
Una bala en la recámara solo sirve para una cosa. Una bala así se guarda para uno mismo. Y yo estaba ahí, en pelotas, sentado sobre la cama con ella a mi lado.
Tenía el pelo rubio y los pensamientos turbios. Se encendía un cigarrillo con una mano y con la otra jugueteaba con su pelo. Me habían pagado una pasta por matarla. Su marido me había pagado una pasta por matarla y en vez de eso, bueno, ya sabéis la mierda de siempre: me engañó.
Cojones. Me dejé engañar.
En mi defensa, he de decir que el hombre que me pagó y dijo ser su marido, no lo era. Era su padre. Mónica era la segunda hija que había tenido. La primera niña fue con su primera mujer, Mónica era fruto de su segundo matrimonio. La primera esposa murió y, quizá pensando en desintegrar la soledad, Óscar había buscado refugio en una chica más joven, algo casi inalcanzable para un patán como él. Esa chica, la madre de Mónica, era tan puta y tan jodida que Óscar la tuvo que matar. Por supuesto, esa nunca fue la versión oficial, pero cuando tienes la pasta y los contactos puedes hacer fácilmente que las ruedas giren a tu favor.
Óscar se dijo a sí mismo que jamás se volvería a casar, que no quería volver a conocer a ninguna mujer. Ella se lo había hecho pasar tan mal, le había dejado tan en ridículo follando con cualquiera en bares de mala muerte, apareciendo en casa con tipejos de tres al cuarto para tirárselos en el baño; había bebido y se había metido tiros de coca en entierros, bautizo, bodas y fiestas familiares. Una nochevieja recibió el año enseñando las tetas a todos los presentes. Óscar la odiaba, pero no podía evitar follársela por las noches. Le ponía a cien. Le ponía a mil que hiciera todas esas cerdadas. Era todo lo malo y lo asqueroso que sus padres y los curas del colegio le habían prohibido toda su vida.
Pero no lo soportó más y tuvo que matarla. Él no lo hizo, claro. No tenía cojones. Lo tuve que hacer yo. La señora estaba increíble. La llamo señora, pero sería poco mayor que yo. Era muy joven cuando se casó con Óscar y también cuando tuvieron a Mónica. Era una preciosidad rubia de ojos claros y piernas larguísimas. Se podrían haber asfaltado carreteras interestatales con sus pantorrillas.
Aproveché la hora del gimnasio. Ella era una loca del deporte y Óscar le montó un pequeño gimnasio en casa. Yo fui hasta allí y la vi correr en la cinta, sudando. Allí, un segundo antes de matarla, me puso cachondo. Era imposible no volverse loco con ella. Tenía algo. Algo fuera de lo normal.
Deseaba entrar ahí y desnudarla. Tirar mi pistola y hacerla mía. Dejarme de tonterías. Pero pensé en los 80.000 billetes que Óscar ya me había pagado y que con esa pasta podría buscarme a alguna furcia que no me diera sus problemas. Abrí la puerta de un golpe y le disparé. Le acerté en plena cara. Ella levantó su mano, como queriendo detener la bala y terminó hecha pedacitos, incrustada en la pared. Su cara tenía un inmenso agujero rojo y negro en la frente. Era horrible. Toda su belleza se había esfumado. Ya no sentía nada excepto asco.
Todo eso desapareció cuando vi a Mónica. Óscar me invitó a la casa y ella jugaba al tenis con unas amigas. Era la viva imagen de su madre, solo que más joven, más malvada y más arrebatadora.
Óscar me confesó que no pudo evitarlo, que la violó. Le recordaba tanto a ella…
Sentí asco. He de reconocer que, cuando maté a la madre, pensé en follarme el cadáver. Nunca lo había hecho, pero también era cierto que nunca había visto a ninguna mujer como aquella. Pero una cosa es ser un asesino y otra un enfermo.
Sin embargo, Óscar… lo suyo no tenía nombre. Era su propia hija. Sí que es cierto que él siempre decía que no era de él, que la había tenido con cualquier otro, con un tipejo de los que ella frecuentaba. Pero todo tenía un límite.
- Todo tiene un límite – me dijo Óscar. Y me pagó 120.000 al contado por matarla -.
Él no podía soportar mirarla y saber lo que había hecho. Mónica le trataba a él como lo que era: el demonio. Le insultaba y no escuchaba ni una palabra de lo que decía. Gastaba su dinero, vivía en su casa, pero cada segundo que pasaba a su lado le restregaba que él la había violado. El cerdo de Óscar no podía con aquello y me pagó para que la matara.
- Mónica, tienes el pelo rubio, pero el alma negra -.
Eso le dije yo una noche. La misma en que ella se me folló. Lo hizo y me convenció de que matara a su padre y no a ella.
Yo lo hice y después ella me disparó. Me dio en el hombro. Yo sabía que eso iba a pasar, sabía que Mónica me mataría y quizá por eso acepté el trabajo.
Corrí escaleras arriba y subí al tejado. Saqué algo de coca que tenía en el bolsillo y empecé a esnifarla para apartar el dolor. Mónica subió al tejado y comenzó a dispararme. A cada balazo que recibía, yo esnifaba más y más, hasta que la coca se terminó y las balas también. Pero yo sabía que quedaba una más.
Una bala en la recámara. Una bala así se guarda para uno mismo.
Mónica disparó la última bala y yo la sentí entrar en mi carne.
Mierda. Esto me pasa por pensar con la polla.

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