutos para mostrarlos en el Festival y cuando fuimos a hacer las pruebas, no le dejaron ecualizar (para colmo el proyector estaba desenfocado) y claro, se escuchó como el culo. No lo sé, porque no me dejaron entrar y no fue ni la primera ni la última vez que me ha pasado. Pero menudos días tuvimos entonces en Zaragoza. En el Zorro y en el Tribeca y en La casa del loco.

SERGIO: Hoy vamos a beber Bombay, pero Bombay Sapphire. Está tan bueno, que se puede beber sólo.

Y me hizo cambiar el ron por al ginebra y todo empezó a ser mejor. Y en el rodaje de Perceval, cuando se jodió la cámara, cogí la botella de Bombay Shappire que tenía en la nevera de mi casa, reservada para él y para mí – cortesía de Patxi – para el último día de rodaje y me la bebí solo y a palo seco. Al día siguiente estaba como una rosa y listo para poner todo patas arriba.

Recuerdo cuando hablábamos en Madrid de lo que sería Perceval. Cuando llegó a Jaca, yo estaba con Adolfo intentando buscarle. Llegaba él, Óscar y Víctor desde Madrid en un viaje kamikaze de los que le gustan a Sergio. De repente, ahí estaba y nos abrazamos como hermanos que hace tiempo que no se ven. El primer día de rodaje, Karl – mi primer ayudante – no daba ninguna indicación al sonido (en Noruega deben hacer películas mudas). Cuando acababa una toma, yo me acercaba a Sergio y hablábamos de cómo había ido. A veces, simplemente él levantaba el pulgar y me guiñaba el ojo. No hacía falta más. Eso fue en San Juan de la Peña.

En Loarre, yo le recuerdo en mi casa, tomando cervezas después de rodar y hablando con Víctor de que lo que hacíamos no tenía sentido: Una recreación histórica con la última tecnología. No tenía sentido que hablaran en latín y lo captáramos con nuestros micros, porque eso rompía el rigor histórico. Sólo Sergio puede decir algo así. De eso mismo hablamos unos meses después él, Víctor y yo en mi antigua casa de Oporto…

Poco a poco surgieron las Ratas. Allí, en mi casa, con los que nos juntábamos cada noche: El Panchi, Edgar, Sergio, Óscar, Víctor, Eus, Jesús, Michel, Antoine, Álvaro... y poco a poco, fuimos la piña. Los de foto siempre comen juntos, los actores suelen juntarse entre ellos, los de arte son un grupo bien formado y Las Ratas nos sentábamos en nuestra pequeña pero romántica mesita. Éramos como ocho en una mesa de mierda, pero bien orgullosos en nuestra soledad. Como cuando Patxi llegaba en el último plano con la nevera que él y Edgar habían llenado de Judas y Bombay y con el último “cut!” se oía: “Chi-chin”. Las Ratas nos hizo unirnos aún más y por eso, lo único que se puede leer en español en los créditos del corto es eso: “A todas las ratas”.

Cuando estuvimos montando Juanfran y yo el corto en Madrid, Sergio vino a verlo y a repasar todo lo que iba a hacer falta para el montaje de sonido. En la pantalla del ordenador teníamos un par de post-it, a mi el que más me gustaba es el que tenía esa frase de Verna Fields, “mothercuter”, la montadora – entre otras – de Tiburón: “If you can’t solve it, dissolve it”. En español no tiene gracia, pero es que a Juanfran le parecía que eso de los encadenados estaba muy mal, hasta que vio que no estaba tan mal. Y Sergio y yo empezamos a juntarnos en Pacífico a revisar todo y darle vueltas. Cuando me puso su primer montaje de sonido el corazón se me aceleró a mil.

Recuerdo cuando decidí volar a Londres con los 12 minutos de Noches Rojas. Fue por la escena de la mano atravesada por el clavo. Sonaba como los ángeles, sería más correcto decir como el infierno, pero la cuestión es que era una maravilla. Sergio coge el sonido directo y lo lleva a otro nivel. Lo mismo hizo con la escena de la Tabla Redonda.

Y allí estábamos, con la duda de si largarnos a Londres a mezclar o mezclar en Madrid. Finalmente mezclamos en suelo patrio (volvimos de Londres sin un duro, tanto que en Gatwick tuvimos que subir al avión con 25 kilos de película cada uno y convencer a las fuerzas de seguridad del aeropuerto más paranoico de Inglaterra de que no eran bombas). Allí íbamos, Sergio conduciendo, recordando los días de doblaje con Pablo y Jorge, con Kid Rock a todo trapo. Y por esas circunstancias de la vida, las fechas no coincidían y yo estaba rodando algún spot insulso el día que nos asignaban para terminar y no pude estar en la mezcla final. Sergio me miraba y yo le decía: “Confío en ti, coño”. Y yo estaba allí, en medio de la nada, rodando con un tipo que no sabía hablar y él me llamaba y por teléfono me ponía la película entera. A mi no me hacía falta, sabía que estaba bien. No sólo bien, mucho más que eso. Porque si Sergio le daba el visto bueno, el resto de palabras sobra.

Y lo más gordo, es que Sergio no pudo acudir a ningún estreno. No lo ha visto proyectado en 35, a excepción de la mezcla final. Últimamente cuando nos vemos nos dedicamos a hablar, pero no de cine. Hablamos de la vida, de las hostias, del fracaso, de los golpes de la vida.

Hablamos incluso en pasado, porque sabemos lo que nos espera. Con él, al fin del mundo.

Letras en el Exilio

Ahora que ya he terminado el viaje (exilio, le llamo yo) que inicié hace un mes por las tierras del norte y que me llevó hasta Barcelona, es hora de ir publicando algunas de las cosas durante aquel intervalo quedaron escritas...


Caminas sujeta por ríos de plata.

Dulces los pétalos de tus flores al amanecer.

Marchita y lúgubre: mi esperanza de encontrarte.

Ensoñador y vago como la tiniebla.

Al norte y al sur.


Una figura delgada y sin vestir,

que anuncia lo mejor del día.

Y con ella, despiertan las ilusiones.

Maldito vivir éste, oscuro como la tiniebla.

Al este y al oeste.


Tus dedos largos en tus manos chatas.

Arrinconados todos mis deseos en un cajón.

Victorioso sin trofeo y

perdedor sin parangón.

Te abrazo y te susurro,

en la frialdad soterrada de la noche,

palabras, que tratan de amor.


Al norte y al oeste.

Al este y al sur.


sábado, 11 de agosto de 2007

Perceval que estás en los cielos

En plena preproducción de Perceval, cuando íbamos al castillo o al monasterio y yo empezaba a explicar a unos y otros todo el rollo histórico/místico/religioso, una de las preguntas que la gente más me hacía era: “¿Eres creyente?” Yo sonreía y trataba de explicarme: “No, no lo soy. Pero es la historia del Grial no habla de religión, sino de superación, de alcanzar metas”. Yo no sé hasta qué punto les quedaba claro, sobre todo a los extranjeros. Recuerdo que Karl, mi primer ayudante, se encogía de hombros ante tal explicación.

Nunca he tenido una educación religiosa ni la he querido, pero sí que he estudiado mucha historia del arte. ¿Y de qué está lleno el arte de nuestra historia? Pues de religión, coño. La pasta estaba en las manos muertas y ellos pagaban el arte. Un silogismo simple, claro y directo. Por eso mismo hay maravillas como El entierro del conde Orgaz, no sólo son una maravilla del arte, también de la publicidad. Por eso existen catedrales, iglesias y monasterios, lugares que al margen de su significado religioso, me apasionan.

Entonces, ¿por qué aportar segundas lecturas religiosas a las películas? Lamata ya me dijo que las historias que hago, inconscientemente son misiones fallidas, metas que no llegan a cumplirse. Quizá por eso mismo, los mártires me gusten más que cualquier otra cosa. Gente que se sacrifica, que sufre, que se deja la piel (y la vida) por hacer aquello en lo que cree. Ejemplos: Tras los pasos de Alcázar. Alcázar se interpone entre un tirador (ni más ni menos que el maestro Vigalondo) y su amigo, Costa. Recibe las balas por él, le salva la vida. Porque él piensa que es lo correcto, lo que un amigo haría por otro. Al final, Alcázar la palma por confiar en quien creía que era su amigo. El cabrón al que salvó y le roba su vida, su novia y la pasta.

Otro ejemplo es Noches Rojas. Hay varias historias, pero la más clara es la de Mendoza, un sicario de tres al cuarto al que torturan clavándole un clavo en la mano (Cristo en la cruz), muere con los brazos en cruz (no lo explico de nuevo) y la bala que acaba con él le atraviesa el costado como a Jesús. Además de él, Noches Rojas está repleta de segundas lecturas religiosas, básicamente porque habla en esencia de la culpa, la traición y la redención. Ella, la asesina a sueldo oriental, hay una momento que parece caminar sobre las aguas; a su paso las palomas la rodean y levantan el vuelo (Espíritu Santo); al final llora lágrimas de sangre; cuando llega el turno de matar a los jefazos de la ciudad corrupta, utiliza técnicas no convencionales. Una de ellas es ahogar en un jacuzzi a uno de ellos. Antes de ahogarlo, le baña y le lava los pies (Lavatorio) – me hubiera gustado rodar algo de esto en Lavapiés – y después ella se lava las manos como Pilatos. Luego está Fuertes, el poli corrupto. Al que martirizan a navajazos como a San Sebastián, entre otras cosas.

Y, claro, está Perceval. Luis Sorando, el magnífico diseñador de producción del corto, y yo estuvimos largo tiempo decidiendo qué número de caballeros habría sentado a la Tabla Redonda. Los relatos medievales difieren unos de otros y nosotros debíamos escoger algo adecuado a la historia y a la producción. Cierto día, descubrimos que doce era el número. Doce caballeros y el rey Arturo. Como los apóstoles y Jesús. Sentados en una Tabla Redonda, un círculo, símbolo de eternidad, que además son dos anillos concéntricos. El símbolo del círculo ya lo habíamos empleado en Noches Rojas, a la hora de preparar los duelos (e incluso en Jinetes en la tormenta, en el entierro de Mercader).

Lo de los círculos lo descubrí en Kubrick, y si no véanse la sala de guerra de Dr. Strangelove, ciertas partes de La chaqueta metálica, Barry Lyndon y La naranja mecánica, la orgía de Eyes wide shut, la reunión de la milicia en Espartaco, y toda 2001.

Pero ahí no queda la cosa. Por supuesto, el mártir en Perceval, es Perceval. Ya comenté hace poco que muere a flechazos como San Sebastián y con una lanza clavada en el costado como Jesús. Galahad es algo así como Judas, por eso está escondido en la Tabla Redonda hasta que le llega el turno de hablar, como en la mayoría de las representaciones de la Última Cena. Además, viste siempre de rojo, color asociado culturalmente al demonio. Así, Galahad surge de las entrañas de la tierra cuando sube por el pasadizo que le lleva a la capilla donde está esperándole el Obispo de Glastonbury, que le riega los oídos con palabras como Satán a Adán en el Paraíso perdido de Milton. También, Galahad recibe un baño (bautizo, lavatorio) y es al único que vemos en una escena sexual (escena que rodé en un travelling de dos ángulos perpendiculares. Si superponías una posición de vías a la otra, se formaba una cruz). El rey Arturo tiene una corona que recuerda a una corona de espinas; intentamos que Mordred, cuando reaparece en el saqueo, torturado, se asemejara a Cristo cuando es llevado a la cruz; y al igual que en Noches Rojas, las manzanas (¿explico algo del pecado original?), aparecen varias veces.

Además, de todo esto, también hay fragmentos de mitología y de la lucha entre misticismo y religión, pero eso lo dejo para otro momento. Ya es suficiente con todo este rollo.

Pero yo es que adoro las segundas lecturas, aunque no crea en ellas.

miércoles, 8 de agosto de 2007

Rico y Fuertes. A hostia limpia

1988. 23 de octubre.

Aquel chaval no quería mirarme. Me ponen nervioso estos hijos de puta que se creen Charles Bronson. Les daría con una buena tubería en la espalda hasta que les quedara del color de una falda escocesa. Les pondría electricidad en las pelotas y les pisaría la jeta con las botas. Les rodearía el cuello con un cable de acero y los ahogaría hasta que se pusieran rojos. Les reventaría la cara a hostias. Claro, que es lo que voy a hacer dentro de un momento.

Voy a meter a este imbécil en la cárcel. Tiene diecisiete años y una cara de crío que solo te dan ganas de volverle su blanquita piel del color de los huevos podridos. Además, es por su bien.

- Mañana estarás bien jodido, gilipollas. Y ya no podremos hacer nada por ti -.

Rico es especialista en tocar los cojones. Una vez incluso lo hizo de verdad. Se los puso al tipo en un cajón y lo cerró. Ahora el hijo puta se molesta en acojonar al chavalín con todo eso de que cuando llegue a la cárcel le dé de hostias a alguien o se deje dar por el culo por un jefe majete. Por la pinta del imbécil diría que sólo le queda la segunda opción.

Diecisiete años, piel blanca tirando a rosa, pelo rubio enmarañado, me importa un huevo el color de sus ojos. Tiene unos brazos flacuchos que en su puta vida han trabajado y una rodillas que se pueden partir haciendo fuerza con la pierna. Es un mierdas, un gilipollas. Pero el cabrón llevaba demasiada heroína encima como para alegar posesión. Ese cabrón no era más que un mozo, el recadero. Nuestro amigo de fuera, Carlito quería ese alijo y nos pagó por conseguirlo. Así lo hemos hecho. Pero lo mejor de todo esto es que es completamente legal. Porque tanto yo, como mi colega, somos policías.

- Te vamos a hacer un favor, chaval. Te vamos a joder para que parezcas algo y todo. Vamos a ahorrarte una paliza entre cuatro negros y que después de te den por el culo -.

- Sólo te daremos la paliza, a nosotros nos van las tías -.

Me quité la americana de lino y me subí las mangas de la camisa. El traje me había costado una pasta y no quería que se manchara de sangre. Ya sabía cómo eran estas mierdas y sabía cómo se quedaba el suelo y las paredes. No me daba asco que los nudillos se me llenaran de sangre seca, pero me jodía tener que dar explicaciones en la tintorería.

- Es por tu bien -.

Le empezamos a machacar. El chaval no podía ni resistirse, lo teníamos atado a la silla.

No era algo malo. Sí que le jodíamos al imbécil, pero era verdad que esa paliza le iba a ahorrar mucho dolor. Cuando un crío de diecisiete años con esa pinta de retrasado mental entra en el trullo, lo muelen a hostias y se lo follan. Es una perita en dulce. No sólo por el sexo, también por reventar una carita mona.

Si el mismo chaval entra allí con la cara reventada, llena de puntos sin cerrar, cicatrices y moratones, parece algo y todo. Claro que le van a joder, pero al menos tendrá unos días para adaptarse. No es ya la cara bonita que entra en el corredor, como el cordero en el matadero. Simplemente es un panoli que recibirá el día menos pensado, pero al menos, el día menos pensado no es ahora. Bueno, sí, porque era yo el que le estaba atizando.

Lo de Fuertes no es solo el apellido, también es porque me encanta dar de hostias.

Solo soy un poli que disfruta de su trabajo.

viernes, 27 de julio de 2007

La Teoría de La Gran Conspiración (vol. 2)

Una de las películas menos valoradas de todos los tiempos es Ford Fairlane. Está basada en unos cómics del mismo nombre que eran una pequeña joya de la estética y valores ochenteros de Los Ángeles. La dirigió ese tío tan acostumbrado a la mediocridad que es Renny Harlin, justo después de acabar la Jungla 2, en el año 1990. Fue producida por el único hombre que podía hacerlo en esos días: Joel Silver y fotografiada por otro de los grandes, al amigo Oliver Wood, que se zampó buena parte de las temporadas de Corrupción en Miami. Tiene una banda sonora prodigiosa a cargo de un grupo tan de moda entonces como Yello (todo recordaréis a Michael J. Fox volviéndose loco en una limusina con el Oh, yeah! Pues eso es de Yello) y en el reparto hay gente como Priscilla Presley, Wayne Newton y hasta los Motley Crüe, todos peces gordos de la música por aquél entonces. En su día ganó todos los Razzies de ese año (los antióscar, vamos) y en Estados Unidos fue un éxito moderado, si bien en algunos países, como España, fue un bombazo. En buena medida, por el infalible doblaje de Pablo Carbonell.

Jamás se la tiene en cuenta. No es que sea una obra maestra ni mucho menos, pero es una de esas películas que, bajo la apariencia de estupidez monumental esconde un pequeño tesoro. En la trama, El detective Ford Fairlane, descubre que Julian Grendell (Wayne Newton) el magnate de la industria discográfica de L.A. estafa a sus socios, incluido Bobby Black (El catante de Mötley Crue) para sacar una buena tajada y de paso, hacer historia. Porque el amigo Julie mata a Bobby Black y lanza a un nuevo cantante que poco o nada tiene que ver con los guitarreos, solos de batería y chillidos-espectáculo de Black Pague, el grupo de Bobby, claro. El nuevo chico del bloque se llama Kyle Troy y es un pijo de mierda hasta decir basta. Canta canciones ñoñas para niñas tontas y es sensiblón hasta hacer daño a la vista. Sin saberlo (o sabiéndolo perfectamente) Grendell se ha cargado el rock and roll, los 80 y su puta madre (¿acaso es casualidad que sea Priscilla Presley su mujer, a la que mata?). En vez de eso, trae los 90, el pijismo redomado, las canciones lánguidas, los grupos de laboratorio… toda la basura que tuvimos para bien y para mal.

Ford Fairlane habla de Los Angeles en los 80. Ford Fairlane habla de chicas explosivas y cochazos. Ford Fairlane habla de ricachos, pervertidos y mangantes. Pero si de algo habla sobre todo, es de la muerte de la vieja guardia. El rock, el gran rock, que surgió en los 70 y continuó en los 80 transformándose en el heavy metal y sus variantes, estaba en la MTV en la década de Naranjito. Billy Idol era dios. Y también Europe, Mötley Crue, Metallica, AC/DC, Joan Jett rompía los moldes y Aerosmith y Bon Jovi hacían cosas de puta madre. Luego la cosa se jodió. Aparecieron los New kids on the block y gentuza por el estilo. Grupos de medio pelo para una era de medio pelo. La MTV se dedicó a ellos y se acabó el rock and roll. Aerosmith y Bon Jovi jugaron la baza de la selección natural y se volvieron unos pasteleros consumados, con sus baladitas glaseadas. Los demás se retiraron a su rincón y sus fieles. Algunos, se fueron a tomar por el culo de verdad.

Ford Fairlane trata de la muerte del rock and roll, de cómo la propia industria de la música introdujo el pijerío y la estupidez (el ultracapitalismo) cargándose a los rockeros. Estoy seguro que Joel Silver e, incluso, Renny Harlin algo sabían del tema, pero realmente viene de la historia original en formato cómic. Eus dice que hay otra versión sin el doblaje de Carbonell, sería interesante verla para saber hasta qué punto cambia. Porque los chistes serán diferentes, pero el mensaje será el mismo: MTV kills the rock and roll.

jueves, 19 de julio de 2007

Xixón, Elogio del Horizonte (19-07-07)

(dedicado a Pablo Aragüés)
Escribo estas palabras desde la fascinante ciudad de Gijón. Una ciudad cuyas gentes me han acogido con los brazos abiertos en postura de escanciar la sidra. Una ciudad cuyo cielo nos ha negado el obligado sol del verano.


Siento la melancolía del alma de Gijón. Dejo que inunde mi piel,, cada poro de ella. Me siento extraño en una ciudad para mi extraña. No sé si soy un ángel estúpido o un lúdico demonio. Al menos, sé que soy.


Un paso para adelante, dos pasos para atrás.


Ayer celebramos la fiesta de la sidra y derrochamos amistad. Hoy, la lluvia apaga los rescoldos huérfanos de tales sentimientos. Amamos mientras podemos ser amados. Y, mientras tanto, esperamos, contemplando el amor destilado a través de cuerpos ajenos.


Somos confusas espirales, balanceadas por el viento. Aliento de barandillas que admiran un mar de reflejos de cristal. Tan cercanos a la divinidad, tan lejos de la perfección. Somos pasamanos listos para usar; y para ser usados.


Un paso para adelante, cuatromildoscientos pasos para atrás.


Y solo busco en las zonas comunes, los sentimientos que sé que también lo son. Y me encuentro con la mirada de una mujer esquiva de pezones erectos. Y reconozco en ella la mitad del Cielo. Pero, entonces, ¿dónde está la otra mitad?


Ningún paso para adelante, ningún paso para atrás.

martes, 10 de julio de 2007

La culpa aprieta más gatillos (vol. 1)

A Víctor le gustaba que condujera otro cuando lo llevaban en coche. Le hacía sentirse importante. Nunca había querido tener un chófer, expresamente para esa tarea, pero Carlos la había cumplido todos los días de su servicio con la mayor diligencia. A Víctor le gustaba ir así en coche: Que le abrieran la puerta, que él pudiera relajarse en asiento trasero, leyendo el periódico, o simplemente perdiendo el tiempo, mientras otro se preocupaba del insultante tráfico. Le gustaba poder observarlo todo, con calma, sin tener que hacer nada. Así había sido siempre. Pero ese día, Víctor estaba al volante.

Conducía por esa carretera vieja y caliente a más de ciento sesenta, sin despegar el pie del pedal. Sabía que todo había salido mal.

En un viejo almacén, justo enfrente del banco, había colocado a un informador. Era un tipo algo corto de entendederas, pero de confianza. Desde donde estaba, controlaba todas las salidas del banco. Tanto la puerta principal, como la trasera que daba al callejón. No tenía más que recorrer de lado a lado ese piso vacío y destartalado.

Había sido barato comprarlos, tanto al piso como al informador. Víctor los consideraba su póliza de seguros. Si algo fallaba, el tipo informaría directamente a Víctor y, en el caso de que fuera necesario, mataría a quien hiciera falta.

Así lo había hecho. Víctor se alojó junto con Carlos en un pequeño motel de las afueras. Víctor esperó en la habitación toda la mañana. Sentado en la penumbra de las persianas bajadas, para soportar el calor de esa tierra que, cada día más, se parecía al desierto. Carlos estaba en el mismo motel, pero abajo, en el bar. Tomando algo y charlando con el jefe de policía del lugar. Le tenían fichado, sabían que todas las mañanas iba a ese bar a tomar un café y sería Carlos quien estaría con él esa mañana, dándole coba, siempre cerca de su radio, por si escuchaba algo que los hiciera ponerse en marcha.

El teléfono de Víctor sonó, era el informador. Todo había salido mal. Costa había matado a todos, pero Laura estaba muerta y el atraco había sido un desastre.

- ¿Tiene el dinero? – Víctor estaba frenético -.

- Sí, pero han muerto personas ahí dentro. De eso estoy seguro. La mayor parte de los rehenes han escapado. La policía no puede tardar en llegar -.

- ¡Acaba con él! ¡Maldita sea, atraviesa su asqueroso corazón con todas las balas que tengas, vacíale el cargador entero en el pecho! -.

El informador abandonó la habitación y el teléfono, para matar a Costa. En cuanto lo matara, debía volver a llamar a Víctor, pero no lo hizo.

Víctor esperó el tiempo prudente, antes de hacer nada y, cuando estaba marcando el número del bar, Carlos entró por la puerta.

- Otro muerto, en la calle, junto al banco, es nuestro hombre. Debemos movernos -.

Víctor conducía ahora como si nada más hubiese en el mundo. Todo lo que tenía en el mundo estaba en esa bolsa que Costa llevaba en alguna parte, donde quiera que estuviese. Aunque nadie lo sabía, es posible que ni siquiera Carlos, estaba sin blanca. Las cosas no le había ido demasiado bien desde hacía tiempo. Mala suerte. Eso fue lo que pensó al principio. Pero la mala suerte acabó siendo una putada y todo se fue a la mierda. No podía ni echar mano de su propio dinero. Tenía los huevos pillados con la puerta y algo tenía que hacer para solucionarlo, sólo él podía hacerlo.

Ahora era su dinero lo que le preocupaba. Matar a Costa era secundario. Recuperar lo que era suyo, lo que tanto esfuerzo le había costado robar, era lo principal.

Casi no lo pudo creer, cuando vio los cuerpos inertes de Alcázar y Laura, desparramados en el Triumph blanco de Alcázar, ahí en el mismo arcén. Pegó un frenazo. Las ruedas dejaron zigzagueantes marcas de goma en el asfalto y las pastillas de freno chirriaron como yeguas al ser marcadas con el hierro al rojo.

Cerró la puerta de golpe y se acercó hacia ellos. Carlos corrió, poniéndose a su lado. Cauto y precavido, la pistola en el cinto, cerca de la mano.

Víctor trató de pensar con claridad. Si ahí estaban los cuerpos de Alcázar y Laura, Costa no andaría lejos. Alguien había dejado ahí los cuerpos. Costa sabía que ese sería el camino que Víctor tomaría si tenía que llegar a la ciudad lo más rápido posible y por eso los había dejado allí. No había otra razón que para pavonearse, para acojonarle. “Eres el siguiente”, Víctor sabía que eso era lo que significaba en el idioma de los sicarios. Eso era en lo que Costa se había convertido, no era más que un asesino a sueldo, capaz de matar incluso a su mejor amigo.
Cuando escuchó el motor de un coche al otro lado del túnel, supo que era él. Miró, intentando fijar la vista en la sombra que se movía entre la oscuridad del túnel que se extendía delante suyo. Carlos se adelantó, arma en mano, dispuesto a disparar.

A pesar de que no podía ver más que su metálica silueta en el túnel, Víctor sabía que ese era el MG negro de Costa. No lo dudó tampoco, cuando las luces del coche se encendieron en la oscuridad. Costa en seguida salió del coche, en forma de sombra. No era otra cosa, salvo eso, una sombra.

Carlos no lo dudó, apretó el gatillo una, dos, tres veces. Sus balas rebotaron en el suelo oscuro como estrellas fugaces en una pálido cielo de verano, chisporroteando como cables en mal estado. Costa devolvió sus disparos, refugiándose en las sombras. Llegó un momento que Carlos no sabía hacia dónde disparar y que, al mismo tiempo, no lograba averiguar de donde venían las balas que le estaban agujereando el pecho.

Cayó en redondo al suelo. Ni siquiera sintió dolor al romperse la nariz contra el asfalto, para entonces ya estaba muerto. Víctor se había escondido bajo el coche de Alcázar, oculto como podía tras la rueda. Después de los ensordecedores disparos, que rebotaban en el túnel como el eco de lo gritos en la noche, todo parecía haberse calmado. Como si ya nada malo pudiera ocurrir.

Víctor trató de llamar a Carlos, pero no tardó en averiguar en estaba muerto. Víctor intentó aclarar sus ideas. Tenía que haber un modo de salir de esa. Tenía que haberlo. Entonces cayó en la cuenta de que él no llevaba ningún arma encima.

Miró al túnel y sólo logro ver oscuridad. Nada se movía ahí dentro. Todo parecía quieto y muerto. Lo pensó un par de veces y, al final, se decidió a salir. Se arrastró por el asfalto caliente, hasta llegar al cuerpo muerto y rígido de Carlos y arrebatarle la pistola de las manos. Cogió el revólver y apuntó con cuidado hacia el túnel.

Intentaba taparse con el cuerpo muerto de su guardaespaldas, pero pesaba demasiado como para moverlo y ponerse bajo él. El sudor le caía a chorros por la sienes y le distraía de su mayor preocupación, encontrar a Costa entre esa oscura quietud. Pensó en hacer fuego, en disparar. Agotar todas sus balas hasta que una acertara en una blanco, el que fuera, y acabara con él. Pero pensó tarde.

Una bala le atravesó el torso, cuando estaba pensando esto. Entró y salió. Pensaba que había sido una avispa o un mosquito, pero había sido una bala. Tan apenas le dolió, hasta que la sangre empezó a salir como una baba espesa y roja. Apretó varias veces el gatillo, pero las balas se perdieron en el cielo, ya no podía ver si quiera a dónde disparaba.

La segunda bala le entró por la mejilla izquierda. Todas las venas de su cara se hincharon y empezó a emitir un extraño sonido, como el de un desagüe embozado. Los ojos, vidriosos y llenos de lágrimas se tiñeron de rojo y la sangre le salió por nariz, boca y orejas. No tardó ni dos minutos en morir de asfixia. Su cuerpo, ahora torpe e inútil, estaba medio tumbado en el asfalto, apoyado en el cuerpo muerto de Carlos. Los dos como dos estúpidas marionetas de trapo, abandonadas en mitad del asfalto resquebrajado y ardiente.

Costa salió del túnel. Había elegido bien su último refugio, ni una sola bala le había tocado. Sin embargo, se sentía más muerto que cualquiera de todos ellos. Laura había muerto y con ella, toda su vida, pero no era eso lo que tenía en su cabeza. Se sentía sin vida, porque era en ese momento, cuando se dio cuenta de que había matado a la única persona que de verdad le quiso, Alcázar, su mejor amigo.

Dejó el Triumph blanco justo al lado el barranco, el morro apuntando a la pendiente rocosa y seca. Volvió sobre sus pasos y miró hacia atrás. Allí, sobre su MG, estaban los cuerpos sin vida de Alcázar y Laura. A Víctor y Carlos los había dejado sobre el asfalto, que se pudrieran allí, pero no podía hacer lo mismo con las dos personas a las que amaba. Ellos no le habían amado. Alcázar, sí. Dio su vida por él, pero Laura nunca le amó. Para ella, Costa sólo fue una nube en el cielo, el único modo que tenía de escapar de la realidad. Jamás le había amado realmente, alguna vez en todo caso sintió algo de cariño, mezclado con pena y lástima por él.

Costa cargó de nuevo su 357, y cuando estuvo lista, disparó. Vació todas sus balas en el Triumph blanco de Alcázar. Los agujeros se abrían en la chapa, del mismo modo que se rompen las hojas con el granizo. La pintura saltaba en pedazos, dejando profundas marcas negras, como mordiscos, en la blanca superficie. Disparó al motor y el coche comenzó a sangrar gasolina.

Costa se acercó hasta el coche y lo empujó, despeñándolo. Pudo ver cómo caía, rebotando contra las rocas, arañándose, resquebrajándose, como si no fuera más que un chicle masticado. Costa puso rumbo a su MG, cuando el coche de Alcázar estallaba en llamas, al fondo del precipicio. Las nubes rojas y negras subían como espuma caliente en el aire. Costa notó como la nube de calor le acarició la espalda, pero también percibió que la lágrima que caía de su ojo, quemaba más, arañando su piel.

miércoles, 4 de julio de 2007

Apocalypse, please!

Lamata es una de las personas que más me han ayudado a nivel interior. Nos presentó hace la de dios Eus, en el festival de Zaragoza, tras la proyección de Jinetes en la tormenta. Un tiempo después coincidimos en el Fnac, en una charla que teníamos que dar sobre yo que sé qué. Yo me declaré fan acérrimo de esa obra maestra que es su corto Rencor visceral y él, con el tiempo, se convirtió en mi conciencia durante la postproducción.

Todo empezó en Parking. Nada más terminar me dijo que le sobraba un minuto. Yo, perplejo, no sabía qué escena cortar. Él negó con la cabeza y dijo que sobraban colas por todas partes. Las colas son las partes de un plano – por el principio o el final – que sobran. Básicamente, había que agilizar el montaje. Dio en el clavo, quitamos un minuto de película.

En Huida a toca teja, me regaló unas frases portentosas y algunos cortes fundamentales. Él sabe que la mayor parte de las veces no le hago caso a lo que me dice, pero en lo que se lo hago, tiene toda la razón del mundo. En su día ya hablé, de su aportación decisiva a Noches Rojas y en Perceval también ha sido la navaja necesaria en el proceso ese de tirarte a la piscina.

Todo lo que ha aportado a lo que he hecho, me ha sido de gran ayuda, pero fue hace no demasiado, tras ver Perceval, cuando me abrió la puerta a un nuevo conocimiento.

- Tú haces películas de misiones fallidas.

Hasta entonces no lo había pensado nunca, pero tenía toda la razón. A veces sí que miras atrás sin intentar darte una hostia y ver de qué va todo lo que has hecho. Nunca lo ves claro, pero siempre se deja entrever algún indicio. Sí, siempre he sido consciente de mi atracción por la dicotomía éxito/fracaso, sobre todo por lo último. Siempre me he dado cuenta que los personajes que me he sacado de la manga nunca consiguen lo que quieren, pero nunca había sabido verlo tan claro y expresarlo tan bien. Busco lo imposible.

Por eso, me vuelvo loco cuando leo esas notas tan reveladoras de Eleanor Coppola donde dice: Mientras hablábamos me di cuenta de que se trataba del mismo tipo de romántico que Francis, con la misma obsesión por su trabajo, la misma vida fantasiosa, vívida y visual. Una persona que se aburre con facilidad, que continuamente tiene que imponerse metas imposibles, que se siente estimulada por el riesgo y la crisis.

No oso compararme con Coppola, pero sí que me siento conectado a esa forma de ser, de vivir, de actuar y de fracasar. Porque que quede claro, no creo que dentro del cine haya muchos conformistas, hace falta demasiados cojones para sacar adelante cualquier tipo de película, pero algunos estamos más locos que otros.

En el mismo libro, Mrs. Coppola dice: Francis le contaba que se había propuesto hacer un peliculón entretenido de acción y aventuras para buscar un poco de tranquilidad después de los peliagudos e intensos temas personales a los que tuvo que enfrentarse durante el rodaje de El Padrino II. Le dijo que, mirándolo en retrospectiva, podía haber hecho cualquier película, una sobre Mickey Mouse, y hubiera dado el mismo resultado. Se habría convertido en un viaje personal hacia el yo.

Para mí, Perceval ha supuesto un viaje infernal hacia el yo. Un trip de proporciones descomunales. Como una bala que te atraviesa de lado a lado, un taladro traspasándote la sesera. Sí, es un western medieval, sí es una peli de aventuras, sí trata de la Búsqueda del Grial, pero para mí más que nada trata del amor de un hijo a su padre. Todos buscan el Grial por codicia, están dispuestos a matar por alcanzar la Gloria. Perceval está dispuesto a lo que sea, a matar y todo lo que sea necesario, con tal de devolver la ilusión y la vida a su padre, aunque el Rey Arturo no sea su padre real. Al final y al cabo, el amor en la familia. No es casualidad que me haya estado tragando todos los Padrinos durante un año, un montón de westerns de Ford y haya investigado una y otra vez las hazañas del señor Coppola. Perceval ha supuesto un antes y un después en mi yo personal, pero no sólo para mí como individuo, sino para todo lo que me rodea. La relación con mi familia ha cambiado completamente y la relación con mi (ahora) ex-novia también, incluso la relación con mis amigos es distinta.

Entonces, ¿el cine es capaz de cambiar a las personas? Yo creo que sí. Siempre he sido un gran defensor de lo que dijo Orson Welles, acerca de que un buen discurso puede cambiar el mundo. Sean palabras o imágenes o todo ello junto, pueden volverte del revés. A medida que avanzó el rodaje, fui cayendo más y más en lo que se venía avecinando y, una vez acabado el rodaje, estaba claro que eso era un point of no return, un callejón sin salida, un antes y un después. Es jodido saber que eres la oveja negra, pero es más jodido saber que no puede ser de otra manera.

De nuevo nuestra amiga Eleanor dice: Francis me decía que todo estaría bien, que todos le querrían igualmente si fracasaba con esta película. Otros cineastas le dirían: “Bueno, esto era demasiado difícil de resolver, no te sientas mal”. La familia y los amigos sentirían compasión y le cuidarían. Pero la película era un éxito, será una obra que otros cineastas intentarán superar, la gente querrá derribarla. Más éxito y más dinero traerán más resentimiento entre su familia y sus amigos.

Y es verdad. Hacer una cosa enorme es difícil pero eso no es una novedad en mí. ¿Por qué? Porque Lamata estaba en lo cierto. No sólo es las películas que he hecho hablen de misiones imposibles, es que lo que yo hago son misiones imposibles. Eso es lo que me lleva a ir más allá, a intentar superarme y a las más de las veces darme la hostia padre. Pero no me arrepiento. Siempre he dicho que prefiero arrepentirme de lo que he hecho y no de lo que no he hecho. A mi lo de esconder la mano no me va, tiraría la piedra con todas sus consecuencias y de seguro que la cagaría.

Por eso, Perceval es mi Apocalypse Now. Porque llega un momento donde cine y vida real confluyen y, como las nubes de una tormenta, provocan electricidad y cataclismos. Y todo lo que hago construye el cine y todo el cine deconstruye mi vida. Y no es se confunda cine y realidad, no estoy hablando de eso. Sino de todas las barreras que hay superar para hacer cine y para vivir. Como a Coppola le pasa siempre, hay que superar todas las adversidades del proyecto, incluidas las que él mimos se impone.

De nuevo, parafraseando al mago de Oz en palabras de Ellie Coppola: El muro era una ilusión óptica. Es algo muy real cuando tienes los ojos abiertos, pero, si no la miras, la barrera no existe en absoluto.

Y no es nada fácil. De verdad. Aunque parezca sencillo cerrar los ojos para hallar la solución, a veces no sabes que es lo que debes que hacer. Por suerte, tienes a amigos como Lamata para recordártelo.