jueves, 28 de junio de 2007

La persona más honesta

A pesar de que publico esto yo, sé que es lo que pensamos Alberto, Víctor y un servidor de una de las mejores personas que existen.

Creo que El Castaña es una de las mejores personas que conozco. No sólo por su carisma nato, no sólo porque esté como una cabra, sino porque es honesto hasta donde no puedas imaginar. Otros, se rajarían en situaciones dónde él le echa un par de huevos sin dudarlo, es más, tomándolo como un proceso totalmente natural. Sin mácula, el tío.

No recuerdo el día que lo conocí, pero recuerdo que las primeras veces me dejaba acojonado. Veía a aquél tío que con Alberto y Víctor la montaba en cada bar de Malasaña. Cuando venían a Zaragoza, el Zorro entraba en la locura suma. Alberto y yo rapeando y El Castaña marcándose un striptease con las camareras. Y es que lo bueno de El Castaña es que, a pesar de lo poco que lo conozco, es como si fuéramos ya de la familia. Porque sí, coño, porque es un tío de puta madre. La persona más honesta.

Un día nos quedamos él y yo solos en el Manolo y nos largamos a Huertas. Acabamos a almorzando en Embajadores, en ese bar de abuelos tan mítico, pepitos de lomo con pimientos como dios manda. Antes nos habíamos metido toda la ginebra que nos cupo y nos habíamos hecho pasar por alemanes o italianos (ya no me acuerdo). No hay nada como una noche de juerga con El Castaña, para darte cuenta de que aún eres joven, que te queda mucho por vivir, que las penas se van fácilmente y que la cosa merece la pena, por los amigos.

En el concierto de Saxon, lo mismo; en el estreno de Perceval, otro tanto; cada vez que ha venido a Zaragoza, el acabose. ¿Y por qué? Porque sí, coño, porque es un tío de puta madre. La persona más honesta. La última vez íbamos tan borrachos, que yo dormí en su cama y él se quedó sin. ¿Y dijo algo? ¿Se quejó? ¿Me sacó del catre como habría hecho cualquier otro? No. NO. Porque El Castaña es el tío más majo que te puedas echar a la cara, joder.

Ha sido mi invitado y lo será siempre que quiera. No sólo por la juerga, no sólo porque cualquier noche con él es como juntar fuego y gasolina, no sólo porque sea de un tío de puta madre. ¡Es que es la persona más honesta!

A pesar de todo lo que venga, siempre habrá un sitio en mi mesa, en mi casa y dónde haga falta para El Castaña. Porque sí, porque es la persona más honesta que hay. Y punto.

jueves, 14 de junio de 2007

Apología del hedonismo


Creo que no hay mejor sensación que esos instantes antes de pegarte una buena juerga. Adoro esos momentos de tu vida en que puedes dedicarte en cuerpo y alma al ocio. Es como en las películas de Hitchcock en las que los personajes no parecen necesitar trabajar para vivir.

Cuando te levantas después de varios días de juerga, con esa resaca leve que te da una serenidad absoluta y tu única preocupación es llegar a la hora que has quedado. Todo lo haces como si no tuviera que ver contigo: ducharte, comer, vestirte. No tienes que hacer nada más. Hasta te das el gustazo de escuchar algo de música que normalmente no escuchas, mientras te tocas las narices, esperando para salir de casa.

A mi me gustaban mucho esos días de juntarme con El Panchi y simplemente, empezar. Cuando era en algún bar como el Salas, el Anselmo o, incluso, el TNT, mejor que mejor. Lo que me gusta de esos días es que no tienes ninguna idea preconcebida, no sales con ninguna intención. No te vas a dejar caer por ningún garito para conocer a ese tío que te puede dar curro, ni vas a entrarle a una tía, ni vas a hacerle caso si te entra a ti. Porque estás ahí para salir por salir, para exprimir la noche y recordar las hazañas que hicisteis. Sin nadie más. Solamente unos pocos colegas, porque no hace falta más. Es simplemente ir de bar de bar, montarla muy gorda en cada sitio. Entregarte a beber, comer y acabar como una PUTA RATA. Por eso acabas a las 7 de la mañana en el Panchimóvil, con todo el solazo del verano y los Thunder a todo trapo. Así salen cosas como Rata de agua y sus secuelas y precuelas. O como la de Jaca. O como las Judas en el último plano del día. Esos días fueron maravillosos. Hace un año, la verdad es que todo era mejor que mejor. El Panchi, Edgar y yo, en la Z robando el famoso cono y yendo al Vaticano a hacer todos esos vídeos que todos conocemos.

Otros momentos que me encantan, son esos fines de semana que Víctor, Alberto y, más recientemente, el Castaña, se dejan caer por Zaragoza. Son un viernes, sábado y domingo fantasmales. Creo que uno de los más locos fue el del estreno de Perceval. Donde surgió lo de: “Perceval, Perceval… Perceval te quiero”. El sábado lo pasamos desde las 17h hasta las 8 del día siguiente. Yendo de terraza en terraza, de bar en bar, cantando la cancioncita. Incluso en la cena la montamos. En ese restaurante aún nos recuerdan. Estuvimos, incluso, por pagar a una acordeonista de Heroísmo para que nos pusiera un fondo musical.

Durante todo el fin de semana, no hay ningún objetivo más, nada establecido, ningún tiempo que cumplir y nada más que pensar en los minutos siguientes.

Eso no tiene precio.

martes, 12 de junio de 2007

¿Por qué odio los cortos? (vol. 3)


Y luego están los Pelotos. ¿Qué es un Peloto? Pues un mierdas, un tipo que se cree mucho más de lo que es y se empeña en decirlo. El término nació una noche de agosto. Víctor y yo llevábamos demasiados días saliendo por ahí. Era un lunes y estábamos en la Z, así que imaginad. Entonces, viene aquél tipo y no sé cómo empieza a hablar de cine clásico, pero no lo hacía con naturalidad. Lo suyo era mecánico, como un robot. Fue cuando nos dimos cuenta de que lo que pasaba es que soltaba la lección. Era algo así: “Casablanca. Obra maestra. Un firme alegato a favor de la libertad. Excelente puesta en escena”. “Atraco Perfecto. Obra culmen del maestro Kubrick. Innovadora estructura. Cine negro en estado puro.” “Centauros del desierto. Paradigma del western. Obra mayor de Ford. Grandísima utilización del color y el plano general.”

¡El hijo puta se había aprendido eso de una enciclopedia! Ni siquiera había visto las películas, porque cuando empezamos a preguntarle detalles, ¡no tenía ni puta idea! El tío se agarró un cabreo con nosotros de mil pares y lo echaron del bar cuando perdió los nervios. Como sus amigos los llamaban Peloto, así se quedó.

Round 2: En el Zorro. Ese tipo que hace cortos tan interesantes. Viene, se presenta – con más alcohol encima del que debería – y la conversación fue tal que así:

PELOTO: Ví tu corto.

PABLO: Ah.

PELOTO: No sé, me pareció demasiado comercial.

PABLO: Bueno, eso es precisamente lo que intento.

PELOTO: Ya, pero me parece una puta mierda.

Ya estamos. ¿Qué necesidad hay de pasar a las malas palabras? Si tan apenas nos conocemos, coño. Me lo quité de encima como pude, pero el tío se empeñó en seguir:

PELOTO: Yo sé de Kubrick más que nadie.

PABLO: Claro, claro.

PELOTO: He visto todas sus películas.

PABLO: Hombre, claro que sí.

PELOTO: Que sí, hostias. Las he visto todas. Lo sé todo de Kubrick.

Para mí, que me hablen de Kubrick es como para un católico que le hablen de Jesucristo. Y si el tipo se empeña en decir sandeces de él, más vale que las sandeces tengan gracia, porque sino ya es cuestión de fe y de suerte el que no se lleve una hostia.

PABLO: Fear and desire no la has visto.

PELOTO: ¿Cuál?

Lo que yo ya sabía. Eso le sacó de sus casillas y se puso a chillar y gesticular.

PELOTO: Hizo una película de guerra que es la mejor película de guerra que se ha hecho.

PABLO: Pero ¿la has visto?

PELOTO: Claro, El sendero de la victoria.

Mira, lo dejamos. Me di la vuelta e intenté pasar de todo eso, porque desde luego no estaba dispuesto a aguantar estupideces. Sin embargo el tipo quería jarana. Empezó a clavar su dedo índice en mi hombro. Le dije que parara, respondió:

PELOTO: No-me-da-la-gana.

Y siguió con el dedo. Se iba a llevar una buena hostia, pero mis amigos le salvaron cuando me engancharon. Claro, que él tuvo que irse del bar.

¿Por qué cuento todo esto? Solo por dar cuenta de una parte de la fauna que hay en los cortos. Gente que sabe mucho y que no hace falta que le digan nada. Gente que critica sin dar soluciones, porque cuando tú dices que algo no es bueno, tienes que demostrar que puedes decir eso porque tú lo sabes hacer mejor, porque encuentras una solución mejor a eso. Sino das unas alternativa, ¿qué coño estás haciendo, colega?

Pero a la gente le gusta criticar. ¿Por qué? Porque cuanto más bajo quedes tú, más alto quedarán ellos. Eso es así en este país y sobre todo en esta tierra. Lo peor no es cuando se meten con lo que haces, lo peor es cuando se pasa al insulto.

TIPEJO CUALQUIERA: ¿Ése?, ése es un gilipollas.

Cojonudo. Como los niños pequeños cuando lloran. No puedes hacer nada ante un crío que llora. Esto es lo mismo. Recurren al insulto porque no tienen ninguna otra arma para ir contra ti. Los Pelotos del mundo hacen que todo esto sea una mierda, que nada merezca la pena y que acabes hasta los huevos de todo.

Bukowski dice que la gente odia a los campeones porque les hace sentirse inferiores, que quieren verlos derrotados, a la altura de la mierda, para que ellos se sientan menos pordioseros. Así es el mundo del corto. Haz algo bien y te pondrán a parir toda tu vida. Haz algo que se salga de la norma y eres persona non grata.

En mi pueblo eso se llama envidia.

¿Por qué odio los cortos? (vol. 2)


Y no es sólo la disyuntiva verlos/hacerlos, es que todo en general alrededor de los cortos me da repelús. Hace unos años, se pusieron de moda los cortos que se metían con los cortos “oportunistas”. ¿Qué es un corto oportunista? Pues esos cortos donde sale un niño muerto, una pareja joven de ladrones a punta de pistola, una madre que llora desconsolada, unos inmigrantes oprimidos, unos niños drogadictos, una mujer maltratada y un/a niño/a soñador/a.

Esos cortos son los que ganan los festivales y por eso salieron todos aquellos cortos que los ponían a parir, pero en el más sentido niezstcheniano, los valores se transmutan y esos cortos pasan a ganar festivales. ¿Casualidad? No lo creo. Y, siguiendo al amigo Niezstche, todo vuelve a ser como era. Y el eterno retorno se nos presenta cuando esos cortos ya son muy trasnochados y volvemos a la esencia: cine social.

Yo odio el cine social. Víctor y yo siempre lo hablamos. Lo nuestro es el cine asocial. No sólo porque no tenga nada de defensa de particularidades de sectores oprimidos, sino asocial en su sentido más misántropo. Pero hay veces que me pongo en la situación de la gente que hace este tipo de cortos y pienso: “¿Qué coño pensarán para parir una idea así?”. Es decir, ¿se sientan y piensan: quiero ganar el próximo festival de Las Pedrosas de Monforte, cómo lo hago? ¿Será algo así? Les llamo cortos “oportunistas”, porque no me creo que alguien que no colabora con ONG’s, ni se va de ayuda humanitaria a África, ni de misiones a la India esté todo el día preocupado por los inmigrantes, ni por los parados, ni por las mujeres maltratadas.

Muchos dirán que esa es su manera de actuar dentro del sistema. Sí, claro, claro y Ana Belén y Víctor Manuel son comunistas. Me creo el cine de Costa Gavras, porque es sincero, no tiene ni un ápice de oportunismo. Además, el amigo Kostantinos a estado buscándole las cosquillas a Estados Unidos, a Grecia, a la Iglesia y a medio mundo durante toda su vida. Con sus películas para empezar, pero también con su militancia, con sus opiniones, con sus dos cojones. No me vale alguien que hace un cortillo de inmigrantes desahuciados y lo más cerca que ha estado de ayudar a África, fue dando limosnas en Tánger cuando estuvo fumando porros con sus amigos, o tampoco si piensa que por ir de turismo a hoteles de cinco estrellas en Nueva Delhi ha ayudado a la India.

Por eso no me los creo. Por eso no los trago. Y por eso me dan por el culo. A mi me gusta ir con la verdad por delante y eso, en el mundo de lo cortos, no es pedir peras al olmo, es pedir melones.

viernes, 8 de junio de 2007

¿Por qué odio los cortos? (vol. 1)


Mira, no sé que es peor si hacerlos o verlos. Lo malo de los cortos es que son algo indefinido, un sinsentido que los que los hacemos nos ocupamos de que siga así, como una carretera cortada.

Por una parte, está el hacerlos. Kubrick decía que cuando ves tu película acabada, siempre es un 20% de lo que tenías en tu cabeza antes de empezarla. Y si Kubrick (amigos, ojo que estamos hablando de DIOS) decía eso de a SUS largometrajes, para los cortos podemos decir que siempre son un 2% de lo que imaginabas.

Para hacer un corto tienes que engañar. Engañar, robar, chantajear… es la única manera, y, aún así, siempre te tienes que gastar pasta y, aún así, siempre tienes que estar pidiendo favores y, aún así, nunca quedas totalmente satisfecho con el resultado. Para empezar porque los cortos son un mundo estúpido y endogámico, un estado semiprofesional que nadie sabe cómo definir. Necesitas gente y tiendes a buscar a los mejores, pero como estás con un pie en el amateurismo y otro en la profesionalidad, toda esa gente buena acaba fichada para una peli, una serie, una tele… y siempre a dos semanas de empezar el rodaje. Con lo cual, tienes que reestructurar todo, cambiar todo y perder cantidad de tiempo y energías en buscar otras personas, ponerlas al corriente de todos esos meses de preproducción y rezar para que todo salga bien.

Y luego está el rodaje. El rodaje de un corto es igual que el de un largo, pero no se cobra. De verdad, no hay mucha diferencia en cuanto al aspecto, la forma y todo eso. Pero hay una GRAN DIFERENCIA sustancial: la pasta hace de eso una relación laboral seria y entonces se establece la presión de la exigencia. Es decir, que si no cumples, te echan. En un corto no pasa eso y el que se dedique a echar gente que no cobra es un cabrón.

En la postpro… bueno, normalmente hay que morir al palo y pagar una buena, pero también hay excepciones, con lo cual todo lo que se suponía que debía quedar bien, NO QUEDA BIEN. Se tarda el doble de tiempo (o el triple) y acabas borracho y/o histérico.

En la promo… bueno, pues estrenas o vas a un festival y un proyeccionista hijo de puta te desenfoca la película, te ecualiza mal el sonido y/o te corta los créditos. Con lo cual el trabajo de todo dios se va A TOMAR POR CULO.

Claro, que en ese proceso conoces a gente maravillosa y que tienes las mismas ganas que tú de hacer las cosas bien. Eso es lo bueno Y NECESARIO.

Pero luego está el verlos. Cuando ves tu corto, normalmente lo aborreces. No se ve como debería, no suena como debería y nada es como debería. Pero tienes que terminar acostumbrándote, tienes que conformarte y el conformismo es el arma más peligrosa. Yo odio el conformismo, no puedo con él.

Eso con los tuyos, pero con los de los demás… bueno, igual que los otros no entienden nada de tu corto, tú no entiendes nada de los suyos.

Y entonces, ¿por qué hacemos cortos? Pues porque no se puede hacer otra cosa. Hay gente que le gusta el género corto y hace cortos porque es “lo más” para ellos. No me incluyo allí y supongo que el 80% de los realizadores tampoco. La mayor parte de los que hacemos cortos somos unos bastardos, unos lobos disfrazados de corderos que lo único que esperamos es nuestra oportunidad para hacer una película de verdad.

Y es que, en el fondo, quien hace cualquier cosa de estas es porque es un culo inquieto y no puede quedarse sentadito en casa tocándose las narices. Y es que hace falta ser muy valiente para reunir a unos cuantos, volverte loco rodando una historia y luego enseñarla y aguantar las críticas, las pullas y las envidias. El cine es un arte/negocio de golpes bajos y los cortos de patadas en los huevos.

Y en algún momento, vuelves la vista atrás y ves lo que has hecho y a veces hasta te sorprendes a ti mismo. ¿De verdad hice yo eso? ¿En serio que tuve los cojones suficientes…? Para bien o para mal ahí está. Para bien, porque eso que has aprendido y en lo que has equivocado, bueno pues no pasa nada. Los cortos son efímeros, no son como las películas que quedan para siempre. La vida de un corto es de un par de años y luego si te he visto no me acuerdo. Más que para la gente de los cortos. Siempre la endogamia, claro… Para mal, precisamente porque es un género que siempre subsistirá en la delgada línea de la semiprofesionalidad.

Y entonces, ¿por qué hacemos cortos? En Historias de Nueva York, en el corte de Scorsese, Nick Nolte interpreta a un pintor de éxito de Nueva York, Lionel Reilly. En una fiesta, hay la siguiente conversación:

TIPEJO: Sr . Reilly, ¿se considera usted un artista por derecho propio?

LIONEL: El arte no es cuestión de talento. Es cuestión de no poder dedicarse a otra cosa.

Básicamente, lo que dice Nick Nolte es que cuando sabes que puedes hacer una cosa, no puedes renunciar a hacerla. Como los científicos que construyen bombas atómicas superiores a las ya existentes. No es cuestión de lo bueno o malo que seas, es cuestión de que no puedas hacer otra cosa, ¡porque no sabes hacer otra cosa! Estamos condenados a hacer lo único que tenemos en la cabeza, queramos o no.

Ojala pudiera hacer otra cosa, de verdad.

martes, 5 de junio de 2007

El Rural Way of Life


En una de las facetas más extrañas de mi vida, me dedico a la producción y organización de eventos. Todo comenzó lejos, en China, con un stand de aceite de Oliva, que llevamos de Pekín (Beijing, le llaman ellos) a ZengZhou, en la provincia interior de Henan. La distancia que separa estas dos modernas metrópolis gigantescas es la misma que separa Madrid y Barcelona aproximadamente. Como las carreteras en China todavía forman parte del pasado, el desplazamiento entre ciudades, por razones de seguridad, se hace en avión: en aviones rusos (es más cool decir soviéticos, claro) con alas de hojalata que no hacen otra cosa que reavivar el instinto de supervivencia.

De Beijing y sus rascacielos, de sus enorme salas de baile con música cubana y los banquetes en la Ópera China, hablaré en otro momento, cuando vaya a Nueva York y pueda contrastar. Pero algo tengo claro ya: la medida humana, que propusieron Da Vinci, primero y, Le Corbusier y su modulador después, hace tiempo que forman parte de la museística y los tarros con formol.

ZengZhou, salvando las distancias, cumple la misma función que Alcázar de San Juan: se trata de un fenomenal nudo ferroviario que vertebra las comunicaciones del país. La diferencia, como siempre en China, estriba en el número de habitantes: el pueblecito tiene más de seis millones de habitantes; la provincia de Henan en total, más de 110 millones. La ciudad de ZengZhou, pronto será una de las más desarrolladas del mundo, cuenta con su propio lago artificial (el más grande del mundo, como todo allí) sobre el que construyen una Venecia tecnológica que haría las delicias de Gibson y su panda de ciberpunks.

En estos escenarios permanentemente cubiertos de smog, lejanos, al otro lado del mundo, como indicaría Peter Weir, comenzó mi carrera como feriante. En años posteriores he seguido unido (no me pregunten por qué, ya que ni yo mismo lo sé) a la producción de eventos, aunque el negocio ha perdido todo su glamour y exotismo inicial. Hoy, por segundo año consecutivo, he terminado con la Feria del Automóvil de Illescas (Toledo). Ha sido todo un éxito que abre las puertas a una tercera edición monumental. Pero no es de esto de lo que quiero hablar. Me gustaría detenerme en lo que, después de dos años de minuciosa observación, he decidido llamar Rural Way of Life.

El Rural Way of Life, como su propio nombre indica, se refiere al modo de vida que impera en las zonas rurales de las naciones desarrolladas. Surge en contraposición al American Way of Life y al estilo de vida urbano que apareció como consecuencia. Sin embargo, aunque en esencia, el Rural Way of Life, se opone al modo de vida de los urbanitas, los efectos de la homogeneización (antes llamada alienación) del pensamiento y los modos de vestir, nos indica que aparentemente nos encontramos ante las mismas manifestaciones sociales. Es obvio afirmar que esta apreciación es un error garrafal.

La vida del organizador de eventos es extraña. El trabajo se desarrolla en las jornadas previas al evento. De tal modo que se trabaja duro antes, pero cuando se celebra el evento, el papel del organizador queda relegado a hacer frente a las posibles contingencias, a evitar que se produzcan desastres. De esta forma, si el trabajo previo de ha desarrollado correctamente, se dispone de infinito tiempo para observar las conductas humanas y cartografiar sus comportamientos. Tiempo para intercambiar impresiones con expresidiarios, a las cinco de la tarde, bajo la sombra de una piscina de Gin Tonic. Tiempo para hablar con calvos y padres de familia tan variados como los colores que existen bajo el sol. Intervalos de tiempo muerto que permiten intercambiar opiniones sobre la actualidad sexual y política. Tiempos muertos... ¿acaso el tiempo, como nosotrs, puede morir?

El tema al que suelo dedicar más tiempo de observación es el amor. Sin duda la deformación profesional a la que me ha llevado mi admiración por el cine, tiene un peso importante en este sesgo observacional. No en vano, John Cassavettes, afirmó en cierta ocasión que solo hay dos tipos de películas: las que hablan de amor y las que tratan del desamor. Y luego está François Truffaut, un autor que ha dejado una huella indeleble en la historia del cine. Películas como Besos Robados, El amor en fuga, El amor a los veinte años, El hombre que amaba a las mujeres, Domicilio Conyugal, El amante del amor... constituyen un fresco inmortal de este sentimiento universal.

Me siento al rebufo de una maltrecha sombrilla para observar las parejas que observan a su vez los vehículos expuestos, quemados por el sol. Comprendo entonces que el amor, lejos del romanticismo y del platonicismo que tanto me (nos) gustan, no es más que un sentimiento primario, de corto recorrido y nula eficacia.

Me fijo, primero, en ellos: grandullones poco escrupulosos, crápulas adinerados y piltrafillas tuneros, se mezclan por igual. Delimito sus constantes: tendencias que apuntan a las últimas modas de las prisiones estadounidenses; barrigas colgantes, tan groseras como pronunciadas; curiosas dificultades en el habla, deformaciones léxicas y malformaciones sintácticas por doquier.

Me fijo, ahora, en ellas: estrellas de la nausea, Juanis venidas a menos que calzan gafas de sol de inmenso diámetro para ocultar sus rústicas facciones. Un aura de sintomático misterio las envuelve. Un aura que en su día fue patrimonio exclusivo de las estrellas de Hollywood, las envuelve igual que el terciopelo dota de suavidad al zumbido volador de las hadas. Sus cabezas, altas, llenas de orgullo. Sus pechos, erguidos, contemplando la luna, si es que son capaces de encontrarla. Sus cerebros, llenos de esperanzas arrinconadas entre telarañas del más refinado cristal.

Veo, en silencio, casi con regocijo, como la manos de ellas buscan las de ellos mientras ellos se asoman a contemplar el equipo de sonido del coche de turno. Los pequeños dedos, plagados de anillos de compromiso y de matrimonio, se escurren entre la sudorosa palma del hombre ausente. No consiguen llamar su atención. Y pienso que es como cuando vas al zoo y con horror descubres que la jaula de los monos apesta. Tres minutos después eres incapaz de percibir el olor.

Observo que ellas suelen quedarse atrás, a un paso detrás de ellos. Y guardan silencio: el silencio de los siglos. Un silencio sepulcral. Y comprendo, que si bien para ninguno de nosotros el futuro será un camino de rosas, el futuro de estas parejas salvajes e incomunicadas no puede ser menos que devastador.

Me tacharéis de pesimista, de radical o de racista, ¡que sé yo!. Pero estaréis de acuerdo conmigo en que es difícil mantener el optimismo cuando rasgas, aunque sólo sea superficialmente, el telón de fondo del teatro social y accedes a sus mecanismos íntimos.

Estas son solo algunas de las impresiones que he sacado después de pasar más de sesenta horas observando a mis congéneres en el desierto, cual Lawrence de Illescas, entre nubes de cemento y negros pozos de carbón.